Epicuro Epicuro Revista de los grandes placeres
la presencia permanente de personajes muertos o vivir a la orilla de un río que circunda la vida y los sentimientos siempre puede producir espejismos

José Arcadio Buendia vive en Santa Cruz de Mompox

Macondo está rodeado de agua por todas partes” (G. García Márquez, Cien años de soledad).

Como a la gente de Macondo que no sabía por dónde empezar a asombrarse, me ocurrió cuando conocí Santa Cruz de Mompox. ¿O acaso son el mismo escenario, aunque, según para qué, lleven nombres distintos?

Es otra manera de pelearse con las palabras, quizá lucha encarnizada pero inútil, reservada a ociosos, perdedores y gentes que viven con otros sueños que solo ponen luz a los péndulos del tiempo y del corazón.

“… contemplaba los giros lentos del ventilador gigante que colgaba de la habitación del palacete colonial en que me hospedaba”

Vaya usted a saber, que el aguardiente, la presencia permanente de personajes muertos o vivir a la orilla de un río que circunda la vida y los sentimientos siempre puede producir espejismos. Espejismos y habladurías con uno mismo, como ese Monólogo de Isabel viendo llover en Macondo, todo un espectáculo de ingenuidad en Mompox. O en Mompós.

Estaba cansado. Tumbado sobre la cama, contemplaba los giros lentos del ventilador gigante que colgaba del techo de la habitación del palacete colonial en que me hospedaba. Había sido duro el día recorriendo en canoa las ciénagas. Agua por doquier inundando casas, caminos y campos. Aprovechaban los campesinos la situación para lanzar las redes y capturar bocachicos que llevar mañana al mercado, a la orilla del río, detrás de las albarradas.

“Aprovechaban los campesinos la situación para lanzar las redes y capturar bocachicos que llevar al mercado, a la orilla del río, detrás de las albarradas”

-Yo fabrico pescaditos de oro y plata para vender.

Me sobresalté. La voz desconocida llegaba de arriba.

-No se asuste. Me llamo José Arcadio Buendía y sufro la peste del insomnio. Y en parte, la del olvido. He etiquetado todos los objetos para recordar sus nombres.

-Pero… -mi voz, temblorosa, se dirigía a otra voz sin cuerpo-, ¿no había usted muerto atado a un árbol?

-Gabo nunca pudo conmigo… ¿Le ha impresionado algo especialmente en las ciénagas?

-Sí, los pájaros suicidas. No recuerdo cómo se llaman, pero un campesino de Hornos me explicó que cuando no tienen comida, meten el cuello en la horquilla de las ramas de un árbol, dejan caer el peso de su cuerpo hasta morir por asfixia…

-Eso cuentan, que se ahorcan, pero no me hable usted de muertes, que aún me atormenta el fantasma de Prudencio Aguilar, al que maté clavándole una lanza en el cuello antes de fundar esta aldea que ahora llaman ciudad.+ç

“… Gabo escribió largas horas a la sombra de este árbol que usted dice”

Pensaba preguntarle si tenía cola de cerdo. Curiosidades de lector. Pero recordé que era persona de carácter fuerte, ilusiones extravagantes y gran fortaleza física. Contuve la curiosidad en el aliento.

-¿Es cierto –pregunté con cierta ironía, y matizando- que el día de una de sus muertes hubo lluvia de flores amarillas y minúsculas durante toda la noche?

-¿Acaso lo duda? Los españoles siguen siendo incrédulos. Siempre incrédulos. Descreídos más bien. Visite a la Princesa de Malibú, que siempre las lleva prendidas en el pelo.

-Es hermosa la Princesa de Malibú –afirmé con decisión-. Muy hermosa.

-No es su hermosura lo importante. Lo importante son las flores amarillas de su pelo. Siempre las lleva en mi honor.

-¿Está enamorado de ella?

-Yo solo estuve enamorado de Úrsula, a pesar de las habladurías. La soledad es una condición de la familia Buendía. No insista. ¿O tampoco me cree? No hará falta recordarle que, como los españoles, es usted incrédulo. O quizá descreído. Queda el matiz a su elección…

-¿?

En el patio adivinaba la presencia impasible de un árbol espectacular y gigantesco –alguien me dijo que se llamaba suán, de la familia de los ficus- que lleva contemplados siglos de vida y de aguas. Se oía aquella noche el canto encendido de la salamanquesa. El escenario parecía sacado de una novela de García Márquez.

Se lo dije.

-No parece sacado de una de sus novelas. Es que Gabo escribió largas horas a la sombra de ese árbol que usted dice.

Estaba yo convencido a estas alturas, como toda la aldea de Macondo, de que José Arcadio Buendía había perdido el juicio. Y que, a este paso, me lo haría perder también. Más cuando le insistí sobre la Princesa de Malibú, que me tenía deslumbrado, acaso enloquecido.

-No insista, le repito –agregó con voz definitiva-. Lo que ocurre, en todo caso, es que admiro a sus antepasados. En concreto, un gesto de doña Manuela Arango que ha pasado desapercibido. ¿Sabe qué son las luciérnagas?

Le respondí que sí. Acababa además de leer El sendero de los nidos de araña, de Ítalo Calvino, donde uno de los personajes habla de ellas como “bichos asquerosos, rojizos”, y narra cómo “el hombretón y el niño siguieron caminando tomados de la mano y, rodeados de luciérnagas, se internaron en la noche”.

-Me ahorra más de una explicación –afirmó-. Le cuento…

Y me contó la historia de doña Manuela Arango. Larga y detallada. Como no podría repetirla con precisión, la resumo en unas líneas, entrecomilladas para evitar cualquier tentación de propiedad.

“Siempre rodeó a doña Manuela Arango un halo de misterio. No eran pocos los que hablaban de locura. Ya se sabe, la quietud, el agobio, caluroso y húmedo, de la aldea, las aguas enfurecidas del río… Aquella noche momposina era profunda y cruel. Doña Manuela Arango recorrió, una y otra vez, las calles. Llevaba en su cabeza una fina redecilla que atrapaba decenas, acaso más de un ciento de luciérnagas para poner luz a la noche. Y entonaba una dulce melodía para disipar la crueldad que había llegado con los vientos del sur y hacía mella en los ánimos de aquellos pescadores humildes, labradores y comerciantes. Al amanecer desapareció, río abajo, en una canoa. Nunca más se volvió a saber de ella, de la dama de las luciérnagas”.

Cuando acabó, se hizo un silencio húmedo. Duro. Agobiante.

-Oiga –le dije con lentitud-, oiga, José Arcadio Buendía. El tiempo y el aire del sur lo están volviendo loco. Más loco. Y creo que empiezo a contagiarme…

-Es la tercera vez que se lo repito. Definitivamente, ustedes, los españoles, son unos incrédulos. Esto lo cuenta uno de sus cronistas, al parecer testigo ocular, como ustedes dicen.

“Al día siguiente una canoa sobre las aguas del río Magdalena me había de llevar hasta Bodega o Magangué…”

Dormí mal aquella noche. Me desvelaron sueños extraños y la posibilidad de una mirada a la que solo ponía voz.

Al día siguiente una canoa sobre las aguas del río Magdalena me habría de llevar hasta Bodega o Magangué. Dependía del río. Quién podría saber entonces si de otras cosas.