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Viaje a Transilvania en busca de los orígenes del mito de Drácula

Transilvania, la paradoja del empalador

Los tejados tienen ojos en Transilvania, el antiguo principado repoblado por sajones en la Baja Edad Media que desde hace un siglo forma parte de la moderna Rumanía.

Uno se siente observado cuando camina a la caída de la tarde por algunas calles del casco antiguo de Sighisoara, la ciudad en la orilla del río Târnava que los colonos alemanes llamaron Schäsburg después de emigrar a la región invitados por el reino de Hungría para defender sus fronteras, por la plaza Grande de Sibiu, la vieja Hermanstald que durante décadas fue el último lugar al que llegaba el correo de Europa, o la plaza de Sfatuliu en Brasov, la antigua Kronstand que los caballeros teutones fundaron en el siglo XII. Como si quisieran respaldar a quienes asocian su nombre con el mito del vampiro extendido como una plaga por todo Occidente, las buhardillas de algunas casas de las tres ciudades más conocidas de Transilvania contemplan con suspicacia a los que caminamos en busca de la Torre del Reloj, del Puente de las Mentiras o de la Iglesia Negra. Nos miran desde las mansardas de teja roja y parecen párpados entreabiertos que juzguen el aspecto y las intenciones del viajero que visita Rumanía para descubrir qué hay de verdad y qué hay de soñado en la tierra y en el personaje que inspiró a Bram Stoker para escribir su novela Drácula; paradigma de la inmortalidad y moderna encarnación del mal en la literatura.

Castillo de Huenedoara. Foto: Carlos Fidalgo

Y lo primero que hay que recordar es que el padre de la criatura, el irlandés que hizo popular el arquetipo del vampiro aristocrático nacido de la imaginación de Polidori unas décadas antes, en la misma noche de tormenta en Villa Diodati en la que Mary Shelley engendraba otro mito inmortal como Frankenstein, nunca pisó Rumanía. De hecho, situó el castillo de su endemoniado personaje mucho más al norte, al final del Paso del Borgo que conduce a la Bucovina, y no en la ladera de los Cárpatos Meridionales donde, al final de una escalera de mil quinientos peldaños y en territorio habitado por osos, sobreviven las ruinas de Poienari; la verdadera fortaleza reconstruida por el príncipe valaco Vlad III Drâcuela, El Empalador. Pero ese es el final de nuestro viaje.

Si el mal existe, Dios no puede ser omnipotente, razonaba Epicuro para dar forma a su paradoja del mal. Y la sombra de Vlad Tepes, que hizo empalar a miles de sajones de Sibiu y de Brasov porque se negaban a pagarle tributos y detuvo a los turcos plantando en su camino un bosque de cadáveres atravesados por estacas –‘si seguís adelante esto es lo que os vais a encontrar’, era el mensaje- se mantiene omnipresente en toda Rumanía con el paso de los siglos y parece darle la razón al sabio griego. Todo comienza en Sighisoara, a la sombra de los Cárpatos. El segundo hijo de Vlad Dracul, caballero valaco de la Orden del Dragón que había recibido tierras en Transilvania del reino de Hungría, nació en un caserón de la ciudadela hoy convertido en restaurante y atracción turística. Era el año 1431, los turcos estaban a punto de conquistar Constantinopla, los nobles y vasallos valacos vivían sometidos por el Imperio de la Sublime Puerta, pero sin perder su fe cristiana, y la ciudad ya contaba con su enigmática Torre del Reloj; sede del consejo de burgueses, reconstruida en 1677 dentro de los cánones del arte Barroco después de sufrir un incendio y coronada hoy por su icónico tejado en forma de aguja y cuatro torres menores.

Torre del reloj de Sighisoara. Foto: Carlos Fidalgo

En Sighisoara pasó Vlad Drâcuela los cuatro primeros años de su vida, pero cumplidos los 13 años, su padre, sometido por el poder otomano, no vio otra solución que entregarlo al sultán turco Murat II como rehén junto con su hermano Radu. Patrimonio de la Humanidad desde 1999 y Premio Europa en 2012 por su contribución a la construcción de una identidad europea, la ciudadela de Sighisoara mantiene su entramado medieval y sus calles empedradas, las once torres dedicadas a cada uno de los gremios que habitaban la población, la plaza de Piata Cetaji, donde se torturaba a los prisioneros, y una empinada escalera cubierta que conduce a la Iglesia de la Colina, de culto evangélico y estilo gótico, y al enorme cementerio alemán, testigo callado de la huella que dejaron los descendientes de los primeros colonos sajones hasta la mitad del siglo XX.

Brasov, la segunda ciudad de Rumanía, es otro lugar donde Vlad El Empalador dejó su marca cuando el nuevo sultán Mehmed II, junto al que se crió como un hermano, lo dejó marchar para que recuperara el gobierno de Valaquia tras el asesinato de su padre y de su hermano Mircea por orden del regente húngaro Juan de Hunyadi, azote de los turcos. Cuentan las crónicas que debido a la traición de los nobles boyardos, aliados de Hunyadi, Vlad II Dracul murió apaleado y a Mircea Drâcuela le quemaron los ojos y después le enterraron vivo. Pero si Tepes empaló a los habitantes de Brasov y a los de Sibiu recuperando una vieja técnica de tortura turca fue por su resistencia a pagarle impuestos porque le consideraban vasallo del sultán. Sin embargo, el hijo de Dracul, cristiano hasta la médula, no tardó en cortar los lazos con los turcos y se alió, qué paradoja, con el hijo del hombre que había promovido el asesinato de su padre y de su hermano mayor, el nuevo rey húngaro Matías Corvino. Y con los sajones de Brasov, de los que no se fiaba, levantó el día de San Bartolomé de 1459 un verdadero bosque de empalados y descuartizados a las afueras de la localidad mientras, cuentan los relatos más truculentos sobre su principado, se daba un verdadero festín sin temor a sufrir una indigestión. Después quemó la ciudad.

Fundado en el siglo XII por caballeros teutones sobre un antiguo asentamiento de los dacios, el viejo burgo de Brasov, ciudad de mercaderes, aún conserva algunas de sus torres defensivas, una sinagoga visitada por turistas judíos o la famosa plaza de Sfatuliu, sede del festival musical El Ciervo de Oro que en septiembre ha cumplido cincuenta años. Y junto a los habituales templos ortodoxos que jalonan toda Rumanía, con sus cúpulas coloridas, se eleva orgullosa la mayor construcción gótica entre Viena y Estambul: la Iglesia Negra, aún abierta al culto de la reducida comunidad de origen alemán y llamada así porque el incendio que sufrió en 1689 ennegreció su fachada. Víctimas de la crueldad de El Empalador, los ciudadanos de Brasov asistieron tiempo después, y en la misma plaza donde Tom Jones, Ray Charles o Christina Aguilera han actuado en veranos recientes, a la última quema de brujas de la que se tiene noticia en Europa. A Brasov también se la llama hoy ciudad mártir, y no por la masacre que cometió Vlad Drâcuela, ni por lo que le hacían a las mujeres que acusaban de brujería, sino porque fue uno de los primeros lugares de Rumanía donde en 1989 la gente se echó a la calle para manifestarse contra la dictadura de Ceaucescu y la represión posterior del dirigente comunista, que movilizó al Ejército antes de perder el poder, dejó tres muertos.

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EL PUENTE DE LAS MENTIRAS
El mal existe sí. Y Dios no puede pararlo. Pero los fieles le rezan en Sibiu, arrodillados en las tres catedrales de la ciudad en el centro de Transilvania; una para los católicos, otra para los ortodoxos, y otra para los protestantes. La población rumana que mejor conserva la huella de su pasado alemán en la arquitectura de su casco antiguo fue en 2007 Capital Europea de la Cultura. Allí también los tejados me acechan cuando camino hacia el Puente de las Mentiras, la primera pasarela de hierro fundido construida allá por 1859 en lo que hoy es Rumanía. Dice la leyenda que si uno cuenta una mentira mientras lo cruza el puente tiembla. O que le llaman así porque los cadetes de la Academia militar juraban allí a sus novias que se casarían con ellas en cuanto se graduaran y nunca cumplían su compromiso. Porque delataba a comerciantes estafadores. O a novias que negaban haber perdido su virginidad.

Pero la realidad es que el nombre de la pasarela procede de un error de pronunciación de la palabra alemana Liegenbrucke, confundida con Lugenbrucke (Puente de las Mentiras). Vlad Tepes, considerado un héroe en la moderna Rumanía -donde achacan su leyenda negra al resquemor de los sajones y a la falta de rigor de Bram Stoker por fiarse de las versiones de la historia que lo describían como un diablo (la palabra drac ha adquirido incluso la acepción de demonio y no de dragón en el rumano actual)- pasó siete años encerrado en el castillo de Hunyad en Hunedoara, al oeste de Transilvania, después de que una argucia del sultán turco llevara al rey Matías Corvino a desconfiar de su lealtad.

Patio del castillo de Huenedoara. Foto: Carlos Fidalgo

El recinto amurallado de Hunyad es lo más parecido a un castillo de cuento que se puede encontrar el viajero en Rumanía, y junto con el de Bran, que se levanta en un cerro rocoso muy cerca de Brasov, suele promocionarse como el castillo de Drácula. Mezcla de estilos, mitad residencia con ornamentos de piedra labrada, mitad fortificación con altos tejados de pizarra roja, el gótico original convive con elementos renacentistas y barrocos. Cuenta con siete torres que lo convierten en uno de los monumentos más fotogénicos de Europa, entre las que destacan dos de nombres tan poéticos como ‘La Deshabitada’ y sobre todo la de ‘No tengáis miedo’, a la que se accede a través de una lóbrega galería cubierta. Con un museo de la tortura donde explican al visitante de qué forman empalaban, descuartizaban y desangraban a los prisioneros en los años previos al Renacimiento, no es la de Vlad Tepes la leyenda que más me impresiona después de pisar su torre más solitaria, sino la de los dos cautivos turcos a los que Juan Hunyadi, padre de Matías Corvino, prometió la libertad si escarbaban junto al recinto en busca de agua.

Dice la historia que los dos turcos cavaron un pozo de veintiocho metros durante quince años, pero muerto Hunyadi, su viuda Elisabet Szilagyi incumplió la palabra de su marido y los ajustició, no si antes permitirles que grabaran en la piedra del castillo una última frase en turco: ‘Puede que ahora tengas agua, pero no tienes alma’. La expresión de mediados del siglo XV existe, pero una vez traducida se ha revelado que dice otra cosa mucho más prosaica: ‘El que cavó aquí fue Hassan, prisionero de los Giaours’. Después de leer el relato de los dos cautivos en un panel informativo miro en el fondo del pozo que cavaron y me imagino que el olor a podrido del agua estancada va a ser lo más parecido al aliento de un fantasma que me voy a encontrar en el castillo.

EL VERDADERO CASTILLO DE DRÁCULA
Otro ‘castillo de Drácula’ es el de Bran, y de nuevo estamos al sur de los Cárpatos. Se trata de una fortaleza levantada en 1382 por los sajones de Brasov en lo alto de un peñasco para defender el paso a la ciudad de la amenaza de los turcos. Tan ecléctico como el de Hunedoara después de sucesivos añadidos, y con torres igualmente salidas de un cuento de hadas, al día de hoy vuelve a pertenecer a los descendientes del último rey de Rumanía, Miguel I, depuesto en 1947. A Bran se llega después de recorrer una carretera bacheada y a ratos en obras que recuerda el déficit de infraestructuras que todavía padece Rumanía, un país como pocos kilómetros de autopista, túneles escasos y muchas, muchas curvas. Pero la visita al castillo de Bran, encaramado en mitad de un paisaje evocador, merece la pena, aunque poco tenga que ver con el Drácula real, si acaso Vlad Tepes debió de pasar alguna noche en sus calabozos camino de su cautiverio o huyendo de los turcos que cercaban el no muy lejano castillo de Poienari. Porque el verdadero fortín de Vlad Tepes, el genuino, el auténtico, se encuentra en lo alto de un nido de águilas, sobre el pronunciado desfiladero que ha abierto el cauce del río Argés en los Cárpatos Meridionales, y para llegar hasta él, como decía más arriba, hay que pisar nada menos que mil quinientos peldaños por una escalera empinada y a lo largo de una ladera donde no son extraños los avistamientos de osos. Es precisamente la presencia del oso lo que obliga a los visitantes a subir en grupo solo dos veces al día, bajo la supervisión de un guía y con un policía cubriéndonos las espaldas. Poienari, junto a la sinuosa carretera Transfagarasan que conduce a Transilvania desde Valaquia, me recuerda a otros castillos estrechos y rocosos como el de Cornatel en mi Bierzo natal. Pero resulta mucho más inaccesible, más austero, y asomarse a sus muros produce infinitamente más vértigo.

Cuenta la leyenda, no puede faltar, que después de citar a los boyardos que habían traicionado a su padre a una falsa cena de reconciliación durante la Pascua ortodoxa, Vlad Tepes ordenó empalar a los nobles más viejos justo a la hora de la digestión. Y a los que podían trabajar, a los más jóvenes, los puso a acarrear piedra para reconstruir la antigua fortaleza de Poienari junto a un grupo de prisioneros turcos. Desde los riscos el castillo de Poienari, y algo de eso se refleja en la famosa adaptación cinematográfica de la novela de Stoker filmada por Francis Ford Coppola, se arrojó al agua del río Argés la esposa de Vlad Tepes, después de leer el mensaje transmitido por una flecha lanzada por un arquero fiel que le avisaba de que los turcos habían rodeado la fortaleza. La princesa Cnaejna, cuenta el folklore rumano, prefería que se la comieran los peces a que la apresaran los infieles.

Casa natal de Vlap Tepes en Sighisoara.
Foto: Carlos Fidalgo

Liberado en 1474 y recuperado el principado de Valaquia, Vlad Tepes murió dos años después, durante una nueva batalla contra los turcos, y todavía está por aclarar si los que lo mataron fueron los otomanos, boyardos valacos que le traicionaron o su propia guardia, que lo confundió con un enemigo porque Drâculea se habría puesto las ropas de un soldado infiel para escapar del cerco del ejército invasor. La historia dice que su cabeza, en cualquier caso, acabó sobre una estaca en la misma Constantinopla por orden del sultán, deseoso de demostrar que se había librado de uno de sus enemigos más implacables. Cuando en 1976 se cumplió el quinto centenario de la muerte de Tepes, Ceaucescu no dudó en declararlo ‘Héroe de la nación’. Leo que en la época comunista, los turistas extranjeros podían pasar una noche en el castillo de Poienari. Pienso en los osos de las Montañas Fagarasan, que suelen acercarse a los lugares donde encuentran comida, en los dos muñecos empalados que nos reciben en la pasarela que conduce a la fortaleza, y en las leyendas del empalador, que en nada desmerecen a la del vampiro chupasangre de Stoker. Y no se me ocurre lugar más inhóspito para conciliar el sueño.