Epicuro Epicuro Revista de los grandes placeres

Ventanas encendidas

 

Gente que trabaja en los tejados.  Harkaitz Cano.  Precio: 12 €
Gente que trabaja en los tejados. Harkaitz Cano. Precio: 12 €

La poética de Cano tiene un aire norteamericano: Carver, BBukowski, Ginsberg…

La mayoría de los poemas de Gente que trabaja en los tejados son de índole narrativa; territorio donde el autor se encuentra más a gusto.

Con sucinto liminar de Francisco Javier Irazoki, responsable de la selección, ha publicado Harkaitz Cano, en edición bilingüe con traducción propia, Gente que trabaja en los tejados, dentro de la magnífica colección «Voces sin tiempo» que dirigen los poetas Álvaro Valverde y Jordi Doce para la Fundación extremeña Ortega Muñoz, el séptimo volumen tras los de Philippe Jacottet, Mario Luzi, Mariá Manent, Ángel Crespo, Gunnar Ekelöf y José Corredor-Matheos, un catálogo sin duda selecto.

No conocía en absoluto la poesía de Cano hasta que he leído esta antología, aunque sí alguno de los cuentos, subgénero en el que al parecer se encuentra más a gusto, de entre los seis libros de narrativa breve que ha publicado. Además es autor de cuatro novelas, ensayos, crónicas y guiones de series y cinematográficos. Estamos, pues, ante lo que se dice un escritor polifacético, pues domina todos los palos literarios, salvo el dramático. A la vez que se ha prodigado en prosa, han aparecido, si bien no últimamente, algunos libros de poesía como Compro oro o Alguien anda en la escalera de incendios. Fue un poeta precoz, pues ya con diecinueve años, cuando formó el grupo «Banda trinchera», vio la luz su primera recopilación lírica. Ha traducido al euskera, entre otros, a Anne Sexton, Sylvia Plath y Allen Gingsberg. Y según el antólogo, siendo natural de Lasarte-Oria, ha vivido largas temporadas en París y en New York, lo que le ha supuesto una «apertura cultural».

En efecto, a grandes rasgos, su poética tiene un aire norteamericano, diría que sobre todo vía Carver, a quien cita con devoción en el poema «Brindis»: «Por el líquido no identificado de la botella que  / Raymond Carver / arrojó contra su máquina de escribir». Quien dice Carver podría decir Bukowski, un tanto rebajado, o el mentado Gingsberg, más constreñido. A mi escaso juicio, como la de ellos, su poesía corre de continuo el peligro de caer en un prosaísmo plano, que tiene la virtud de haber eliminado cualquier rastro de bazofia sentimentaloide o liricoide pero el riesgo de no levantar el vuelo poético y quedarse en prosa entrecortada ante la que no se sabe qué pensar desde el punto de vista poético. Tanto en Carver como en Bukowski tengo con frecuencia la sensación de que hay más poesía en sus relatos que en sus poemas y en ocasiones que los versos, al no ser ni una cosa ni otra, se quedan en baciyelmo.

Así que la mayoría de los poemas son de índole narrativa y suelen apoyarse en la reiteración anafórica para dotar de ritmo a los versículos desparramados, aunque se alterna por lo común la observación meramente figurativa con tropos de resonancia surrealista ─no es de extrañar, en este sentido, que un poema esté dedicado al Lorca de Poeta en New York─ sugerentes en extremo, con mucha plasticidad en las imágenes y acierto en los giros coloquiales con los que se aderezan. Esta alternancia a seguido, a veces desorienta: «Entran los trenes de mercancía / por ventanas clausuradas. / Aparté tu voz para que no se enfriara el café».

Tanto las huellas carveriana y bukowskiana como su poética, esbozada en el primer poema de la selección, «Sardinas viejas para consumo inmediato», se me antojan marca generacional. Otro tanto cabría decir en lo que respecta a las múltiples referencias musicales (la banda sonora está también presente ya en los títulos de tres de sus novelas Pasaia blues, Twist y Jazz y Alaska en la misma frase): en los poemas aparecen un contrabajista, un concertino de clarinete o un cantante de blues; cinematográficas: a películas como Georgia o Casablanca, actores como Jennifer Jason Leigh o James Dean, directores como Jim Jarmusch, que curiosamente desaparece en la versión al español del poema donde se cita, en beneficio de Jean Vigo, máxime considerando que el clima de muchos poemas se asemeja al de algunas películas del autor de Café y cigarrillos; literarias: de amplio espectro letraherido, de Cynthia Ozyck a Boris Vian, de Sylvia Plath a Xabier Lizardi, que ya es abarcar, dedica un poema al unísono a Cristina Rivera Garza e Ismail Kadaré, junta en un verso a John Steinbeck y Yukio Mishima, por «Bookface» desfilan Rimbaud, Duras, Pinter, Beckett, Sontag, Houellebecq, Auster, Kafka, Saramago, Cheever…

Incluso motivos menores, como la durísima separación de una pareja o la nostalgia de «la hija que nunca tuve» son prueba inequívoca de la impronta generacional de su poética, cosmopolita y volcada hacia el afuera, hacia la «gente», de un realismo sucio atenuado, intermedio entre el light de melancólico hombre solitario de Karmelo Iribarren y el heavy cabreado del adelantado Roger Wolfe. Hacia la «gente entre la gente», en realidad, hacia cómo transcurre para cada cual «la onerosa mecánica de las cosas y los días», como un cuentaventanas del mundo: «Bien entrada la noche, cuentas las ventanas de tu barrio. / Solamente las que están encendidas».

 

LOS MEJORES AÑOS DE NUESTRA VIDA

Retrasa alguna certeza.
Impulsa la inercia de alguna mentira.
Siembra un manojo de intuiciones.
Deja que tu valentía ruede cuesta abajo.
Confía ciegamente en ese amor.
Desactiva alguna que otra duda.
Fuma, emborráchate, vacía tu rabia a puro trote.

Y que entre las manos nada te explote.

 

EL LOBO BUENO

El que no se come a otro lobo bueno.
El que, para empezar lo distingue.
El que, con mirada traslúcida,
te mira y te advierte mientras cruza el hielo.
Si no hay más remedio, te muerde el cuello
e hinca después los colmillos en la nieve;
una suerte de confesión o de autocastigo.

Merodea tu ojo y, en caso de duda,
salta, no fuera, sino dentro de la pupila oscura.