Epicuro Epicuro Revista de los grandes placeres

El epicentro del deseo

La periferia del deseo.  Daniel Zazo.
La periferia del deseo. Daniel Zazo.
Páramo. Precio: 10 €.

“Cernuda afirmaba que nadie tenía respuesta a la pregunta: ¿qué es el deseo?”

A través de estos poemas se nos revelan las distintas caras del deseo.

No se puede abrir un libro en cuyo título figure la palabra deseo sin que venga a la cabeza el nombre de Luis Cernuda. Sin embargo, según la contraportada de La periferia del deseo, «Cernuda afirmaba que nadie tenía respuesta a la pregunta ¿qué es el deseo?»”. Y es que el poeta de Los placeres prohibidos se estrelló, repetidamente, como sabemos, contra la realidad; Daniel Zazo, que lo cita ya en el primer poema y viene de una tierra poética por excelencia desde la mística, Ávila, circunda el motivo del deseo, lo acosa casi, se aproxima a su naturaleza, internándose en sus diversas manifestaciones, tratando «de atravesar la frontera que delimita lo accesible de lo que escapa a nuestro entendimiento», en la estela de aquellas palabras de Marguerite Duras: «El deseo es una actividad latente y en eso se parece a la escritura: se desea como se escribe, siempre» o de la sentencia de Dorothy Parker: «Al ver que no sonaba el teléfono, supe de inmediato que eras tú», para Zazo la mejor definición del motivo.

A través de una cincuentena de poemas, se nos revelan, «entre lo benéfico y lo nocivo», las distintas caras del deseo, que se desgranan con mucha precisión semántica. Desde la carnal, con sus efímeros delirios, la sonrisa en un regreso, el epicentro de la boca y los labios o la sola presencia de la amada, que enciende y deja atrás la frialdad a la que está condenado el hombre solitario contemporáneo, hasta la telúrica, capaz de pugnar, embestir o sacudir con violencia. Desde el cercano topoi, aquilatado durante el Romanticismo, de las ruinas («Las ruinas atesoran la belleza / que perdura incólume / en los dominios de la piedra») hasta la transformación de la libertad que parece prometer el «cepo» en que suelen terminar nuestros anhelos para hacernos prisioneros suyos.

Desde la que determina, en fin, la barbarie en forma de quema de libros a la que suscita el arte («la atmósfera onírica de los lienzos de Balthus» traspasando las pupilas perdigueras de Picasso, una escultura de Bernini, las miradas de figuras de Cellini o de Gaughin, «la fría estancia de un hotel», tan Edward Hopper aunque sea paceño) o la propia escritura, la poesía en sí, que pretende nombrar aquello que por su carácter inaprensible escapa a la palabra, en un intento de saltar los límites, de traspasar la frontera infranqueable mediante la fuerza del deseo, para «hacer de su jaula un páramo sin alambradas».

Aparte de a la Parker en el poema que cierra el libro, el poeta abulense cita a Juan Luis Panero y a Carlos Sahagún, que en su día fueron referentes de nuestra lírica y han caído en un injusto olvido, lo que da idea de la diversidad de sus intereses y de su formación. Muchos poemas, siempre en verso libre, están concebidos y compuestos mediante un eje metafórico (a menudo en torno a la isotopía léxica del fuego, con sus variantes, como es natural desde su formulación paradigmática tanto renacentista como barroca, en oposición al hielo y a lo líquido en general) que va jalonando el texto: así, entre otros, el que imagina la última noche sobre la tierra; o aquel en el que se identifica sucesivamente el cuerpo de la mujer con un paisaje, que principia en lo níveo y se funde en el fulgor de la hoguera deseada o con el universo en su conjunto; o el que equipara la entrega pasional del poeta y su pareja con la desembocadura del Duero por Oporto y su apertura al mar, o con otros lugares como Bogotá, Managua y Córcega. Y es que el libro, por encima de todo, parece una ofrenda amorosa a su mujer, a su pareja. Y ya lo dejó dicho para siempre Ovidio en su Ars amandi: «El arte impulsa con las velas y el remo las ligeras naves, el arte guía los veloces carros y el amor se debe regir por el arte».

 

POEMAS
(PREFERENCIAS)

Entre la humildad del traidor
y la soberbia del valiente,
prefiero el reparo del escéptico.
Frente a la certidumbre del ecuánime
y a la prudencia del estoico,
me inclino hacia la inocencia del fanático.

 

(METAFÍSICA)

Será el ánima la esencia del animal
o solo el ingrávido pretexto del delirio
para, desde las cimas de la razón,
desdeñar el atávico instinto de la fiera.

Daniel Zazo