Epicuro Epicuro Revista de los grandes placeres

A LA MAR, MADERA Y A LA TIERRA, HUESOS. Tres cementerios que miran al mar

EL ETERNO REPOSO DEL GUERRERO
Colleville-sur-Mer
Normandía (Francia)

Desde la parte de arriba del acantilado se distingue la playa casi siempre vacía, desierta durante muchos meses al año; está tranquila. ¿Dónde están los gritos?

M. G., 18 años, de Montana, vio por primera vez el mar en el barco que lo dejó frente a las costas de Normandía, ese 6 de junio de 1944.Abrió mucho los ojos, pero el asombro no pudo demorarse en ellos más que un segundo porque el sargento empezó a vociferar y sus órdenes desordenadas y nerviosas llenaron el momento.

De vez en cuando, en días no demasiado desapacibles, junto al rumor de las olas se escucha el amortiguado sonido sobre la arena de los cascos de un caballo que, al trote ligero, tira de un carro. ¿Qué fue de los chapoteos frenéticos de miles de piernas y brazos desesperados?
B. W., 19 años, un vaquero de Wyoming recio y osado que no sabía nadar cuando se enroló, llegó a la orilla milagrosamente y pensó que había hecho lo más difícil.

Solo en el tibio verano normando, en días escogidos y raros, alguna familia, de aún más al norte, se atreve al baño y al juego y salta las olas. ¿Dónde fueron a parar los alaridos de dolor que no podían ser atendidos?
El soldado García, 18 años, de Colorado, soñaba con ser marino y era feliz en la Armada. No llegó a pisar la arena de la playa de Omaha. Su cuerpo pasó de flotar en el agua, fría e inclemente, a reposar bajo la tierra rodeado de miles de cruces blancas.

En el cielo las nubes se mueven rápido empujadas por un viento que casi nunca cesa; rachas que despojan al sol de su cobertura y le permiten jugar a reflejarse en el agua. ¿Y los aviones, haciendo rugir sus hélices a la vez que esquivan obuses y escupen hombres?

R. L., paracaidista de la 101Airborne, muerto el 8 de junio en Carentan, tenía solamente 17 años. Había modificado su fecha de nacimiento para poder enrolarse y se ahogó nada más caer a lo que debería haber sido tierra y en realidad fueron campos anegados por los alemanes. El mecanismo de apertura del arnés de los trajes americanos resultó ser una trampa mortal muy difícil de soltar.

El acantilado, empinado y desafiante es hogar de gaviotas plateadas y de halcones que juegan a dejarse caer en picado para volver a ascender en el último instante antes de tocar la espuma del mar. Veloces proyectiles alados. ¿Dónde está el estruendo casi rítmico de las metralletas, de los disparos desenfrenados que cruzaban sus trayectorias desde el mar hacia tierra, desde tierra hacia el mar?
El lugarteniente J. B. 20 años, corrió, corrió y corrió desde que sus pies tocaron el lecho marino, tras desembarcar, hasta que una bala lo detuvo para siempre cuando ya estaba a punto de conseguir franquear la segunda alambrada que protegía las posiciones alemanas. No tuvo tiempo para un último pensamiento para su madre, allá en la soleada Florida.

Los campos sobre el mar, primorosamente parcelados, despliegan paletas de colores que van del marrón al amarillo, pasando por el verde, según las estaciones se suceden. Los tractores aran remolonamente, las cosechadoras digieren sosegadamente… ¿Qué ha sido de los fieros vehículos blindados arrasadores de sueños y vidas?
El teniente J. W. M., 26 años, rubio, alto y tejano, se puso al frente de su unidad y atravesó un campo de minas para conseguir hacer avanzar de forma segura los tanques aliados hacia el interior; sus heridas no le permitieron ser un héroe vivo.
Bloody Omaha, Omaha la sangrienta, ofrece a las familias y seres queridos su arena para que froten con ella las letras grabadas de los nombres, las cruces y  las estrellas y  darles así un tono dorado. La playa más famosa del más famoso desembarco de la historia, justo debajo del cementerio, regala su estampa de idílica tranquilidad a los visitantes del camposanto.

Un ejército ordenado y solemne de 20000 cruces blancas, marcial y orgulloso, perfectamente alineado sobre un césped de un verde brillante siempre recién arreglado, forma frente al mar para la eternidad.

 

MARINEROS EN TIERRA
Luarca
Asturias (España)

Al Marcial, el de los Guzmanes, que toda la vida salió a la pesca de la anchoa en su barquito pintado de rojo y blanco (Mari se llamaba el bote, en homenaje a su señora, que para algo la buena mujer se pasó toda su vida aguantándole sus rarezas y arranques de mal genio), le gusta escuchar las olas que rompen abajo, contra el malecón. Aquí dentro suenan amortiguadas por la tierra y su sonido no va acompañado de bamboleos ni vaivenes repentinos.

A la Luisa, la mujer del “Princesu”, redera durante más de cuarenta años, -que la sacaron de la escuela a los doce y no paró de buscar y coser agujeros hasta los sesenta-, lo que le priva son las gotas de espuma que casi consiguen llegar aquí arriba, y rocían levemente de agua salada las descoloridas flores de plástico que le trajo su hermana hace ya más de un año.

A la Pepi, “la Xata”, que no faltó a su puesto en la fábrica de salazón más que para parir a sus cinco hijos, le gusta el olor a salitre. El yodo en el aire que flota y se mete en las rendijas entre la losa y la tierra.

El Matías, el tabernero del puerto, -de los “Chigre” de toda la vida-, siempre con un chascarrillo y un palillo en la boca, siempre de buen humor, pero nunca tan contento como para invitar a una ronda a los parroquianos, disfruta con los chillidos de las gaviotas, que vuelan sobre nuestros nombres y son especialmente ruidosas al amanecer. Dice el Matías que así cuenta los días y seguirá contándolos por los siglos de los siglos. Amén.

Al Severo, que se marchó de Luarca muy jovencito, porque su familia tenía posibles y el chico era listo de veras (estudió para médico y vivió en el extranjero mucho tiempo; hasta le dieron un premio muy importante, dijo el alcalde), al Severo, digo, el de los Ochoa, le gusta el horizonte. Dice que se imagina que el lado largo del rectángulo de su tumba se confunde con la línea donde se juntan el cielo y el mar. Y confluyen. Sea lo que sea que signifique eso. Siempre habló   un poco raro el Severo.

 

LA CIUDAD DE LOS AMIGOS DE DIOS
Salé-Rabat
(Marruecos)

Escucha… El reflejo del sol en las tumbas sin flores que se confunden con el suelo, uniformes y caóticas, indistinguibles. El vuelo de las gaviotas sobre las vidas acabadas, los recuerdos y las risas que dejaron de existir. Los rizos del agua que se forman en la orilla mientras las historias de los muertos se pintan de azul marino. El aire brumoso que desdibuja las siluetas de los minaretes, del arenal y de la gente.

Fátima sale de la mezquita; el grupo sigue el ataúd de madera que contiene su cuerpo, lavado tres veces, perfumado de almizcle, y envuelto en las cinco prendas rituales; el cortejo es solo masculino, amigos y familia, y a paso rápido se dirige al cementerio. Las cabezas se asoman a las puertas, los ojos acompañan hasta el siguiente zigzag del laberinto de calles de la medina, las manos dejan el trabajo durante un momento en señal de respeto. La comitiva es escoltada por el silencio.

El cuerpo de Mohamed es depositado en la fosa y toma contacto con la tierra, su cabeza inclinada a la derecha, sus ojos mirando a la Meca. La tumba se va llenando hasta que sobresale un palmo por encima del suelo y los asistentes lanzan tres puñados de arena seca, suelta y efímera. La ceremonia se acaba cuando los hombres deciden que es hora de regresar a casa; dejan al amigo, al familiar, al conocido, a Mohamed, acompañado de la brisa.

Aquí reposa Youssef. Ha tenido una vida larga y tranquila. Ha llegado a ser un anciano sabio y respetado, ha dado muchos y valiosos consejos. El viento recoge la primera sura del Corán y la lanza al cielo. La oración y las preguntas rituales al muerto salen de las bocas delante de la tumba.

Laila descansa, su última morada mira al mar que tanto amaba, ese en el que mojaba apenas sus pies con la playa vacía, a horas muy tempranas, cuando nadie la veía y su soledad le permitía ser libre.  Después de tres días recibe la visita de los que la han querido, de los que aún la quieren. También el séptimo y el cuadragésimo. Entonces el luto se acaba.

Adib ha vagado por la casa durante tres días y alrededor de su propia tumba durante cuarenta. Como cada viernes, las mujeres su familia le rinden visita. Hay que recorrer el camino al cementerio pensando en Dios; es un deber citarse allí, bajo el sol y frente a las olas susurrar, rezar, callar, pensar, dejar perdida la mirada en ese océano ocre de tumbas.

Escucha... Mujeres que lavan las lápidas, hombres que salmodian versos del Corán, niños que escuchan y ayudan a quitar hierbas. Escucha... El rumor de la oración y de la mar.