Epicuro Epicuro Revista de los grandes placeres

Alcalá de Henares. De la Corte a la República de las Letras en el Tren de Cervantes

 

«Haz gala, Sancho, de la humildad de tu linaje, y no te desprecies
de decir que vienes de labradores; porque viendo que no te corres,
 ninguno se pondrá a correrte; y préciate más de ser humilde virtuoso
 que pecador soberbio. Innumerables son aquellos que de baja estirpe
 nacidos, han subido a la suma dignidad pontificia e imperatoria;
 y desta verdad te pudiera traer tantos ejemplos, que te cansaran.
 
Mira, Sancho: si tomas por medio a la virtud, y te precias de hacer hechos
 virtuosos, no hay para qué tener envidia a los que los tienen
 príncipes y señores; porque la sangre se hereda, y la
virtud se aquista, y la virtud vale por sí sola lo que la sangre no vale.»
(
Don Quijote, Cap. XLII, Vol. II)


8 de agosto de 2020. Día Mundial del Gato y, por qué no, del madrileño que se precie, pues es “gato” también.

Antes de que la lejanía en el tiempo borre la huella de las ruedas de cierto tren sobre los raíles, y antes de llegar a mi séptima vida, atraparé un reciente recuerdo del viaje que me llevó a un singular confín de la mano de un ilustre gato, natural de Alcalá, así como huésped habitual de la villa y corte de Madrid, y de los tejados más altos de la república universal de las Letras. Me refiero, lógicamente, a Miguel de Cervantes Saavedra, escritor y humanista “regio”, embajador de certezas, como su virtud, y no su sangre, demostró hasta su vejez.

Sábado, 14 de diciembre de 2019. Diez y media de la mañana. Estación de Atocha. Un grupo de amigos aguarda la llegada de los más perezosos. Finalmente, vemos que llegan a tiempo de unirse al resto y adentrarse en un viaje a la historia de una ciudad emblemática que, junto con su Universidad, fue declarada por la UNESCO, el 2 de diciembre de 1998, Patrimonio de la Humanidad. Estamos hablando de Alcalá de Henares, antigua y legendaria villa madrileña ubicada a tan solo 31 kilómetros de la capital.

Tren de Cervantes.
Tren de Cervantes.

Once de la mañana. Suena el silbato y se cierran las puertas. Y es que nos encontramos en el túnel del tiempo, y el denominado Tren de Cervantes se torna en una suerte de Rocinante eléctrico, a cuyos lomos nos disponemos todos a montar, y vivir la aventura. El trayecto es breve, pero da tiempo a deleitarnos con unos cómicos vestidos a la usanza de la mujer y del hombre de la época de nuestro Quijote, además de poder degustar las deliciosas rosquillas alcalaínas. Tras los cristales del vagón vemos, bajo un cielo encapotado, que empiezan a caer las primeras gotas, pero no hay motivos para no proseguir la marcha: nos espera en su ciudad natal el gran maestro don Miguel de Cervantes Saavedra.

 Foto: Esneda C. Castilla Lattke
   Calle Mayor, Alcalá de Henares. Foto: Esneda C. Castilla Lattke

Nos encontramos en la villa de Alcalá, situada a medio camino de Madrid y a otro medio de Guadalajara, actuando el río Henares a su paso por ella como frontera geográfica entre la Alcarria y la Campiña. Una joven guía nos recibe para explicarnos en qué consistirá nuestro recorrido, el cual tendrá como protagonistas al conjunto de edificios mayormente renacentistas y barrocos que integran la ciudad; la majestuosidad insoslayable de las cigüeñas oteando desde las alturas a los viandantes y, necesariamente, el espíritu estudiantil de nuestros clásicos, que impregnará la atmósfera a cada paso, o trote.

 Foto: Esneda C. Castilla Lattke
Casa Museo de Miguel de Cervantes. Foto: Esneda C. Castilla Lattke

Comenzamos atravesando la famosa calle de la Imagen, en donde advertimos, a la vista de una placa, que a un lado se encuentra la casa donde naciera el ateneísta y presidente de la Segunda República, Manuel Azaña y, seguidamente, el convento de Carmelitas de la Imagen donde, en varias ocasiones, estuvo alojada Santa Teresa de Ávila. Al otro lado de la calle, la Casa Museo de Miguel de Cervantes que, en realidad, resulta ser recreación de una casa típica de los siglos XVI y XVII, en cuyo emplazamiento nació, en 1547, nuestro escritor universal y donde vivieron su padre Rodrigo de Cervantes, cirujano sangrador de profesión; su madre, Leonor de Cortinas (natural de la localidad de Arganda del Rey), y algunos hermanos, entre ellos sor Luisa de Belén, priora en tres ocasiones del mencionado convento de Carmelitas Descalzas, lugar en que murió. La entrada actual está situada en la calle Mayor –verdadero eje social y comercial de la vida alcalaína- y las dos plantas en que se divide el edificio albergan las distintas estancias y aposentos que recuerdan la vida familiar, además de encontrarnos con una sala que conserva y expone numerosas ediciones cervantinas.

Ambas plantas rodean un patio central, adornado por lo que fue un pozo original de piedra de la casa.

Foto: Esneda C. Castilla Lattke
   Hospital de Antezana. Foto: Esneda C. Castilla Lattke

A pesar de la lluvia, entramos en el calor hogareño de los siglos áureos y, sin apenas desplazarnos, saliendo a la misma calle Mayor y, pared con pared respecto a la casa cervantina, accedemos enseguida al Hospital de Antezana, de 1483, que cuenta con más de 500 años de actividad continuada y donde trabajó como enfermero y cocinero San Ignacio de Loyola, militar y religioso fundador de la Compañía de Jesús. Mientras atendemos a nuestra guía y, desde el balcón, una monja vestida de época y algo atribulada, pide a los visitantes que se encuentran en el hermoso patio castellano que adorna el interior, comedimiento y respeto para el descanso de los enfermos.

 

Foto: Esneda C. Castilla Lattke
   Monasterio Cisterciense de Las Bernardas.
   Foto: Esneda C. Castilla Lattke

Ahora nos desplazamos algo más, guiados esta vez por un tímido sol que se atreve a iluminar la grandeza arquitectónica del Palacio Arzobispal, donde naciera Catalina de Aragón. Lugar de cortes y concilios importantes para la historia castellana, en el imponente edificio residieron los arzobispos de Toledo desde el siglo XIII al XIX, siendo originariamente una fortaleza defensiva, a pesar de que mucha parte del legado documental y artístico que albergaba se quemó en un incendio, en agosto de 1939.

Próximo al Palacio y en torno a una frondosa arboleda marcada por abetos gigantes que circunda una bella plaza, nos situamos junto al edificio fundado en 1617 por el arzobispo de Toledo, Bernardo de Sandoval, y obra de Juan Gómez de Mora: es el Monasterio Cisterciense de las Bernardas, hoy deshabitado, de construcción barroca e inspiración italiana, con una magna escultura en su fachada de un San Bernardo realizado por el escultor Juan Bautista Monegro. Una vez dentro, la sorpresa está servida al comprobar el juego de luces y sonido, la cúpula con su particular decorado geométrico, así como el baldaquino central que nos provoca rodear, con la esperanza imaginaria de comprobar el silencio claustral de las monjas que un día hubo. Existe un fascinante Museo de Arte Religioso que, para curiosidad o devoción, no puede pasar inadvertido.

Foto: Esneda C. Castilla Lattke
Corral de Comedias. Foto: Esneda C. Castilla Lattke

Una vez fuera del monasterio, recuperamos el ritmo desenfadado pero atento de la visita, que nos lleva hasta la Plaza de Cervantes, lugar de reunión obligada en el día a día de los alcalaínos. En el centro de la plaza podemos admirar la estatua de Cervantes, esculpida por el italiano Pedro Nicoli en 1879; y, próxima a ella, el quiosco de música de 1889, el Ayuntamiento, los restos de la antigua Iglesia de Santa María la Mayor, que conserva como edificios notables la curiosa torre y la capilla del Oidor, en cuyo interior se alberga la pila bautismal de Cervantes además de estar actualmente rehabilitada e incluir la instalación de una exposición permanente en torno al escritor alcalaíno. Asimismo, y como lugar de enorme valor cultural e histórico, en la misma plaza se encuentra el Corral de Comedias, de 1601. En este último, al que accedemos intrigados por la historia particular que lo envuelve, y sentados en el patio de butacas, escuchamos con entusiasmo la explicación que alguien nos da acerca de las reformas y etapas por las que el edificio ha pasado durante cuatro siglos como espacio para espectáculos, desde ser lugar escénico al aire libre hasta su cerramiento, reestructuración y utilización posteriores, y culminando en el descubrimiento, por parte de dos estudiantes de Alcalá, de unas antiguas tramoyas que ayudaron a advertir el origen del edificio, lo que llevó a la restauración y recuperación de su función primigenia.

Foto: Esneda C. Castilla Lattke
Ayuntamiento de Alcalá de Henares. Foto: Esneda C. Castilla Lattke

La mañana ha transcurrido rápido y se despierta el apetito castellano manchego, pero preferimos correr la suerte de un ayuno momentáneo alimentando nuestro interés con la saludable caminata que nos regala la salida definitiva de un resplandeciente sol, y que nos lleva desde la Plaza de Cervantes a la de San Diego, pasando por la calle de Pedro Gumiel hasta terminar topándonos con el más imponente monumento de Alcalá: su Universidad. Obra del alcalaíno Pedro Gumiel, el entonces Colegio de San Ildefonso fue inaugurado en 1508 por el Cardenal Cisneros. Nuestra guía y acompañante nos sitúa ante la entrada, y, antes que el fulgor del sol lo que nos deslumbra son las espectaculares dimensiones de la fachada. Descubrimos que fue diseñada y construida bajo la dirección de Rodrigo Gil de Hontañón, y constituye uno de los más vistosos ejemplos de arquitectura y escultura simbólica del Renacimiento español. Apenas entramos en el edificio, es inevitable respirar la atmósfera que durante los siglos XVI y XVII constituyó lugar de trabajo y estudio de grandes maestros como Nebrija, Tomás de Villanueva, Arias Montano, Lope de Vega o Quevedo, entre tantos otros; espíritus vivos en nuestra memoria que recuerdan el valor y la importancia del Humanismo, la Educación, la Cultura y el Estudio. No pasamos por alto que, precisamente, en el teatro escolástico o Paraninfo de la Universidad es donde, como todos los años, se celebra la ceremonia de entrega del Premio Cervantes a la Literatura en Lengua Castellana. Este año, el ganador de tan honorable galardón es el gran poeta y arquitecto catalán Joan Margarit i Consarnau, quien escribe en lengua catalana y castellana.

Foto: Esneda C. Castilla Lattke
Universidad de Alcalá de Henares. Foto: Esneda C. Castilla Lattke

La mañana centelleante agoniza mientras terminamos de recorrer los diferentes espacios universitarios, como el llamado Patio de Filósofos o Corral de Continuos, cuyas obras se encargaron a Juan de la Riba entre 1530 y 1535, y donde se habilitaron salas para audiencias del Rector, de Escribanos o de Notarios. Disfrutamos del hermoso y agradable jardín que alberga, como descanso que nos sirvió para desperezar un estómago de memorias culinarias que recuerdan sopas de ajo, migas manchegas, cabrito asado o verduras frescas que Sancho Panza tenía por indispensables. Es así que, tras decidir satisfacer el buen gusto del escudero, concluimos nuestra inolvidable visita.

El viaje al pasado alcalaíno suscitó una orgánica reflexión en cada una de nuestras conciencias, con la cual fue posible retornar a la capital con energías renovadas para enfrentar un futuro incierto. Haciendo parada y fonda en la estación de Atocha, el raudo tren cervantino concluyó su virtuosa y humilde misión encomendada (como aconseja caballero a escudero en la cita del comienzo). Al borde del ocaso del día, y al descender de los vagones y disolvernos, advertimos una singular transformación en nuestra percepción del presente, pues resultaba sensiblemente diferente con respecto al presente del que nos despedimos aquella mañana tras arrancar el tren. Desde entonces, las luces de la noche madrileña resplandecen en la oscuridad de nuestros sueños; y las sombras se desvanecen en su interior, en el recuerdo de las mujeres y los hombres fecundos que en el mundo han sido y brillaron por su particular virtud, no sólo en la ciudad complutense… Aunque, al cabo de los siglos, la imaginación siga librando batallas perdidas contra los mismos cueros y gigantes equivocados.