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MONTREBEI - MONTFALCÓ Arte por naturaleza

Claude Monet, Jackson Pollok y M. C. Escher viajan hasta este rincón del pre-Pirineo, a caballo entre Cataluña y Aragón.

Una creación que sólo podría formar parte de una exposición de arte hecho de pinceladas de agua, brochazos de piedra y trazos de acrofobia.

Si hay un paisaje que se ajuste sin fisuras a la definición de la palabra “desfiladero”, a saber: “abertura angosta y alargada formada por la erosión fluvial antigua o reciente en terrenos generalmente calizos o kársticos. Paso entre montañas profundo, estrecho y de paredes escarpadas”, sin duda el Congost de Montrebei es un ejemplo perfecto. Esta hoz que se desliza cambiando de provincia – ahora Lleida, ahora Huesca -, siguiendo inexorablemente la voluntad y el  capricho del río, se puede recorrer en unas tres horas de caminata descubriendo un paraje  asombroso y -aún- poco conocido.

Agua, rocas  y  vértigo.

Y de pronto, no se sabe cómo,  la obra  que ha creado la naturaleza se convierte en parte de un cuadro colgado en la pared de un museo. Y de repente el arte y el paisaje se dan la mano, se inspiran el uno  en el otro, se solapan, se confunden.

Se conectan el espacio y los tiempos y Claude Monet,  Jackson Pollock y M. C. Escher,  tres de los ilustres residentes en el MOMA de Nueva York, vienen a darse una vuelta hasta este rincón del  pre-Pirineo, a caballo entre Cataluña y Aragón.

En una sala blanca de muros  que adaptan su forma al tríptico, en  la quinta planta del museo neoyorquino,   los Nenúfares de Monet  exhiben orgullosos  la maestría con la que el pintor capturó los constantes  cambios de luz y color en el agua. En los monumentales lienzos  el horizonte se disuelve,  se mezclan un poco el estanque y el cielo,  y flotan las hojas y las flores no se sabe bien si en el primero o en el segundo. Protagonista, el verde esmeralda. Un paisaje de paz, que invita a la meditación.

 

Al empezar a caminar desde el aparcamiento de la Masieta, en el lado catalán de la ruta, el estanque de la pintura se transforma en el río Noguera Ribagorçana y es, como en los cuadros del artista francés, un  agua turquesa, verdosa, azulada, indecisa en  sus tonos… y tranquila, espesa, inmóvil, acolchada, reposada en su actitud. Han desaparecido los nenúfares y no hay manchas de color que alteren la superficie, a no ser algún que otro kayak amarillo brillante o rojo vivo. La lámina de agua solo se mueve cuando un pez salta y al caer forma unos círculos perfectos, o cuando la estela del pequeño catamarán turístico dibuja sus  líneas efímeras. El azogue líquido recibe los reflejos de las nubes y de las inmensas paredes  de roca que forman el desfiladero, que comienza muy cerrado y se va abriendo poco a poco al final. Son unos cinco kilómetros en los que el agua  sigue su camino en un imperceptible movimiento, el río cruza la sierra del Montsec deslizándose sin sobresaltos, sin ser consciente de  la grandiosidad del paisaje que está construyendo.

Por encima del agua transcurre  el camino, sin barandilla ni quitamiedos en el lado del precipicio. Es lo bastante ancho como para que se crucen dos personas, pero también lo suficientemente estrecho para que no haya lugar para el despiste o la imprudencia. En el recorrido  hay miradores y bancos de madera para reposar, posar  y  tomarse unos minutos para dejar la mente en blanco, llenar los ojos de color y  abrir los oídos al silencio. El sendero atraviesa un pequeño túnel, se asoma a una enorme gruta  y cruza  el primero de los dos puentes colgantes  que adornan de emoción el paseo.

La senda es un arañazo,  una grieta imperceptible en la escala del conjunto, poco más que una hendidura  en la pared, una cicatriz escasa y tosca, una muesca en el gran lienzo de rocas veteadas   que la geología ha manchado  de blanco, gris, marrón  y naranja.

Cuarta planta del MOMA. “One: Number  31”. Pollock.  Color y forma toman existencias independientes, la pintura se ha derramado en libertad, ha goteado en anarquía, ha fluido de manera turbulenta, ha explotado…  y de su destrucción ha surgido  una maraña con vida propia. El pintor creaba sus obras en el suelo, para sentirse más cercano a ellas y conseguir casi literalmente estar dentro de la pintura.

Y así se siente el que camina por Montrebei, abrazado por una obra que ha abandonado la horizontalidad y se ha trasladado, en un formato  sobredimensionado hasta para el propio Pollock,  a  las  inmensas  paredes  verticales rocosas, amenazantes y acogedoras a la vez. Creadoras de eco. Hogares de rapaces  de las que apenas se intuye su vuelo a esas alturas que rondan los quinientos metros.  Inaccesibles  para los humanos no voladores, aunque algunos osados se atreven a escalarlas y se transforman pasando en una primera fase de bípedos a cuadrúpedos,  y quizás empiecen a desarrollar alas a medida que  trepan hacia el cielo y se hacen invisibles al llegar al horizonte.

 

Las moles de piedra van dejando más espacio poco a poco a las franjas azules, de agua abajo y de cielo arriba; se van abriendo y se separan las orillas del río, cada una en una región, dos vecinas que comparten el segundo puente colgante, como una cuerda gigante donde tender la colada.

 

Y una vez atravesado el puente, aparece  M.C. Escher. MOMA. Relativity (Relatividad), 1953.

Escher siempre invitó a mirar más allá de lo que se ve en la realidad, desafió la lógica en toda su obra,  creó un inquietante universo retorcido en el que, claramente, esto que se ve no debería ser como es, y desde luego no debería funcionar como parece hacerlo. Es justamente la misma sensación de irrealidad que asalta al caminante cuando  (y no importa haber sido avisado, haber visto previamente fotografías o haber leído las  impresiones de anteriores visitantes) se ve materializado el relativo mundo de Escher  en estos peldaños de madera y estos cables de acero colgando de la pared pétrea y altiva. Sorpresa. Geometría imposible. Asombro. Excentricidad atrayente. Un nudo en el estómago. El vértigo.

En las pasarelas de Montfalcó, como en las  escaleras de la  litografía del artista holandés, las leyes de la gravedad dejan de cumplirse y  se convierten en laberinto donde los personajes que las suben o bajan  no parecen tener muy clara ni la dirección ni el origen o destino del espacio que transitan. Se tiene la sensación surrealista  de ser el protagonista de un videojuego real en un escenario de paradojas geométricas donde se alternan huecos, planos, profundidad y vacío.

               

Hay dos tramos que mezclan las pasarelas y las escaleras; uno de ellos en un zigzag que visto desde arriba casi parece inofensivo y visto desde abajo impresiona y asusta;  el otro, de líneas menos agresivas,  es un pasillo con más rampa que peldaños e incomprensiblemente pendiendo sin remedio  hacia el abismo. Ambos  abrazan el aire y desafían al agua, hacen burla a los buitres y retan a todo el que se  acerca. No existe el arriba-abajo, el dentro-fuera… la realidad es el punto de vista desde la que se  mira; el espacio es indefinido  y estas pasarelas son una ilusión óptica; las personas que las recorren son las esquemáticas  figuras –maniquíes que aparecen en la obra de Escher,   y junto con la construcción conforman un mundo imaginario. Ignorantes del vertiginoso panorama general que los rodea,  caminan suspendidos sobre la madera hacia el abrupto final en forma de  pasamanos de tiras de acero: fuerte y sólido pero etéreo y ligero. Inestabilidad en equilibrio. Adrenalina temerosa.

 

Una sensación de triunfo y orgullo ante el deber cumplido y la tarea terminada con éxito  aparece justo al mismo tiempo que los dos pies se posan en tierra firme al  abandonar el último escalón de  las pasarelas. También el alivio.

Un sombreado pinar en empinada ascensión conduce  al Albergue de Montfalcó.

La visita al museo llega a su fin. La  naturaleza  ha sido el hilo conductor a través del cual el impresionismo de Monet , el expresionismo abstracto de Pollock  y el estilo inclasificable  de Escher han conseguido encontrarse.  El agua, las rocas y el vértigo han trabajado juntos hasta componer  una obra maestra única. Ecléctica, indefinible. Un cuadro en tres dimensiones que no se puede catalogar dentro de  una sola  corriente artística ni en la mezcla de todas ellas. Una creación que sólo podría formar parte de una exposición de arte  hecho de pinceladas de agua, brochazos de piedra y trazos de acrofobia.  

 

El camino de regreso puede volver a hacerse a pie, pero eso sería desaprovechar la oportunidad de  hacerlo navegando plácidamente mientras se observa, desde otro punto de vista y enmarcado en su conjunto, el cuadro completo.

Es el momento de dejarse sorprender, como Monet : “Cada día descubro más y más cosas bellas. Es para volverse loco”.

De obedecer  a Pollock  : “ Creo que el público no debería buscar en las pinturas, sino mirar pasivamente y tratar de recibir lo que éstas tienen que ofrecer, sin ideas preconcebidas. Disfrutar la pintura como se disfruta de la música…”

De jugar como Escher: “¿Estás seguro de que un suelo no puede ser también un techo? ¿Estás absolutamente seguro de que vas hacia arriba cuando subes una escalera?”

Es el momento de imaginarse a esos tres maestros de la pintura a bordo del catamarán que ahora remonta el río;  relajan su vista sobre el agua, dirigen la mirada hacia lo alto, detienen su pensamiento en un detalle… No tienen ni idea  de que en este MOMA al aire libre, que forman  Montrebei  y Montfalcó,  están siendo observados por  sus propias obras