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Historias con historia

La amante del rey. Y otras historias verdaderas.  José Luis García Martín.  Impronta. Precio: 14,25 €.
La amante del rey. Y otras historias verdaderas. José Luis García Martín.
Impronta. Precio: 14,25 €.

García Matín hace literatura con lo que los historiadores desdeñan.

La amante del rey pone a sus personajes, Sherlock incluido en muchos relatos, tras las huellas del enigma que encierra la realidad de todo suceso.

Todos los veranos, cuando el curso termina, García Martín suele finalizar también la publicación semanal de su diario en El Comercio de Gijón. Para llenar ese hueco y fidelizar a sus lectores, comenzó a ofrecer unas historias basadas en hechos reales que después reunía en libros como este.

Cada capítulo encierra un relato que, en ocasiones, se complementan y matizan. Son dieciocho los aquí reunidos y una vez leídos comprobamos que guardan una secreta unidad, además de la estilística, que debe de ser esa afición, que tanto le tira al autor, de fijarse en los flecos de la historia y en las posibilidades que podrían haberse dado si esos flecos hubieran sido otros o se hubieran cortado a tiempo. Digamos que García Martín hace literatura con lo que los historiadores desdeñan.

Uno de esos desdeños lo constituye la historia de Josefa Montenegro, conocida por «Pepa la malagueña», dueña de un burdel en la calle Ave María, cerca de la Puerta de Alcalá, pero, sobre todo, amante del rey Fernando VII. El primer relato, que da título al libro, «La amante del rey», es una bien tejida historia que pretende restituir el buen nombre de Josefa Montenegro, «no la alcahueta del rey, sino su verdadero amor, la mujer más hermosa de su tiempo y además inteligente, fuerte y sana».

«¡Viva España con honra!» complementa el anterior relato. Indaga aquí sobre la verdad de la muerte del valiente general Juan Antonio de Urbiztondo, amigo de Antonio Ros de Olano ─del que García Martín acaba de editar sus memorias, publicadas en 1884, Episodios militares─ que eliminó esas páginas del asesinato en galeradas para no molestar al monarca, traicionando al amigo. El grito de la revolución del 16 de septiembre de 1868, en que el general Prim, con un grupo de militares, se sublevaron en Cádiz contra la monarquía de Isabel II, fue el de «¡Viva España con honra!».

Sherlock Holmes, una de las pasiones lectoras de García Martín ─no sé si en algún momento no llegó a albergar la idea de ser el pequeño Sherlock Holmes de la literatura española, auspiciado por un particular doctor John Watson, tipo Víctor Botas, que le sabía tirar de la lengua y sacar lo mejor de sí mismo─ toma cuerpo en tres de los más interesantes relatos del libro: «Sherlock Holmes y el eslabón perdido», «Sherlock Holmes en Venecia» y «Borges en Taormina».

El primero recrea uno de los más famosos fraudes de la paleoantropología, que se mantuvo vigente de 1912 a 1953: el fraude del hombre de Piltdown, pueblo cercano a Sussex, donde se encontraron unos sensacionales restos prehistóricos. La leyenda hace intervenir a Sir Arthur Conan Doyle y también al jesuita y paleontólogo Teilhard de Chardin. García Martín, muy amigo de este tipo de mixtificaciones, pone a Sherlock Holmes tras las huellas del enigma para llegar a la conclusión de que se trata de un engaño, un posible relato falso de algún divulgador científico.

«Sherlock Holmes en Venecia» es uno de los mejores relatos del libro; en él interviene Rubén Darío, quien es elegido por Holmes para sustituir en Venecia a su asistente Watson, que excusa su presencia por estar al lado de su mujer a punto de dar a luz, para ayudarle a resolver el caso de las joyas robadas al Infante don Carlos, que entonces vivía en el ruinoso palacio de Loredán. El relato, bien trabado como una comedia de enredo, juega con la realidad de los hechos donde la inteligencia siempre tiene la última palabra.

«Borges en Taormina» es un estupendo diálogo entre el protagonista y Borges, al que encuentra sentado en una plaza de esta ciudad italiana a comienzos de 1984. Hablan sobre el matrimonio y la amistad. Como ejemplo de amistad pone Borges la de Sherlock Holmes y John Watson, en cuya relación lo que menos importa es la solución del enigma, lo que importa es su desinteresada amistad. Pasa lo mismo con el Quijote, donde los momentos más notorios son aquellos en que el hidalgo y Sancho se ponen a hablar y por eso siguen vivos.

«Amor en vilo» es un curioso caso de recreación biobibliográfica. Pretende ser un homenaje a Los papeles de Aspern, la novela veneciana de Henry James, cuya estructura repite. La nota distintiva es que aquí los papeles no son los de Lord Byron ni los de Shelley, son los de Alberti, y la señorita Tita Borderau es Beatriz Amposta, joven amor romano de Alberti hasta que este se vino a España en las primeras elecciones democráticas de 1977. Ella, al contrario que Tita, que destruye los documentos, guarda el manuscrito «Amor en vilo», único libro de Alberti, de más de 300 poemas, aún inédito.

Pero ¿por necesidades del relato, quizás, el autor modifica sustancialmente la edad y los hechos? Pues parece que, si hoy Beatriz Amposta tiene 71 años (en una larga entrevista dice tener 50 años menos que Alberti y que cuando lo conoció ella tenía 20 y él 70), no puede ser entonces «una vieja que da asco» a mediados de los noventa (en que tendría 46) que es cuando entra en contacto con ella el amigo veneciano del narrador (el periodista del libro de James). En la estupenda entrevista que Amparo Latorre Romero le hace el 4 de junio de 2017, «Rafael, Roma y yo», se la ve como una mujer madura y tímida, que todavía guarda cierta belleza, no parece representar a esa vieja con síndrome de Diógenes que ofrece el relato. Hoy sigue viviendo en el nº 80 de la Vía Garibaldi con sus recuerdos y su manuscrito. Esta historia y «Sherlock Holmes y el eslabón perdido» me parecen las mejores del libro.