Epicuro Epicuro Revista de los grandes placeres

ORILLAS DEL YUSO Un día de pesca ¡sin muerte! de 2019

Cualquier actividad humana tiene el deber de ser compatible con la conservación del medio rural.

Una visita a un río, armados de aparejos y tiempo para charlar con los ribereños, es un placer epicúreo.

Se cumplen exactamente seis años ahora de la entrada en vigor de una nueva ley para la pesca deportiva en Castilla y León, una comunidad que se atrevió a ser pionera en dar el paso hacia una normativa consecuente con los tiempos que vivimos, en los que cualquier actividad humana tiene el deber de ser compatible con la conservación del medio natural.

El meollo de esa nueva normativa no es otro que la pesca sin muerte, aplicada a las truchas, las reinas de los ríos de interior: la gestión de su población piscícola, una vez declarada especie de interés preferente, a través del «captura y suelta», una modalidad deportiva que resultó sorprendente en nuestras aguas pero que está en línea con las políticas que aplican los países más avanzados del mundo, incluyendo los paraísos pesqueros de Alaska, la Patagonia chilena o Escocia. Un modelo de deporte sostenible que, aunque en principio tuvo sus opositores, actualmente están valorando imitar las comunidades trucheras vecinas de Castilla y León, a tenor de que no solo se ha protegido a la trucha común, sino que ya es perceptible una recuperación de sus poblaciones y una mejoría en la cantidad, densidad y tamaño de los peces.

Una visita a un río, armados de aparejos y tiempo para hablar con los ribereños, es un placer epicúreo a comienzos del verano. Nos acercamos a León, el edén nacional de la pesca de la trucha, con miles de kilómetros de río, cauces de aguas reguladas por pantanos y cursos naturales de alta montaña, el destino soñado por miles de locos de la caña que cada año peregrinan a sus aguas desde comunidades menos afortunadas en salmónidos. Una provincia con acotados míticos, la pluma incomparable de los gallos de la Cándana que se emplea en la elaboración de señuelos y una Semana Internacional de la Trucha que cada año renueva los votos pesqueros de esta provincia con los tesoros plateados que pueblan sus cauces.

Aunque apenas se conozca, actualmente España es campeona del mundo en pesca a mosca, y no es la primera vez que copa el lugar más alto en ese podio del lance ligero. Varios de los componentes del equipo nacional ensayan sus técnicas y estiran sus sedales en ríos leoneses como el Órbigo, el Porma o el Esla. Para una escapada de pesca menos competitiva, gozando de la hermosura del entorno, cualquiera de los cauces que atraviesan los valles montañeses del norte provincial vale y sobra: el Omaña, el Curueño, el Boeza o el Bernesga, entre muchos otros. Para nuestra jornada en el río elegimos el Yuso, por encima de Riaño, con base en Boca de Huérgano, una localidad a pie de obra con un hotel, «Tierra de la Reina», que ha sabido interpretar las necesidades del turismo piscatorio de forma inmejorable.

Con el vadeador recién puesto, sin haber pisado todavía las orillas del Yuso, el primer contacto es con un compañero de fatigas que nos hace alentar la esperanza de una buena faena: un pescador que aprovecha el descanso laboral para acercarse a tentar las truchas desde Palencia, buena tierra de salmónidos, en el tramo libre por debajo del coto. Cuatro palabras con él nos dan el tono de lo que fue y lo que ahora es la pesca deportiva:

―No hay las truchas que había hace treinta años, ni la misma cantidad de abejas, tampoco la saprolegnia ―aquella enfermedad que casi acaba con lasfario… Pero me merecen la pena los kilómetros que hago. Aunque ya no pueda pescar a cebo, con gusanos, me he pasado a la ninfa, que se parece. Lo de llevarlas, me da igual: a mí no me gusta el pescado.

La mayor oposición a la ley de pesca basada en el «captura y suelta» provino de los sectores más tradicionales, el colectivo de los pescadores ribereños apegados a técnicas de pesca inveteradas y al sacrificio, en muchas ocasiones para una merienda o comida festiva, como se había hecho «toda la vida». Si bien es cierto que la pesca con cebo natural se ha prohibido en la mayoría de los escenarios deportivos, la pesca con muerte todavía es posible, mediante pago y limitada en capturas, en los cotos y las Aguas de Régimen Controlado (AREC) de Castilla y León.

―El que quiera llenar la cesta, que vaya a la pescadería. Aquellas pescatas sin límite hoy no las aguantan los ríos. Y, total, la mayoría de las truchas son repobladas ―sentencia el ninfero palentino.

El que una ley restrictiva como la de la Junta de Castilla y León haya resultado un éxito también en cuanto a su cumplimiento, más que con acciones coercitivas (los agentes medioambientales siguen siendo un encuentro excepcional para el pescador y, como por desgracia veremos, también para las riberas: nos vamos a topar con el cadáver en descomposición de un caballo al que ya visitaron los buitres), tiene que ver con el lento declive de los ríos percibido en primera persona por los aficionados a la caña durante las últimas décadas.

Si la crítica a las administraciones por la decadencia de la trucha había llegado a ser un lugar común, cuando se tomó la medida de aplicar la pesca sin muerte, los pescadores, con la escasa reticencia arriba citada, demostraron una gran madurez y espíritu conservacionista en el momento de acatarla. Hubo abandonos por parte de los que no estaban preparados para un cambio tan grande y súbito, y es cierto que la presión de pesca ha disminuido por su ausencia, pero en general se produjo una evolución de las mentalidades y una transformación en las maneras de practicar el arte de la pesca de la trucha. Concienciados de que las agresiones a las aguas, bajo la forma de vertidos y contaminación, y a los especímenes, a través de depredadores alóctonos o sobrevenidos que van del lucio y el black bass a los visones y los temidos cormoranes marinos, que visitan las masas acuáticas del interior para alimentarse durante largas temporadas, su aceptación resultó algo natural. La extracción de peces no era el único problema, pero sí el que estaba en la mano del aficionado paliarlo personalmente. Así lo entendió la mayoría.

Mientras merendamos a la vera del río, ante el increíble documental de naturaleza que nos proporciona la ventana de un tramo de agua que nos presenta cientos de bogas, docenas de truchas y algunos barbos que han remontado desde el pantano de Riaño, un paisano viene a romper la bucólica e insólita escena, con ganas de pegar la hebra.

Tiene toda una teoría de los ríos, que explica su decadencia, ajena a cualquier legislación actual o por venir. Los cauces, sostiene, están podridos y condenados a una lenta muerte prácticamente desde sus cabeceras. Ni siquiera se echa atrás cuando uno le replica que ahora, a causa de la despoblación, hay menos explotaciones ganaderas en los pueblos vertiendo abonos y que son pocas las industrias contaminantes en las zonas de montaña donde nacen los ríos.

―Pero todos usamos como mínimo un par de productos para ducharnos, otro para lavar la ropa y otro para fregar los platos, y los campos se fertilizan con productos químicos que van a parar al agua, y eso por no hablar del cambio climático…

Quiere uno ver a este paisano, no se sabe si realista o apocalíptico, opinando sobre los pescadores tradicionales que dicen que la Junta «nos ha echado del río con esta ley», los que afirman que es «para señoritos», así que le pregunta por las deserciones que ha habido en el pueblo.

―Los pescadores más viejos dicen haber abandonado el río porque no es para ellos esto de la pesca sin muerte, pero devolvían al agua las capturas que no alcanzaban la talla mínima legal. Las razones de su indolencia me malicio que tienen que ver más con la edad o con las pocas ganas que con la legislación. Yo ya no soy un chaval y de tarde en tarde todavía cojo los trebejos, para enseñar al nieto, que ya pesca más que yo.

Luego nos explica que él está a favor de la nueva ley, que los peces que se capturan ahora son más grandes que hace un lustro, que hay más y que los ríos siguen siendo de todos, como debe ser, aunque haya que devolver los peces, porque «estuvieron a punto de privatizarlos y eso sí que no».

Comienza a levantarse un aire de tormenta que confirman los graznidos a rebato de una familia de cuervos que se reúne en las ramas de un chopo. La lumbre del agua se riza y reverbera ya solamente en grises. Damos la jornada por terminada y mientras nos cambiamos, junto al coche, cabe la orilla, el paisano se despide de nosotros guiñando un ojo y haciendo una confesión.

―Las truchas del Yuso son las más ricas y sabrosas de la provincia… Eran y son las más finas para el paladar. Se lo digo yo.