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Maramures y Bucovina: “Llegar hasta ellas es una prueba de paciencia que Tiene su recompensa”

Maramures y Bucovina son las dos regiones que ocupan el norte de Rumanía, en las fronteras con Ucrania y Moldavia.

Sobre el mapa, llegar a ellas es sencillo: basta con alquilar un coche en Bucarest o en Cluj Napoca – la ciudad más cercana con aeropuerto internacional –y seguir la carretera.

Sobre el terreno, la misión se complica y se va constatando empírica e inexorablemente que la velocidad que se puede alcanzar se va haciendo inversamente proporcional a la distancia  que queda por recorrer. A mayor proximidad, menos sube la aguja del velocímetro del salpicadero. La carretera se estrecha y los baches se ensanchan. Hay que estar atento y no echar vistazos demasiado prolongados al paisaje que se cuela por las ventanillas, aunque kilómetro a kilómetro se empeña en hacerse tan magníficamente evidente  que el viaje se alarga aún más porque necesariamente habrá que detenerse en el  inexistente arcén para disfrutar del panorama sin arriesgar más de lo que el sentido común dicta al conductor responsable. 

Lento, pero ávido por explorar y dejarse sorprender, el visitante alcanza al fin su destino y, en una literal declaración de intenciones, las puertas “maramureanas” se abren para él. Dan paso a casi todas las viviendas  y fincas;  las hay antiguas y las hay nuevas, pero conservando el estilo tradicional. Son maravillosas obras de madera tallada que podrían  pertenecer al mejor palacio y, sin embargo,  enmarcan orgullosas las entradas de  las  casas más sencillas y en los pueblecitos más diminutos

Invitan a adentrarse en la región y a descubrir Maramures. Un mundo aparte dentro de Rumanía. 

Casi totalmente agrícola. Gallinas, ovejas, caballos, hierba y heno por todas partes. Carros y  carretas y los paisanos yendo y viniendo con su rastrillo o su guadaña al hombro. Valles y colinas verdes salpicados de montones de paja puesta a secar. La naturaleza es la protagonista: los ríos y los campos llenos de flores rinden pleitesía a sus majestades los bosques y las montañas.

Si Rumanía es el Jardín de los Cárpatos, en esta parte septentrional del país la percepción del entorno se sublima y cada experiencia es una sinestesia emocional y sensorial. Y así es posible…

Tocar el aroma de la madera de las iglesias  ortodoxas  construidas en los siglos XVII y XVIII.

Se parecen mucho a las noruegas, y se caracterizan por tener torres muy altas siempre erigidas en el lado oeste,  y están cubiertas de tejas de madera de roble primorosamente colocadas en un orden matemático perfecto. Ni un solo clavo.

Llegar hasta ellas es una prueba de paciencia, ya que se hallan en pueblecitos muy pequeños, poco más que aldeas como Desesti, Budesti , Leud y Rozavlea. Están repartidas en una superficie relativamente pequeña, pero situadas en diferentes valles y, dado que la orografía es azarosa y las carreteras muy estrechas y en no muy buen estado, visitar las ocho que son Patrimonio de la Humanidad  requiere su tiempo. Pero todo esfuerzo tiene su recompensa y es un placer descubrirlas, acercarse y rodearlas, deambular  por el pequeño cementerio aledaño y admirarlas tanto por fuera como por dentro. Elegantes y esbeltas desde el exterior;  pequeñas, oscuras y completamente cubiertas de mantas de lana y alfombras en el suelo y mobiliario en el interior. Las paredes se adornan de iconos de marcos dorados y paneles de madera policromada con escenas religiosas. La lámpara, que un guardián enciende cuando llega el turista, ilumina el espacio y especialmente el frontal profusamente decorado con estolas y cuadros.

 

Barsana también tiene su iglesia de madera, pero pocos turistas la visitan aunque guarda en su interior uno de los murales barrocos más impresionantes de Maramures; semejante joya queda inexplicablemente eclipsada por el cercano monasterio del mismo nombre. Se trata de un conjunto arquitectónico compuesto por la Iglesia Nueva, el Altar donde se oficia en verano, el Priorato, la casa de las monjas, el museo y el campanario.

Éste último da el recibimiento a la entrada, y las monjas vestidas completamente de negro se dejan ver paseando, apretando el paso para atender a sus quehaceres o leyendo a la sombra de alguno de los edificios. La iglesia es de las más altas del país y su torre llega a los 57 metros.

Todo el complejo está rodeado de bonitos jardines y construido en el estilo tradicional de Maramures; es agradable y armónico, pero le falta el carácter bucólico de sus hermanas pequeñas perdidas en medio de los bosques.

Oler  la suavidad  de la humareda que sale por la chimenea del tren a vapor ( Mocanita)  que parte de Viseu de Sus para trasladar a los pasajeros  a través de  densos y oscuros bosques y extensos pastos de montaña; circula paralelo al río Vaser y sigue valle arriba por la vía utilizada antiguamente para el transporte de carga y personas en unos parajes tan escarpados que son inaccesibles de otra forma. La zona está prácticamente deshabitada y, a excepción de alguna estación abandonada, no se divisa en todo el trayecto ninguna construcción hecha por el hombre ni se atraviesa ningún núcleo urbano.  Ahora su uso es totalmente turístico. Cinco horas entre ir, volver  y hacer una larga parada para comer, dar una vuelta alejándose un poco del resto del pasaje; quedarse en soledad  y disfrutar del silencio entre hayas acogedoras y variedad de amistosas coníferas. Aquí el tren acaba su recorrido y silba para avisar de que regresa a Viseu. Los más aventureros pueden ignorar la llamada y caminar siguiendo  la línea férrea hasta completar  la totalidad de los cincuenta kilómetros que llevan hasta Coman.

Escuchar el sabor unas veces ácido y otras más dulce, de los epitafios del  acertadamente denominado cementerio alegre de Sapanta. Alrededor de la iglesia está este camposanto en el que brotan cientos de cruces viva  e intensamente azules, el color de la libertad y de la esperanza en estas tierras. Un artista local empezó a trabajar la madera para unir humor y muerte en 1935 y ocupó cuarenta años en dejar talladas las vidas y las muertes de los vecinos del pueblo para una posteridad  única en  el mundo. Cada cruz es distinta y los tejadillos cobijan cada tumba, cada historia. Cada panel es el resumen de una vida.  El colorido es precioso y el conjunto  de lo más singular. Las inscripciones están escritas en rumano (es un cementerio de verdad, y no lo han convertido – aún- en un parque temático con audioguía en seis idiomas) y se pierden  las historias que, a juzgar por las sonrisas y hasta carcajadas de los visitantes autóctonos, parecen ser muy graciosas. Aun sin comprender los textos, la visita merece la pena solo con ver las  caracterizaciones de las personas,  imaginando en algunos casos y reconociendo en otros, las vidas y profesiones  de los que allí descansan. Hay mayoría de hilanderas, agricultores y artesanos, pero se encuentra también a la trabajadora de correos, a la maestra,  a los médicos, abogados, cocineros…,  a la que murió atropellada, y al  que parecía demasiado amante de la palinka (ese aguardiente de  ciruela fuerte como un oso de los Cárpatos) .

 

Para llegar desde Maramures  a Bucovina hay que tomar una carretera que  serpentea por  paisajes espectaculares, montañas majestuosas, valles impresionantes, bosques asombrosos. A los lados, los lugareños ofrecen sus mercancías: miel, frutos del bosque, melocotones… Cada comarca tiene sus productos y su especialidad.

Al cambiar de región cambia la fisonomía del paisaje y de los pueblos;  las casas de Bucovina tienen un estilo definido, destacan por sus fachadas muy decoradas con motivos geométricos y su tradicional pozo en la puerta, cada uno adornado de forma diferente.

Y los sentidos siguen combinándose para…

Saborear  los colores  que cubren los muros de los monasterios pintados que florecieron en los siglos XV y XVI, durante el reinado de Esteban el Grande. Comparten la silueta en forma de barco, tejados puntiagudos y aleros generosos que cobijan y protegen unos frescos de gran belleza, y los ocho han sido catalogados por la Unesco como Patrimonio de la Humanidad. Se dice de ellos que son Biblias de piedra y pigmentos, y cada uno de ellos se caracteriza por el predominio de un color en particular.

 

Moldovita es conocido por los diferentes matices de amarillo.

En la puerta, una niña vende los tradicionales huevos pintados de Bucovina; los hay de gallina y de madera, están decorados primorosamente a mano y cada uno es distinto del otro. Hay un museo dedicado a este arte en Vama.

Dentro del templo una monja custodia un féretro que parece estar refrigerado; lee en voz alta desde el atril aunque la iglesia está vacía y solo la escuchan atentamente las figuras de las paredes. Los colores son vivos y las escenas sacras se suceden sin dejar un solo hueco libre de pinturas.

El verde es el color principal en Sucevita. Situado en un magnífico valle, está fortificado como una ciudadela, con torres de guardias en los cuatro ángulos. De todos los monasterios de Bucovina éste es el que tiene la mayor cantidad de pinturas en su interior. Por fuera tiene aspecto de fortaleza, con muros y torres; también fue residencia principesca. Destaca el fresco exterior de la  “Escalera de las Virtudes “donde las almas de los hombres son elevadas al cielo por ángeles o arrojadas al infierno,  ya que  solamente los puros consiguen alcanzar lo alto de los treinta y dos peldaños. En el interior tiene lugar la ceremonia de velatorio/ amortajamiento de una de las monjas de la comunidad; el acto se realiza  con total naturalidad ante turistas y fieles, aunque los primeros lo observan más asombrados que los segundos.

Voronet es el monasterio más visitado de Bucovina. Casi todos son vecinos de la zona que entran para rezar. Prácticamente todos guardan “religiosamente”  la fila para orar, llegar al altar y santiguarse mil veces, apoyar la frente o besar un icono y dejar dinero en la caja. Son pocos los que se interesan por la pintura o por la arquitectura, a pesar de ser conocido como la” Capilla Sixtina del Oriente”. También es famoso por dar nombre a un tono único de azul; la composición del  “azul Voronet” se resiste  tanto a  historiadores del arte como a los químicos. ¿Lapislázuli? ¿Azurita? El misterio sigue sin ser resuelto.

Ver el tañido de los instrumentos tradicionales  revoloteando entre los trajes típicos regionales  que visten hombres y mujeres  no solo en las festividades señaladas. Es costumbre ataviarse con coloridas galas para acudir a la iglesia los domingos, y acompañar con música la comida en el campo o entre las tumbas del cementerio al salir de misa. Aquí se  conserva la esencia del país, se respira la sencillez de sus gentes, la amabilidad que  brindan al que se acerca con curiosidad y con ganas de compartir un rato de risas o charla.

El norte de Rumanía está hecho para ser recorrido con tranquilidad y paciencia. Es un territorio muy poco visitado por el turismo a pesar de contar con lugares asombrosos, tanto naturales como creados por el hombre.

Es una lástima que las carreteras no sean mejores; que atraviesen cada aldea y pueblecito; que haya baches enormes; que cada poco se crucen vacas, gallinas y  perros; que  señoras con falda larga, delantal y pañuelo en la cabeza aparezcan tirando de un carrito justo al doblar una curva; que los camiones maniobren  en sitios prohibidos; que en ocasiones vaya más rápido un carro tirado por un caballo que el propio coche…

Es cierto que se tarda una eternidad en recorrer distancias ridículamente pequeñas, pero así se ve todo muy de cerca y con detenimiento. Los menos de 50 km /h (es un cálculo optimista) de velocidad media permiten observar detalles  y recrearse en escenas que parecen sacadas de otro tiempo, como esa abuela hilando con el huso sentada junto a la puerta de su casa.

Puede que cuando las infraestructuras mejoren se haga más cómodo llegar a esos lugares, pero quizás entonces el encanto y la magia que ahora los envuelve desaparezca y dejen de ser lo que ahora son. Puede que las sensaciones dejen de mezclarse. Puede que se dejen de ver los olores, de saborear los sonidos y de escuchar los colores