El pasado mes de diciembre de 2019, Eloy Terrón Abad, filósofo y Profesor, natural de Fabero (León), hubiera cumplido cien años.

Es frecuente rememorar los centenarios de personas o hechos significativos.

Personalmente me son más gratos, como en este caso, los natalicios y, a la vez, no participo con entusiasmo en los modos de “a cultura celebrada”; mas como no es fácil resistirse a lo que se implanta, aprovecho la circunstancia para recordar la figura excepcional del profesor Terrón. En mi opinión, se trata de una figura singular y ejemplar. Figura cargada de humildad                 -siempre miró hacia la tierra y al prójimo, a la realidad- y de esfuerzo, de compromiso.

Eloy, ejemplo de hijo de la pobreza, representa el silencio elocuente propio de quienes habitan hogares larvados de necesidad. Con escasos estudios juveniles pronto participa de la doble actividad laboral típica de su comarca, la agraria -hasta los 14 años- y la minera -hasta los 16-; tereas destinadas a la clase social humilde. Dada su sensibilidad de inmediato participará en la actividad sindical en el entorno anarco-sindical altamente agitado en los años previos a la Guerra Civil. En 1936, con 16 años, se refugia en la sierra de los Ancares hasta que se integra en el Frente Norte del Ejército Popular; la razón: “si quería salvar mi vida”. En el frente ejerce de enlace entre los puestos de mando y los de combate.

En octubre del mismo año cae este frente y se integra en la partida maqui que lidera su Hermano César. Dada su juventud, César, aprovechando una aguda tos bronquial, recomienda a Eloy que abandone la guerrilla por mor de posible alerta delatadora. No regresará a Fabero en pleno conflicto guerracivilista, era conocedor de la acción de los grupos falangistas. Se refugia en León capital. En 1938 los militares franquistas movilizan “la quinta del 40”. Recibe un breve periodo de instrucción y es destinado al frente de Teruel donde ejerce en tareas de intendencia. Finalizada la guerra los militares ganadores ordenan la prolongación del servicio militar ante la amenaza de la recién iniciada II Guerra Mundial. Los servicios policiales, tras la caída de la partida de su hermano, logran información que compromete al soldado Terrón destinado en la base aérea de la Virgen del Camino. Es condenado, afortunadamente, a prisión militar en la propia base aérea.

En la prisión militar lee y estudia con profusión, urgencia y desorden a la vez que sensibiliza con la necesidad de formarse. Atropelladamente, entre 1942 y 1948, realiza todos los ciclos académicos por la modalidad de “libre”. Logra la licenciatura en Filosofía a la vez que colabora con V. Crémer, A. González de Lama y E. de Nora en la singular y representativa revista leonesa Espadaña.

En 1949 regresa su pueblo. Le sorprende la buena acogida recibida. En Cacabelos crea la academia “Gil y Carrasco” donde aplicada formación de acuerdo con los métodos de la Institución Libre de Enseñanza (ILE). En 1952 se traslada Madrid. Ejerce de profesor en Bachillerato. En 1954 se incorpora a la Facultad de Filosofía (Universidad Complutense) hasta 1965. Realiza, de la mano del profesor Montero Díaz, la tesis doctoral sobre el krausismo. Logra la adjuntía una vez doctorado en la cátedra de Ética y Sociología que dirige el profesor J. L. López Aranguren.

La actividad antifranquista de determinados profesores, Tierno Galván, García Calvo, López Aranguren y otros, activan a las fuerzas del régimen y los expulsan de la docencia. El decano de la facultad, Camón Aznar, encarga al profesor Terrón Abad la coordinación de la cátedra, mas la solidaridad de este con sus compañeros provoca la renuncia a la misma y al logro de una exitosa carrera docente. Eloy, ya padre de 3 hijos, se ve obligado a traducir y a ejercer la docencia impartiendo clases particulares u otros trabajos necesariamente. La situación familiar económicamente es catastrófica y se agrava en 1969 que, tras la declaración del “Estado de excepción”, es desterrado en Gereña (Badajoz).

Traduce a K. Mannheim, P. Sorokin, G. Childe, Hegel, etc. Publica artículos y elabora un ensayo magistral etnográfico sobre Fabero: Los trabajos y los hombres. Colabora, al mismo tiempo, en trabajos de investigación al lado de su amigo, el afamado bioquímico, Faustino Cordón. A la muerte del dictador, durante la Transición Democrática, en 1977, se ordena la Amnistía General. Se remiten a los profesores expedientados. Eloy no entra en la relación ya que su baja no fue administrativa sino voluntaria. Ante tamaña injusticia, se activan los profesores amigos, sobre todo Ricardo Jerez Mir y Vicente Romano, quienes logran suficiente apoyo para que las autoridades académicas le proporcionen una plaza en la Facultad de Ciencias de la Información de la Universidad Complutense. El titular de la cátedra a la que es destinado lo recibe con displicencia y lo humilla en tareas burocráticas, así como copiar sus manuscritos a sabiendas de la escasa destreza mecanográfica de Eloy. En 1985 logra nuevamente la titularidad docente y en 1986 se jubila. Jubilado ha de atender necesidades familiares y prosigue impartiendo clases, publicando libros y artículos o investigando; al mismo tiempo es elegido Decano del Colegio de Doctores y Licenciados de Madrid y posteriormente Presidente del Consejo General de Colegios, además de Presidente del COAM (Club de Amigos de la UNESCO), también de la Asociación Humbolt; colabora en la FIM (Fundación de Investigaciones Marxistas) y preside la Fundación lº de mayo. En 1988 se le concede la gran cruz de Alfonso X el Sabio.

Además de la intensa actividad social y docente desarrollada no abandona sus estudios y publicaciones con fuerza y rigor intelectuales. Entre su abundante producción ensayística destacamos: Sociedad e ideología en los orígenes de la España contemporánea; Posibilidad de la Ética como ciencia; Ciencia, técnica y humanismo Cosmovisión y consciencia como creatividad; La cultura y los hombres y Educación religiosa y alienación, bajo el seudónimo de Toribio Pérez de Arganza.

A partir de 1984 sufre de la enfermedad de Parkinsons. Fallece en el año 2002 y sus cenizas, a petición propia, son esparcidas por las praderas faberenses, lugar de solaz y juego infantil. La matria natal, así, se convierte en la patria de destino. Eloy, hombre renacentista, de mil oficios: labrador y herrero, electricista y minero, profesor y traductor, investigador y ensayista, pensador y, sobre todo, ciudadano soportó su deambular vital diseminando diálogo y bonhomía. Fue un intelectual comprometido. Un sabio y maestro que expuso sus riquezas al servicio del agente sin permitirse complacencias. Es obligado recordarlo – lat.: verbo recordo– “pasar varias veces por el corazón”. Ciudadano y leonés ejemplar.

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