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Los lugares de Jane Austen: Un viaje a la Inglaterra georgiana

“Una mujer que escribe novelas. ¡Qué atrevimiento! Una mujer que imagina historias.”

"Y las firma con un seudónimo que no oculta su condición: By a Lady”.

Una mujer sin  dote, nacida en una rectoría de Hampshire, la séptima criatura de George Austen, hombre de Dios, párroco de Steventon, y de Cassandra Leight, que perdió su apellido cuando se casó y adoptó el de su marido. Como era la costumbre.

La pequeña Jane escribió sus primeras novelas en la rectoría de Steventon, rodeada de hermanos varones y de su única hermana, Cassandra, su confidente, y también de una biblioteca, la de su padre, bien nutrida de novelas que la familia no se avergonzaba de leer, aunque por entonces fuera un género denostado por la alta cultura, un pasatiempo de mujeres sí, que buscaban aventuras románticas, o de mentes fascinadas por las historias de fantasmas y el horror gótico.

En ese pueblo pequeño al norte del condado, hoy habitado por poco más de doscientos habitantes, la imaginación de la joven Austen concibió Orgullo y Prejuicio, la Abadía de Northanger, un relato que ironiza sobre la literatura gótica tan de moda, y Sentido y Sensibilidad, pero de aquella vieja rectoría ya no queda nada. Se perdió en 1823 y el comienzo de nuestro viaje por el país de Jane Austen -un recorrido que cada año atrae a miles de turistas literarios, lectores, lectoras sobre todo, no nos engañemos, de la novelista más famosa de la narrativa inglesa, con permiso de las hermanas Brönte y de la reina del misterio, Agatha Christie- nos lleva a la ciudad de Bath, paraíso de las aguas termales al sureste de Bristol desde los tiempos de la Britania romana.

Detalle de la Abadia de Bath. Foto: Carlos Fidalgo
Detalle de la Abadia de Bath. Foto: Carlos Fidalgo

La joven Jane ya había pasado una temporada en un internado en Reading cuando el reverendo Austen decidió mudarse a Bath en el año 1800, en busca de la bondad de sus termas y de un marido para sus dos hijas, en edad casadera. Pero ni Jane, que con el tiempo aceptaría el compromiso con un hombre, Harris Bigg-Wither, y a la mañana siguiente lo rompería, ni Cassandra, que había perdido a su primer y único pretendiente de unas fiebres amarillas en el Caribe, se casaron nunca.

Abadía de Bath desde los baños romanos
Abadía de Bath desde los baños romanos.
Foto: Carlos Fidalgo

El viajero debe detenerse en Bath, una ciudad declarada Patrimonio de la Humanidad por la Unesco en 1987 que se recorre bien a pie, con tiempo suficiente como para visitar sus termas. Se trata un conjunto de cuatro edificios marcados por el mismo aroma de la arquitectura neoclásica que salpica toda la población y levantados en el siglo XIX sobre las ruinas de los antiguos baños que convirtieron a la ciudad en lugar de peregrinación en el mundo antiguo. Los Baños Romanos de Bath esconden un museo que explica los orígenes de las termas en el mismo lugar que los celtas habían dedicado a la diosa Sulis y su importancia en el territorio desde el siglo I al siglo V, además de un estanque en medio de un patio porticado, coronado por una terraza con vistas a la abadía gótica de la ciudad y jalonada de estatuas que vigilan a los turistas para que ninguno tenga la tentación de sumergirse en el agua caliente que se filtra a través de los acuíferos de piedra caliza.

En los años en los que vivió en ella Jane Austen, Bath era una de las ciudades más grandes de Inglaterra con más de cuarenta mil habitantes (la mitad de los que viven hoy) y la alta sociedad local y las familias respetables con las que el reverendo quería mezclar a sus dos hijas se reunían en las Assembly Rooms, otro edificio de columnata neoclásica y grandes salones de baile, hoy convertido en centro de convenciones y parada turística, que inspiró más de una escena en las novelas de nuestra protagonista.

Merecen verse también los edificios georgianos del semicírculo de Royal Crescent o los de The Circus, construidos con la misma piedra de color amarillo pálido que convierte a la ciudad en una anomalía arquitectónica en el país de las casas de ladrillo rojo. Y es obligado callejear por el centro, entrar en las tiendas de ropa vintage, fotografiarse a los pies de la abadía anglicana, con sus agujas de gótico tardío, cruzar el puente de piedra de Pulteney, uno de los más fotografiados del Reino Unido, y conocer, por supuesto, los lugares donde vivieron los Austen, primero en Sidney Place, y después, a medida que se les agotaba el dinero y su posición social se hacía cada vez más precaria, en la cuesta de Gay Street (es una vivienda privada, pero justo al lado el Centro Jane Austen recibe a los y las austenitas, que pueden incluso vestirse con trajes de época) y luego en unas habitaciones aún más humildes en la plaza cercana.

Callejón de la taberna de Sally Luns
Callejón de la taberna de Sally Luns.
Foto: Carlos Fidalgo

 La comida o la cena en Sally Lunn’s y el té en la Pump Room.

A la hora del almuerzo, o a la de la cena, la parada obligatoria es Sally Lunn’s, la taberna más antigua de Bath, que abrió sus puertas en 1680 y todavía hoy es un refugio para la gastronomía inglesa más tradicional a unos precios ajustados. Es el caso de los Trencher Breads, que sobre una base de pan que en la Edad Media hacía las veces de plato, sostienen los guisos de pollo, ternera, pato, o el salmón escocés para el que prefiera el pescado, y una guarnición que va del “bacon” a las zanahorias, a veces con el aroma del vino blanco.

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No faltan en la carta los Puddings de manzana de Somerset o el de la casa, el Sally Lunn’s Bread Pudding que incluye los panecillos Sally Lunn Bunds que han hecho famoso al negocio situado en una calleja antigua de Bath y que pueden acompañar casi cualquier plato.

A la hora de elegir el vino, y en un país escasamente productor como es el Reino Unido, la carta está llena de propuestas extranjeras, donde no falta algún tinto español entre nombres franceses, australianos, chilenos, sudafricanos y de la soleada California.

Y recomendable es tomar el té y la merienda en otro lugar imprescindible de Bath, las Pump Rooms, anexas a las termas romanas; un enorme salón neoclásico donde no es raro encontrarse con un pianista o un grupo de instrumentistas que le ponen la banda sonora apropiada a las tazas de té, el café y los sándwiches. Por 26 libras, además del concierto y el escenario majestuoso, uno puede disfrutar de tostas de mousse de salmón deliciosas, sándwiches de crema de queso y pepino, huevos con mayonesa, pollo Coronation, jamón ahumado con tomate y mayonesa Colemans, en la parte salada, y un surtido de dulces y pasteles de crema y frutas, además de té de una amplia carta de sabores y café tostado y filtrado a mano. El servicio de té más tradicional de las Pump Rooms lo puso de moda el séptimo duque de Bedford a principios del siglo XIX, en los años en los que Austen todavía era asidua de los mejores salones de la ciudad. Pero también hay propuestas algo más baratas como las 19,5 libras que cuesta el Somerset High Tea, que apuesta por el picadillo de pollo y las salchichas, huevos escoceses y los pasteles de jamón y de manzana como acompañamiento.

Baños romanos de Bath
Baños romanos de Bath. Foto: Carlos Fidalgo

“Chawton”; colchas, novelas y una gata con nombre de puchero.

Fallecido el reverendo Austen en 1805, la vida no iba a ser fácil para su viuda y sus dos hijas solteras y sin ingresos propios. Imposible prosperar sin la ayuda de un varón.

Tras una etapa en Southampton, cerca del puerto militar de Postmounth donde servían dos hermanos, Frank y Charles, que harían carrera en la Marina y llegarían a ser almirantes, las tres mujeres se mudaron en 1809 a Chawton, una pequeña población cercana a Winchester donde otro de sus hermanos, Edward, adoptado por los Knight -primos lejanos de la familia- y heredero de su fortuna, las alojó en una vivienda de ladrillo rojo que formaba parte de sus propiedades. La casa de dos plantas y suelos de madera, habitaciones estrechas, techos bajos y todo el encanto de una vivienda rural inglesa de la época georgiana es hoy un museo dedicado a la memoria de Jane Austen. Conserva parte del mobiliario original, o muy parecido, y uno se hace una idea cabal de cómo fue la vida de las tres mujeres mientras residieron allí.

Lo cuenta Espido Freire en Querida Jane, Querida Charlotte, uno de los primeros ensayos sobre las Austen y las Brönte publicados en nuestro país. En la época georgiana, entre la Revolución Francesa y la derrota de Napoleón en Waterloo las mujeres “recibían una educación básicamente ornamental: nociones de aritmética, de geografía e historia. También se dedicaban a trabajos de aguja e hilo, muy apreciados en aquella época: las chicas modestas bordaban y zurcían, las que acudían a colegios más selectos trabajaban también con seda. Las labores de retales estaban de moda, y Jane y su madre cosieron una enorme colcha con esta técnica que aún se conserva en su casa de Chawton”.

Casa museo de Jane Austen en Chawton
Casa museo de Jane Austen en Chawton. Foto: Carlos Fidalgo

Pero labores de costura al margen, en Chawton, y olvidada ya cualquier pretensión de encontrar marido, retomó Jane su afición por la escritura. Y le fue bien, aunque al principio no se atreviera a firmar con su nombre. En octubre de 1811 lograba publicar Sentido y sensibilidad con el seudónimo “By a Lady”. La novela que narraba el desamparo de una viuda y dos hermanas al morir el cabeza de familia y sin posibilidad de heredar, como les ocurrió a las Austen, fue un pequeño éxito; se sabe que le reportó al menos 140 libras a la autora. En 1813 llegaría a los lectores Orgullo y Prejuicio, la popular historia de amor entre Elizabeth Benneth y Darcy que con tanta ironía retrató a la aristocracia rural, y poco después Mansfield Park, siempre con la ayuda de su hermano Henry, clérigo convertido en una suerte de agente literario que negociaba desde Londres con los editores.

Visitantes de la casa de Jane Austen en Chawton. Foto: Carlos Fidalgo
Visitantes de la casa de Jane Austen en Chawton.
Foto: Carlos Fidalgo

La popularidad de Orgullo y Prejuicio, sobre todo, hizo que el nombre de Jane Austen comenzara a conocerse entre los lectores, aunque los autores de la época no dejaran de recibir sus novelas con cierto desdén, salvo la honrosa excepción de sir Walter Scott, autor de narraciones históricas de gran éxito, que supo ver la calidad de los escritos de su colega. Comenzaron entonces las primeras visitas inoportunas y Jane, este es un chascarrillo famoso, decidió que nadie arreglara los goznes chirriantes de la puerta de la casa de Chawton para darle tiempo a retirar el manuscrito en el que estuviera trabajando.

Además del museo, donde desde hace unos años se cuela una enorme gata negra y blanca llamada “Marmite” (Marmita) que, procedente de una vivienda vecina, está empeñada en robarle el protagonismo a la ilustre y antigua inquilina de la casa,  merece la pena visitar la pequeña iglesia de Chawton y su cementerio, donde están enterradas la madre de Jane y su hermana Cassandra. Y tomarse un té en Cassandra’s cup, la tetería abierta frente a la antigua casa de las Austen. Lo mejor, eso sí, es reservar con anticipación porque el local tiende a llenarse con facilidad. Y lo mismo se puede decir de la taberna vecina.

Una lápida en la catedral de Winchester.

Llegaron nuevas novelas, Emma y Persuasión, hasta que cumplidos los cuarenta años, Jane Austen enfermó. Trasladada a la cercana Winchester para recibir tratamiento médico, falleció en el verano de 1817, con apenas 41 años y posiblemente de lo que hoy conocemos como enfermedad de Addison. A Jane la enterraron en la catedral de Winchester, pero nada en su lápida menciona que fuera, ya entonces, una escritora popular. Tras su muerte aparecieron las ediciones de Persuasión y también de La Abadía de Northanger, hasta entonces inédita.

La catedral de Winchester, con sendos monumentos a los caídos en las dos guerras mundiales a sus puertas, es una de las más antiguas de Inglaterra. Comenzó a construirse en el siglo XI y es famosa porque cuenta con la nave más larga de todas las catedrales góticas de Europa. También destaca su torre normanda, achaparrada, que contrasta con la enorme aguja que corona el torreón, casi un rascacielos, de otra catedral no muy alejada y todavía más espectacular como es la de Salisbury, donde se guarda una de las primeras copias de la Carta Magna inglesa y que merece la pena visitar en el mismo viaje, aunque nada tenga que ver con Jane Austen.

Círculo de piedras de Stonehenge
Círculo de piedras de Stonehenge. Foto: Carlos Fidalgo

Y lo mismo puede decirse del círculo de piedras de Stonehenge, el conjunto megalítico situado a quince kilómetros de Salisbury, declarado Patrimonio de la Humanidad en 1986 y todavía hoy un misterio por resolver.

Doscientos años después de su muerte, con sus novelas más populares convertidas en películas de éxito, una legión de lectoras, sobre todo, y objeto de estudios académicos en medio mundo, Jane Austen no solo es una autora clásica de la literatura inglesa, también un icono universal de la época georgiana, que retrató con tanta ironía, a pesar de que escritoras posteriores como Charlotte Brönte, igual de empeñadas en hacerse un hueco en algo tan masculino entonces, y todavía hoy, como es el entorno de la literatura, echara en falta algo más de pasión en sus libros. Pero el universo atormentado de las Brönte y los páramos solitarios de York merecen otro viaje muy distinto. Quedémonos con la frase con la que la despide su biógrafa Claire Tomalin en Jane Austen, a life, después de destacar su sagacidad y su capacidad de observación. “Esta es mi imagen favorita de Jane Austen, riéndose de las opiniones del mundo”.