Epicuro Epicuro Revista de los grandes placeres

¡EUREKA! ¡En Siracusa se encuentran el alma y la esencia de Sicilia!

Es posible encontrar en Siracusa toda la historia de Sicilia.

Ninfas y sol,  dioses y mar,  sabios y piedras…

Un día, dos mil quinientos años. 

Hace mucho tiempo tres ninfas danzaban alrededor del mundo y, mientras bailaban, recolectaban puñados de frutas, semillas y tierra de los más fértiles y bellos sitios del planeta. Un día llegaron a un lugar de cielo azul y mar calmo. Aquí su danza se tornó más armoniosa  y alegre, y las tres ninfas lanzaron todo lo que habían recogido al océano. El agua brilló, salió el arco iris y de las profundidades marinas surgió una isla triangular. Trinacria, cuyos tres vértices son las piernas de las tres ninfas danzarinas, es hoy  Sicilia;  una isla mítica que, según algunos poetas, fue entregada por Zeus  como regalo de bodas a Perséfone al unirse a Hades. Sicilia, a medio camino entre Oriente y Occidente, etapa obligada en el itinerario de héroes viajeros.

Amanece.

El emplazamiento cumple todos los requisitos naturales para un lugar fuerte. Es el punto más alto de la meseta de Epipoli,  con amplio control sobre el mar y la tierra. Las murallas se situaban fuera del alcance de las catapultas más poderosas, y las galerías  y fosos se protegían a sí mismos sucesivamente desde el exterior al interior del complejo. Las máquinas de guerra apostadas en las terrazas tenían un trabajo tanto ofensivo como defensivo. La fortaleza ofrece unas vistas privilegiadas. El sol se asoma poco a poco y la luz se refleja en una  tranquila porción de mar encerrada entre dos penínsulas; es un mar azul, profundo, esmeralda, cristalino, verde y transparente. Allá abajo se empieza a dibujar la bahía de Siracusa, el Porto Grande de la que fue en un tiempo la polis griega más grande después de Atenas y la más importante de la Magna Grecia.  Hoy, varios miles de años después, desde  los vestigios de las ruinas del Castello Eurialo,  sin desviar la mirada del frente, se otea la ciudad moderna y su antiguo corazón histórico, la pequeña isla de Ortigia.

Desde aquí, cuenta una leyenda que no ha podido llegar a la categoría de hecho histórico,  usando unos espejos y la energía de este sol que ahora se despierta, quemó las naves romanas que asediaban su ciudad natal un sabio llamado Arquímedes.

Cicerón encontró la tumba de Arquímedes descuidada y cubierta por la maleza; allí estaba la talla que el matemático había ordenado colocar en su sepultura: una esfera inscrita en un cilindro y la inscripción con la razón entre las áreas de ambos cuerpos geométricos. El lugar hoy vuelve a ser aproximado en cuanto a ubicación y difícil de encontrar, en un extremo del Parque Arqueológico de la Neápolis. La principal atracción del recinto es el teatro griego del siglo V a.C. cuya cavea podía albergar hasta 15.000 espectadores en gradas cortadas directamente en las rocas de una gran curva de la colina con vistas al mar. Lo mandó construir Hieron II, que también dedicó un inmenso altar para sacrificios a Zeus, y del que solo se conserva la estructura básica: los españoles dieron buena cuenta de muchas de las piedras que los griegos tallaron y transportaron para usarlas en las murallas de la ciudad. Cerca están los restos de un anfiteatro romano en cuyo centro un agujero rectangular servía para drenar la sangre de los gladiadores y bestias que protagonizaban los espectáculos.

Todas estas ruinas están escoltadas por paredes rocosas repletas de cuevas que van apareciendo entre frondosa vegetación: es la Latomía del Paraíso, una enorme cantera  en la que sobresale la “Oreja de Dionisio”, bautizada por Caravaggio; es  famosa por su perfecta acústica e impresionante por la altura de sus paredes y bóveda apuntada.

Es la hora del desayuno y casi una obligación tomarse un espresso  acompañado de un típico y contundente cannolo de ricotta; la eficacia de la  “cannoloterapia” está fuera de toda duda y no necesita de ninguna demostración científica.

En los alrededores de la Neapolis, dos ejemplos dispares de arquitectura religiosa: la Basílica de San Giovanni Evangelista y el Santuario de la Madonna delle Lacrime. La primera, de exterior en ruinas, conserva unas monumentales catacumbas plagadas de galerías y capillas ocupadas por más de 20.000 tumbas. El segundo, hace honor a su nombre y las lágrimas salen de los ojos del desdichado que lo contempla, no por emoción, sino porque es, probablemente,  el mayor error arquitectónico de toda Sicilia.

Al abandonar la ciudad moderna  el agua hace su aparición. El mar abraza la pequeña islita de Ortigia, de poco más de un kilómetro de longitud. Dos puentes la unen a la isla principal, y al atravesar cualquiera de los dos  se escucha el bullicio del mercado que todas las mañanas se monta  en unas pocas calles estrechas con puestos de fruta, verduras, carnes y pescados. Se llena de  gritos del que llega con las cajas, y de la que llama la atención de los compradores; de risas y palmadas en la espalda de los que se saludan efusivamente; de aromas de mercancías frescas; de luz tamizada por los toldos ora rayados, ora raídos; de colores vivos que atrapan la mirada y al momento la desvían del naranja de las calabazas abiertas al verde de las lechugas y aceitunas, del azul plateado de las escamas al rojo de los tomates. El mercado es una lección gratuita de vocabulario gastronómico y de vida siciliana, la mejor bienvenida y puerta de entrada a Ortigia.

¿Un aperitivo de media mañana? Nada puede igualar al placer de probar un panecillo con tomatitos Pachino y mozzarella fresca en un bar al lado de las ruinas del siglo VI a. C. del templo de Apolo, el templo dórico más antiguo de Sicilia. No está muy bien conservado (fue transformado sucesivamente en iglesia bizantina, mezquita árabe y basílica normanda), pero los fragmentos de columnas, de muros y de algunas decoraciones -que no fueron descubiertos hasta 1862- empiezan a contar la historia milenaria de esta isla.

Ortigia es un museo arquitectónico con restos griegos y romanos, edificios normandos medievales y una gran cantidad de palacetes barrocos, el estilo en el que se reconstruyó después del terremoto de  1693. Tras la gran guerra mundial, el conjunto empezó a ser recuperado y fue declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO. Ahora es un placer pasear por su trazado de patios, callejuelas y plazoletas repletas de fachadas de palacios del XVIII. Algunos se caen a pedazos, otros están bellamente restaurados y lucen magníficas decoraciones típicas del barroco siciliano: grotescas cabezas humanas esculpidas en aleros y balcones, hojas, pináculos y volutas que forman una máscara refinada y decadente a partes iguales.  Debajo de uno de los palacios más antiguos de la ciudad, hoy el Hotel alla Giudecca, se pueden visitar los que probablemente sean unos de  los baños judíos más antiguos del mundo: un mikvah de tres profundas piscinas, preparadas para inmersiones totales, que fue abandonado cuando los judíos fueron expulsados de la isla en 1492.

Otros magníficos palacios, los del Archivescovile, del Senatoriale -hoy ayuntamiento-, y  Beneventano se reúnen en la Plaza del Duomo.

En esta plaza, la más monumental de la ciudad, se alzan la iglesia de Santa Luzia alla Badia y la catedral.

En la iglesia dedicada a la patrona de la ciudad cuelga un Caravaggio que,  recién huido de su prisión en Malta, llegó a Siracusa  y pintó  El entierro de Santa Lucía en poco más de un mes.

La catedral está erigida sobre el templo griego de Atenea y sus columnas originales son visibles tanto en el exterior como en el interior,  incorporadas a la estructura del edificio barroco con la naturalidad que surge del atrevimiento inconsciente y del pragmatismo sin remilgos.  En el interior se mezclan todos los estilos: la sencillez de las vigas de madera en el techo con la riqueza del caleidoscópico suelo de mármol, la pila bautismal normanda del siglo XIII y las sobrias paredes bizantinas que rellenaron los espacios del templo dórico.

La plaza del Duomo es un buen lugar para descansar y sentarse a comer. Las terrazas de cafés y restaurantes son tan institucionales como el ayuntamiento y el arzobispado, y sentarse en cualquiera de ellas para  disfrutar de una pasta o del pescado del día es, además, sentarse para poseer fugazmente la belleza.

Ortigia está arropada por el mar y abrazada por la mitología. Artemisa, diosa de la caza, transformó a la ninfa Aretusa en un manantial de agua dulce para protegerla de las atenciones demasiado insistentes del dios del río Alfeo. Pero el dios no se rindió, y atravesando el mar Jónico consiguió encontrarla. La Fonte Aretusa es el lugar donde la ninfa y el río finalmente unieron sus aguas, y aquí sigue su historia de amor, acompañada por patos blancos, peces rojos, muros de piedra y plantas de papiro. Para ver papiros creciendo de forma espontánea hay que alejarse un poco de Siracusa y navegar plácidamente por el río Ciane, en una reserva natural de humedales de gran riqueza de flora, y que cuenta, cómo no, con su propia historia mitológica, también protagonizada por un dios, una ninfa y  amores esquivos.

 

Desde Fonte Aretusa el Lungomare Alfeo lleva al Castello Maniace y sus jardines de palmeras; situado estratégicamente justo en la punta de la isla, esta ciudadela conserva una de sus cuatro torres del siglo XIII y un magnífico salón gótico con incongruentes columnas corintias. Dejando atrás la mole cuadrada del castillo, el Lungomare d`Ortigia recorre, curva a curva, el litoral de fachadas color crema a un lado  y una lámina de agua de un verde azulado perfecto al otro.

Cuando cae la tarde el horizonte es una barandilla sobre el Mediterráneo,  y la “passeggiata” vespertina congrega a los  siracusanos  a lo largo del paseo marítimo. Esta tradición es una expresión de cultura que aún pervive ganando la batalla a las prisas. Se interrumpe el trabajo y se olvidan las tareas pendientes; la hora previa a la cena es para deambular lentamente arriba y abajo, sin más objetivo que tomar el fresco, saludarse, estar al día de los chismes y acabar  tomando un Aperol, anaranjado y dulce, que en el precio lleva incluida la puesta de sol a juego con la bebida.

 

Para cenar, nada mejor que una caponata de berenjena, unos purpetti de atún, una tabla de quesos y un buen vino de la tierra antes de proseguir el paseo, ya nocturno,  y  llegar a la Piazza Archimede, con  Artemisa cazadora en su fuente central; la rodean iluminados palacios de estilo gótico-catalán testimonio del paso de la Corona de Aragón por la zona entre los siglos XIII y XV.

El día acaba. Señalando la salida de Ortigia, entre el Ponte Umbertino y el Ponte Santa Lucia, posa  broncíneo y orgulloso con su juego de espejos ustorios en la mano derecha,  Arquímedes.

¡Eureka!

Un día en Siracusa es un viaje por la historia.  Es este un lugar donde  los minutos se cuentan en años y las horas se desgranan en siglos. Cada segundo es un espacio para la cultura, cada movimiento de la aguja del reloj marca una época de arte y  belleza. En esta ciudad, desde que sale el sol hasta que la luna se pone,  se recorren -los pasos asentándose sobre ácronas huellas -, más de dos milenios entre mitos y leyendas.

Encontrar Siracusa es hallar el momento desde el que partir en busca de la memoria lejana. Es asir el instante donde el pasado deslumbra al visitante, cegándolo para así evitar ser del todo capturado.

En Siracusa se encuentra el alma y la esencia de Sicilia en el tiempo suspendido.

 
What do you want to do ?
New mail