Epicuro Epicuro Revista de los grandes placeres

Horas de luz, hilos de agua

La rama verde. Eloy Sánchez Rosillo. Tusquets. Precio: 15 €.
La rama verde. Eloy Sánchez Rosillo.
Tusquets. Precio: 15 €.

Continúa Eloy Sánchez Rosillo en su afán de llevar a su poesía el lenguaje de la calle.

La apuesta por un lenguaje coloquial en poesía es un viejo sueño acariciado por los maestros del cincuenta y que algunos compañeros de generación, Botas, Juaristi, Salvago, han llevado hasta sus últimas consecuencias. El lenguaje hablado, el de la calle, tiene escasos componentes poéticos; esas carencias hay que compensarlas con la vieja utillería retórica y una buena mano de sabia carpintería poética.

A estas alturas, Sánchez Rosillo ha alcanzado un nivel que en cada nuevo libro suyo encontramos un buen puñado de poemas memorables. La búsqueda del poeta es incesante y desde La certeza (2005) inicia una etapa donde la celebración de los dones de la vida —lo hímnico y celebratorio— va a sustituir a lo elegíaco. Es significativo que, en un libro de sesenta y cuatro poemas, ponga el autor como apertura y cierre del mismo dos poemas que son un canto a la infancia: «Duración» y «La rama verde», que da título al libro, escritos, con dos meses de diferencia, en 2015 (Rosillo, como D´Ors, acostumbra a fechar sus poemas). El primero viene a significar la perduración del sueño de la niñez que nunca nos desampara. En el segundo nos recuerda que la melodía de la infancia, como el canto del jilguero, nos acompaña toda la vida iluminando nuestro vivir.  

Dueño de unos recursos expresivos, que no han cambiado, nos permite ver cómo su obra es un continuum que, libro tras libro, va ampliando y completando. Un ejemplo de este recurso es el ampliar y matizar temas e historias ya tocados en otros libros y poemas: «En la mañana inmensa», magnífico poema autobiográfico, usando el recurso del flashback cinematográfico, se remonta a otro poema donde hablaba de lo que ahora intenta completar: «Cuánto tiempo ha pasado ya, hijo mío, / desde aquella mañana que dije en un poema / en el que se nos ve a ti y a mí en la playa, / bañándonos alegres, entre risas, / en un mar tibio y quieto, bajo un sol estruendoso / y un cielo azul sin mácula». Este poema viene a ser, en buena medida, una glosa de «La playa», del libro Autorretratos (1989), que arranca con un niño jugando en la playa: «Nadie podrá quitarme —me digo— la ilusión / de soñar que ha existido esta mañana. / Se ha detenido el tiempo: oigo tu risa, / tus palabras de niño […] Juegas junto al agua y te ayudo / a recoger chapinas, a levantar castillos / de arena».

Esta idea de un mundo poético en continuo desarrollo lo encontramos también en el uso temático de la vieja casa familiar de labranza, alejada de la ciudad, donde pasaba los veranos de la niñez. Este recurso, en cuanto a uso de espacios concretos desde donde contemplar el mundo —otro sería el de la ventana, aquí el poema «El balcón», desde donde el protagonista contempla la vida— lo encontramos aquí en tres poemas. «Vía Láctea», «Viento del existir» y «El miedo», contemplativos y trascendentales los dos primeros, pero tan distintos; de la pura contemplación al vuelo trascendente, indagatorio y reflexivo el tercero. Y en esta sabia concatenación de elementos y temas, el segundo de estos poemas se da la mano con «El acuerdo», ese momento de acorde, revelación y abismo, tan cernudiano —él lo llamó “acorde”— que llega de pronto y se suspende todo: «No es espacio o contorno con su adentro y sus límites; / se trata de un vacío en que resuena todo, / y aun así sólo se oye un gran silencio, / un silencio que arropa o que apacigua y redime. // Te abandonas allí, limpio de daños. / y comprendes sin más que has entrado en el alma».

Entre estos grandes poemas encontramos otros menos discursivos, que el poeta va entremetiendo como descansillos para el lector, y siendo cosa de nada resultan muy grandes: «Entre dos luces», donde comprobamos de nuevo que Rosillo hace poesía de la nada, con unos mínimos elementos surge la magia del poema; «Cosa de nada» es precisamente el título de otro en el que asistimos al milagro de la naturaleza, ese prodigio de la primavera que aparece de golpe, como si no fuera complicado ese prodigio; «Verdecillo», «Impromptu» o «Nota», con esa maravillosa imagen —este último— de una gaviota que se pierde a lo lejos, encendido su plumaje de oro por los últimos rayos del sol. 

Hay otros poemas más razonadores cuyo tono discursivo alcanza altas cotas de intensidad y emoción. Usa en algunos esa compleja técnica de superposición de planos temporales, tan cara para el poeta. Poema como «Los extremos del tiempo», donde el poeta actual pregunta al muchacho que fue que adónde va cuando se aleja de la casa y vaga indolente hasta los confines del mundo, quedando cada uno a un lado del tiempo: «y sabemos los dos muy poco de la vida». En «Reencuentro» retoma el tema de la madre, figura central en su vida y en su obra, y en una imperceptible —como si de un juego se tratara— superposición de planos temporales establece un diálogo entre la madre y el hijo con una economía de medios y de una altura emocional poco común.

Lo que hace Sánchez Rosillo en este libro es convertir el lenguaje poético en hebras de luz y en hilos de agua que en secretas cadencias nos llegan y nos tocan.

  

Verdecillo
Salir a la terraza bien temprano
y oírte cantar, tan vivo, en la luz nueva
—que aún está a medio hacer—,
da mucha confianza en este día,
amigo verdecillo,
y ganas de vivir (y de ser bueno). 

 

La llama
Si yo te hubiera dicho;
si tú hubieses oído…

Pero no pudo ser, no puede ser.
Y tampoco es preciso
evidenciar la llama, verla arder.

Alienta pura y su existir nos basta.
Sólo en lo más secreto de tu pecho y el mío
—a salvo en lo más hondo, sin palabras—,
la sabemos los dos,
dentro del alma:
esa oquedad tan llena de nosotros
donde vibra la vida, donde el silencio canta.

 

La rama verde
Ay, árbol del vivir,
árbol de la ilusión y de los desengaños,
de las revelaciones.
Cuando te agita el viento de la edad,
las hojas secas caen.
Pero en la rama aún verde de la infancia
—la que está más arriba, la que en la luz se mueve—
canta el jilguero.

Eloy Sánchez Rosillo