Epicuro Epicuro Revista de los grandes placeres

YORKSHIRE Primavera tras las ventanas

De comienzos, flores y libros…

Las estaciones se mezclan, no están bien definidas en Yorkshire, y mucho menos son una ciencia exacta que encaje mínimamente con el calendario.

Puede que en julio calles y campos se encuentren anegados - el agua del suelo unida sin solución de continuidad con la que cae de las nubes más negras y agresivas jamás formadas en un cielo de verano-; puede ser que en febrero amanezcan días azules y de horizontes prístinos, con un sol que desafíe al invierno y caliente débil  pero animosamente el paisaje; puede el otoño vestirse de blanco y que la nieve entierre en un abrir y cerrar de ojos las hojas de los robles y borre los naranjas y marrones de un plumazo.

Pero, algunas veces, se puede encontrar la primavera justo ahí, en su sitio. Milagrosamente cuando toca. Y Yorkshire florece. En inglés parece que florece más, Yorkshire” blooms”: es un verbo tan onomatopéyico que al pronunciarlo casi se puede ver la explosión de color cubriendo toda esta región del noreste de Inglaterra, con la ciudad de York-que le da nombre- en el centro, y que se extiende desde el interior a la costa este del país.

Es primavera enYorkshire.

Una extraña, inédita y melancólica primavera. Una primavera que parece vacía y silenciosa, porque esta vez no podemos formar parte de ella. La vida resurge al otro lado de nuestras ventanas y nosotros solo podemos ser espectadores desde detrás del cristal.

En los días brumosos, que pueden amanecer en cualquier estación del año, pero son más frecuentes en otoño y primavera, los Yorkshire Dales despliegan capas misteriosas en las que se intercalan el aire, el color y los aromas naturales. Es como si la vida imitara al arte.

“Dale” significa valle en el norte de Inglaterra, y los Yorkshire Dales son un parque nacional que cruza los Peninos, una cadena más de colinas que de montañas propiamente dichas. Una gran parte del paisaje son páramos abiertos entre los que serpentean reviradas carreteras estrechas,  flanqueadas por interminables muretes de piedra, que cruzan estrechos puentes, cortan sucios senderos embarrados, salvan pequeños arroyos y atraviesan incontables pueblecitos pintorescos.

En este mar de verdes y suaves ondulaciones  de tierra sin cultivar, moteado por ovejas que pacen tranquilas, los conejos retozan en la hierba y los faisanes se pavonean. A menudo,  el mar se vuelve oscuro y proceloso: el  brezo, una planta dura y resistente a los vientos, que vive donde casi nada más logra sobrevivir, lo cubre todo; la mayor parte del año pasa desapercibido, entre las rocas y camuflado con la tierra y el barro. Entre sus retorcidos tallos los urogallos y otras aves acomodan sus nidos y encuentran resguardo en esta tierra desolada y salvaje; las abejas hacen una exquisita miel con el néctar de sus flores; las brujas fabrican con el brezo sus escobas, y los campesinos cubren con él los tejados de sus casas y los refugios de los animales.

Es una planta, amuleto de buena fortuna, que espera su hora para florecer en los alrededores de Malham. A  través de las ventanas que forman las nubes en el cielo, la primavera se despliega en increíbles enclaves  como  Malham Cove, una espectacular pared que antes fue una cascada de 76 metros de altura; un anfiteatro natural hogar de  halcones peregrinos. Impresionantre desde abajo y aún más desde lo alto, donde  una calzada de piedra  se formó en la edad de hielo, cuando las aguas fltradas en la roca caliza se congelaron y se expandieron en una singular morfología. O Gordale Scar, una garganta creada por las aguas de fusión de dos glaciares. O Malham Tarn, el lago más alto de Inglaterra, un lugar al que el pintor J.M.W. Turner se acercaba asiduamente en busca de inspiración y paz.

“Arriba, en lo alto, en un vasto cielo gris claro con trazos rosas y azulados, los grajos vuelan en círculos. Aquí vive la poesía.”

 “A través de las ventanas de la clase, se pueden ver los páramos entre gris y púrpura, las granjas de piedra agazapadas contra las laderas, un pequeño cernícalo dejándose llevar por las corrientes de aire tibio. Idílico.”

“A través de la ventanilla bajada del coche se siente la brisa tibia del sol de abril, se cuela el verde, apagado u oscuro según el campo o el páramo que se atraviesa, la neblina azulada en una vaguada, el saludo de los árboles centenarios, de los ríos y las colinas temblorosas a la luz de la tarde.”

Son citas tomadas de la obra de Gervase Phinn, un autor  que cuenta en su serie de libros (“The other side of the Dales” es el primero) sus experiencias como inspector de escuelas en estos valles;  son una lectura entretenida e interesante para conocer los pueblos, los paisajes y las gentes de esta tierra  hermosa y plácida.

Es 23 de abril en los Dales. Desde detrás de las ventanas de los miles de “cottages”, esas cabañas encantadoras y bucólicas que salpican los valles y páramos… un libro y una flor de brezo aún sin brotar, pero ansiosa por desencadenar su estallido púrpura.

Espacios abiertos, carreteras rectas hasta el horizonte, sonidos de aves e insectos, el Parque nacional de North York Moors, al noreste de York, es un vasto territorio que llega hasta el mar que, cuando la primavera despierta, se viste de gualda y verde y se toca con un sombrero azul. Alfombras de un intenso amarillo, tejidas con flores pequeñas y arracimadas,  tiñen el paisaje durante kilómetros hasta casi caer al mar. Los campos de colza aparecen de pronto, maravillan por el contraste que ofrecen contra el horizonte de agua, asombran por inesperados.

En un promontorio azotado por el viento, las ruinas de la  dramática Abadía de Whitby, se alzan en un abismo asomado  sobre el Mar del Norte, desafían a los elementos en una tarde desapacible de finales de abril; se yerguen majestuosas sobre el puerto y las calles empinadas del pueblecito que fue inspiración para escritores, pintores y amantes del espíritu romántico. Los restos del imponente edificio se han fundido con el entorno natural y son inseparables del acantilado, ambos erosionados y modelados por vientos impenitentes, hogar ambos de murciélagos que exhiben sus habilidades para caer en picado sobre ellos. Las tumbas acompañan a las piedras, desgastadas por el tiempo y los elementos, algunas balanceándose precariamente al borde del acantilado; otras descansan sobre tumbas vacías, y de una de ellas Bram Stoker tomó el nombre de la primera víctima de Drácula en Whitby.

Porque este es  el lugar donde Stoker encontró en 1890 -mientras disfrutaba de unas vacaciones-, en la biblioteca pública, un libro con la historia de Vlad el Empalador, conocido como Drácula, que en valaco (de Valaquia, Rumanía) significa “diablo”.

 Whitby, su inmensa playa con marea baja, sus rincones encantadores, sus casas de cuento infantil con puertas de colores, su estatua en lo alto del pueblo del Capitán Cook – su más ilustre hijo- , en una plaza que tiene como puerta de entrada la quijada de una ballena,  su réplica del  HMS Endeavour, sus callecitas y su pintoresco puerto… son  ingredientes fundamentales de la novela del autor irlandés, salpimentados  con las historias que oía de boca de los marineros del pueblo.

En el libro, una noche tormentosa, un barco ruso encalla en Whitby después de que toda la tripulación se haya desvanecido misteriosamente. El único superviviente es un enorme perro que sube desde el mar hasta la abadía. El perro es el mismísmo Drácula y su reino del terror comienza.

“Justo sobre la ciudad está la ruina de la Abadía de Whitby, que fue saqueada por los daneses y sobre la que una leyenda dice que se ve a una dama blanca en una de las ventanas.  Entre las ruinas  y el pueblo hay otra iglesia, la parroquial, y  un gran cementerio, todo lleno de lápidas. Este es, en mi opinión, el lugar más bonito de Whitby, ya que se encuentra justo sobre la ciudad, y tiene una vista completa del puerto y de toda la bahía hasta el promontorio llamado Kettleness, que se extiende hacia el mar. Desciende tan abruptamente que parte de la orilla se ha caído, y algunas de las tumbas han sido destruidas.”

“Fuera del puerto se levanta un gran arrecife, cuyo filo se extiende directamente detrás del faro sur. Al final, hay una boya con una campana que se balancea cuando hace mal tiempo y emite un sonido triste en el viento.”

“Tienen una leyenda aquí: cuando se pierde un barco se escuchan campanas en el mar. Debo preguntarle al viejo sobre esto. Él viene por aquí. . .”

Es 23 de abril en Whitby. A través de las ventanas ojivales de la abadía, tanto tiempo atrás despojadas de cristales… un libro y un ramillete de flores amarillas, símbolo de alegría y optimismo.

En York, no hace falta esperar a que la primavera llegue para encontrar rosas blancas por doquier.

La rosa blanca está asociada a la ciudad desde tiempos victorianos, se ha convertido en emblema de la ciudad  y aparece en muchos edificios y elementos urbanos.

Rosas en la catedral; las vidrieras del York Minster, la segunda catedral  gótica más grande del norte de Europa, después de la de Colonia, son únicas tanto por sus dimensiones como por su calidad, antigüedad y belleza.  La nave central es grandiosa y las vistas desde la torre bien merecen la pena la subida a pie.

Rosas en las verjas que dan acceso a edificios medievales, como el Barley Hall o el Merchant Adventures Hall. Sus fachadas de entramado de madera y sus interiores están bien conservados y bellamente restaurados. Tienen una parte de museo y otra habilitada como cafetería, donde degustar una taza de té y una pieza de bollería que nunca defrauda.

Rosas en las balaustradas de los puentes que unen las dos orillas del río Ouse, habitualmente tranquilo y apacible, pero con una tendencia bastante recurrente al desbordamiento; las inundaciones no son algo extraordinario en York.

Rosas en la magnífica estación de tren, construida en curva para hacer de su arquitectura un  “monumento a la extravagancia”; se encuentran en la estructura  que sustenta el techo de vidrio y hierro, en la pasarela que conecta con el interesante museo del ferrocarril y en los brazos que sujetan los relojes en los andenes.

Rosas en las tiendas de The Shambles, para muchos la calle más bonita de Inglaterra,  que debe su nombre a la palabra sajona -” Fleshammels “- para los estantes en los que los carniceros exhibían su carne en las más de veinte carnicerías que la ocuparon hasta el siglo XIX. Hoy, aunque los carniceros han desaparecido, algunas de las tiendas en la calle todavía tienen ganchos de carne colgando fuera,

Rosas en los indicadores que estos días guían a turistas invisibles hacia el York Castle Museum, que recrea Kirkgate, una calle victoriana con todo lujo de detalles tanto en sus fachadas, como en las habitaciones de las casas y en las tiendas. Estos días suspira vacía de paseantes y dependientes  vestidos de época, sin los sonidos del pasado…

Este es el museo del título de Behind the Scenes at the Museum  (en español, “Entre bambalinas”); es la primera novela de la escritora británica Kate Atkinson y en ella se cuentan las vidas de Ruby Lennox, una niña de familia de clase obrera que vive en el York en la segunda mitad del siglo XX y las de seis generaciones de su familia.

"Hay demasiada historia en York, el pasado está tan lleno que a veces parece que no hay lugar para la vida".

“Cuando Lillian dejó el trabajo a primera hora de la tarde, las calles estaban resbaladizas y brillantes por la lluvia y las lámparas se encendieron de amarillo, y la asaltó la melancólica sensación, que siempre acompañaba a la lluvia y la oscuridad”.

"Las palabras son las únicas cosas que pueden construir un mundo que tenga sentido".

Es 23 de abril en York. Tras uno de los altos ventanales del Castle Museum… un libro y una rosa que, esta vez, ha de ser blanca.

¡Feliz día del libro!