Epicuro Epicuro Revista de los grandes placeres

UN TÉ CON VICTOR HUGO Respirar París conserva el alma

¡Cómo ir de compras por algunas de las tiendas más asombrosas de París en compañía de Hemingway o Proust!

¿Le gustaba a Victor Hugo tomar el té?

Salir de su casa, situada en un ángulo bajo los soportales de la Place des Vosgues, atravesar con paso lento y apoyado en un bastón el perfecto cuadrado ajardinado. Ya es un anciano, pero aún tiene ánimos y fuerza para recorrer las calles del Marais y entrar cada tarde en un establecimiento que han abierto hace poco y del que dicen que trae el mejor té del mundo hasta París.

En el 30  Rue Bourg-Tibourg,  Mariage Frères, fundada en 1854, es heredera de los tiempos de Luis XIV, que encomienda a Nicolas Mariage traer a Francia tés de India y Persia. Es una tienda en la que la madera tostada del exterior continúa dentro, más oscura y densa, en un ambiente íntimo y recogido. En la primera planta están las estanterías rebosantes de latas y cajas de todas las variedades de té imaginables, más de 800 provenientes de 36 países. Los colores de las cajas indican si el té es rojo, verde, negro, amarillo, blanco o incluso azul. Se vende también todo tipo de accesorios para su preparación, conservación y degustación, y hasta galletas, chocolates o gelatinas cuyo ingrediente principal es el té.  Tras la tienda, atendida por personal de elegantes trajes blancos que recuerdan a la época colonial, está el salón (de té, naturalmente). Decorado con muebles antiguos y plantas de reminiscencias tropicales, en un ambiente refinado y muy tranquilo se puede disfrutar de la ceremonia del té a la francesa: se controla la temperatura del agua y el tiempo de infusión, se usa agua purificada para preservar el sabor y se retiran las hojas de la tetera antes de servirlo en las tazas de porcelana.

Subiendo una estrechísima escalera de caracol, en la planta alta está la exposición. Apenas dos habitaciones en las que se exhiben cajas para mezclar y transportar las hojas de la  preciada planta: las hay de madera de roble policromada, lacadas y decoradas con motivos oníricos y orientales; cofrecillos de plata y cuero… Y teteras de formas asombrosas, tazas con “salva bigotes” para evitar desperfectos capilares,  maletines con muestras utilizadas por los comerciantes,  mobiliario chino y maquinaria para el procesado de la materia prima. Un museo pequeño que transporta a la aventura poética y perfumada de ese brebaje espiritual traído de exóticos paisajes lejanos. Un viaje a la nostalgia y a la pasión del universo del té…una manera de vivir.

El espíritu de Víctor Hugo se refleja taciturno en los cristales del escaparate de la decimonónica tienda del Marais. Y frente a ellos sigue flotando su frase: “Respirar Paris, eso conserva el alma “.

 

¿Era ordenado Hemingway al devolver a las estanterías los libros que leía?

La americana Sylvia Beach abrió la primera  librería Shakespeare and Company  en 1919  en la Rue de l’Odéon; el establecimiento era a la vez una librería y una biblioteca de préstamo. Allí se cruzaban los grandes escritores estadounidenses expatriados de la época           – Hemingway, Fitzgerald, Eliot…- con escritores franceses de renombre, como André Gide, Paul Valéry y Jules Romains. Sin este lugar, probablemente no hubiera habido una Generación Perdida. Sylvia Beach contribuyó igualmente a un acontecimiento de la literatura moderna: en 1922, publicó Ulises, de su amigo James Joyce. La librería permaneció abierta hasta 1941, año de la ocupación alemana de París.

Diez años después otro americano, George Whitman, abre su librería  Le Mistral en un edificio que en su origen fue un convento, en el  37 rue de la Bûcherie; al lado de la iglesia más antigua de París, Saint- Julien-le -Pauvre, y frente a l´Ile de la Cité. Sylvia Beach  la frecuenta y anima a George a renombrarla Shakespeare and Company, lo que hace en abril de 1964, con ocasión del  400 aniversario del nacimiento de Shakespeare. La librería se convirtió en el centro de la vida literaria parisina: Lawrence Durrell, Anaïs Nin, Henry Miller o Julio Cortázar fueron asiduos e invitados a dormir, entre pilas de libros y estanterías repletas, en camas que durante el día eran sofás y bancos. Hasta hoy se estima que más de 30.000 escritores y artistas han pasado una o más noches en la librería. Se les denomina “tumbleweeds”, en referencia las plantas rodantes, de las que George decía que “iban y venían al albur del viento”. Cada “tumbleweed” debe cumplir tres tareas: leer un libro al día, ordenar los libros durante algunas horas  y escribir una página de su autobiografía. La librería tiene archivados varios miles de esas páginas, y es un legado de escritores, viajeros y soñadores que sigue aumentando.

Silvia Beach y George Whitman siguen vivos en este edificio del siglo XVII y también su sentimiento de comunidad, de “utopía socialista disfrazada de librería”. Hemingway nunca subió las escaleras de madera desgastada, nunca se acostó sobre las tapicerías descoloridas de los sillones, nunca acarició al gato que dormita sobre el escritorio que hay junto a la ventana con vistas a una Notre-Dame hoy chamuscada y desmochada. No se perdió entre las pequeñas habitaciones alicatadas con miles de libros en inglés entre los que se encuentran, en lugar preeminente, los suyos.   Pero Ernest  sonreiría ante la frase escrita sobre el dintel de una de las puertas, que aconseja  no ser inhospitalario con los extranjeros, porque pueden ser ángeles disfrazados. Se mezclaría con los bibliófilos y turistas en busca de ediciones especiales o el libro de bolsillo de su autor favorito. Y les susurraría al oído: “Si tienes la suerte de haber vivido en París de joven, donde quiera que vayas el resto de tu vida, eso te acompañará siempre. Paris es una fiesta”.

 

¿Cuántas veces se emborrachó Proust?

En 1764 el rey Luis XV de Francia concedió al cardenal Louis-Joseph de Laval-Montmorency permiso para fundar un taller de vidrio en el pueblo de Baccarat, en la provincia de Lorena al este de Francia. Los primeros productos consistieron principalmente en vidrios para ventanas, espejos y copas, hasta 1816, cuando el primer horno para cristal empezó a funcionar. Baccarat puso de moda el cristal de color. Y París siempre está a la moda:   un palacete del siglo XIX en la place des États-Unis, entre el Sena y el Arco del Triunfo, que perteneció a la aristócrata y artista Marie-Laure de Noailles, alberga ahora la sede de la exclusiva firma de cristalería de lujo. El lugar guarda intacta la memoria de las suntuosas fiestas organizadas por la mecenas y musa de su tiempo. La firma continúa su leyenda en el majestuoso edificio: en la planta baja se abre la tienda, en la primera está el restaurante “Cristal Room”, y en la segunda la galería-museo donde se muestra la quintaesencia de sus excepcionales obras de arte. El resultado es un conjunto de cristales y terciopelos de tonos fuertes y contrastados: fucsias, verdes, azules, morados y rojos rodeados de mármoles, maderas nobles y espejos que multiplican fulgores exquisitamente exclusivos. El brillo coloniza las lámparas, las copas, las fuentes, y hasta una barra de bar exagerada dentro de la exageración.

Proust frecuentaba las fiestas de la condesa de Chevigné, abuela materna de Marie Laure de Noailles.  Marcel conoció a Laure de Sade, (sí, era biznieta del marqués de Sade),  y en ella encontró inspiración para el personaje de la condesa de Guermantes en En busca del tiempo perdido. El diletante, excéntrico y genial autor consiguió deslizarse con determinación y descuido entre la aristocracia y alta burguesía parisinas y seguramente brindó y bebió en más de una copa rojo rubí de Baccarat mientras forjaba la reputación de snob que le acompañó toda su vida. Murió cerca del palacete, en el  44 de la rue de l'Amiral Hamelin, en un apartamento sin calefacción (el calor levantaba el polvo y agravaba su asma) por culpa de una gripe que se complicó hasta acabar con él un 18 de noviembre de 1922. En la fachada de este inmueble, ahora un hotel de tres estrellas no muy lejos de los Campos Elíseos, hay una placa que recuerda la fecha. Hoy, como entonces, por estas calles del distrito XVI: “Las mujeres pasean por la calle en París… son cuadros de Renoir (…), salgamos a pasear”.

¿Cuál era el perfume favorito de Emma Bovary?

Flaubert no llegó a ver construido el Teatro des Capucines , a dos pasos de la iglesia de la Madeleine y de la Ópera Garnier; aunque quizá fue cliente del almacén que existió en el lugar en que fue edificado en 1895. Vivía cerca, en la rue du Helder, en el París de los grandes bulevares  de faroles de gas y calesas apresuradas.

El teatro, 39 Boulevard des Capucines, fue convertido en perfumería y museo Fragonard en 1993. Es un espacio clásico y relajado, tenuemente iluminado y primorosamente decorado. A pie de calle, en la tienda, los perfumes en delicados envases y los jabones en coloridas pastillas se exponen en los mostradores que forman un semicírculo de dramático romanticismo. El segundo piso es un pequeño museo que ofrece un viaje a través del tiempo dentro del universo de la perfumería: una fábrica en miniatura hecha con  alambiques de destilación del siglo XIX, bellos cuadros que evocan aromas sutiles, una selección de  preciosos y originales frascos que cuenta 3000 años de historia del perfume; todo en una galería de paredes en suave tono malva, con ventanas que dejan ver, como desde un palco, lo que sucede abajo, en la boutique,  donde los clientes deambulan por el espacio del antiguo patio de butacas dejándose embriagar por esencias provenzales  de lavanda o jazmín.

Quizá era el aroma de jazmín el favorito de Madame Bovary. Y envuelta en él, la soñadora Emma Se compró un plano de París y, con la punta del dedo, iba de un lado a otro de la capital. Subía por los bulevares, parándose en cada esquina, entre las líneas de las calles, ante los cuadrados blancos que figuran casas. Hasta que se le cansaban los ojos, cerraba los párpados y veía entre las tinieblas cómo se torcían al viento los faroles de gas, y cómo los estribos de las calesas se bajaban con gran ruido delante de los teatros”.

 

¿Tenía André Breton una mariposa o un escarabajo pinchado con un alfiler en la pared de su estudio?

En el 46 Rue Bac, en un edificio bicentenario, antiguo palacete de un hijo del banquero de Luis XIV, está Deyrolle. El apellido de la familia da nombre a este negocio en funcionamiento en este local desde 1888. Traspasar la puerta, aparentemente de una tienda de lo más normal, es adentrarse en un auténtico gabinete de curiosidades que comenzó con la entomología y se extendió a la taxidermia hasta hacerse mundialmente reconocido como proveedor de especímenes y carteles pedagógicos de fauna y flora a todas las escuelas y universidades de Francia. También llamados “cuartos de maravillas”, estos espacios fueron los antecesores de los museos y hasta el siglo XVIII los nobles que coleccionaban objetos, provenientes de todos los rincones del mundo conocido, hacían alarde de su riqueza y competían por exponer el hallazgo más exótico… No era raro encontrar una ampolla con sangre de dragón o algún esqueleto de un ser mitológico.  Coleccionistas, científicos, decoradores y curiosos pueden hoy pasear entre jirafas, leones y cebras, osos y aves, conchas y mariposas, minerales y herbarios. Todo eso (y mucho más) sin  olvidarse de los magníficos salones de techos altos y ricamente decorados, del mobiliario de época, de las vitrinas, lámparas y  muebles de mil cajones. Para tranquilidad de todo visitante, una nota informa de que ningún animal se ha  matado para su naturalización; provienen de circos, zoos o criaderos y han muerto de enfermedad o vejez. 

Este lugar, único e insólito, fue inspiración para artistas como Breton, que lo visitaba y  con frecuencia coincidía allí con Dalí o Nabokov.  ¿Y si  su pensamiento surrealista se empezó a engendrar en una de sus visitas a Deyrolle?  ¿Y si llevó la ensoñación  de  este mundo animal delirante en pleno centro de París a Saint-Germain-des-Près y a los literarios cafés de Flore y  Les Deux Magots? No en vano para él  “Paris es la única ciudad (…) donde tengo la impresión de que puede pasar cualquier cosa”.

¿Dónde, si no, se puede  entrar en una tienda y salir habiendo visitado un museo?

¿Dónde, si no, mirando de reojo, se puede  ver por un segundo la sombra de un  escritor justo antes de que se esfume entre los que curiosean en busca de ese regalo especial?

¿Dónde, si no, las compras, el arte  y la literatura pueden cruzarse como si nada?

Todo puede suceder. Sólo en París.