Serendipia es una hallazgo extraordinario e inesperado que precede a un cambio mágico en la vida.

La realidad no sólo esconde alcantarillas y subterráneos; también contiene buenos sentimientos y empatía que observamos no bien levantamos la alfombra de las emociones.

Por suerte la autora de Serendipias no indica a quién va dirigido su libro, por más que el halo mágico de hallazgo y sorpresa que lo envuelve nos haga dudar como lectores. Nunca me han gustado las etiquetas que pretenden orientarnos con ínfulas de didáctica trasnochada. Limitar la lectura a un tramo de edad para el que cada libro está dirigido es una trampa que no tiene nada que ver con la pedagogía, sino con el comercio que se aprovecha de la pulsión de superación y cultura que los progenitores quieren insuflar en sus vástagos. La verdadera pedagogía está en el instructor que hace más que enseñar, que lee y mira a la cultura de frente y sabe qué tiene que recomendar a sus alumnos en cada momento de su evolución intelectual, así como de su capacidad individual de comprensión; que de eso va también esta novela. Recuerdo con nostalgia una colección de la editorial Siruela que se llamaba: Libros para todas las edades; esa es la esencia de lo literario. La literatura no tiene edad.

Sé que mis palabras pueden rebatirse con facilidad y que la industria del libro infantil y juvenil se alimenta de carencias educativas (que no tienen nada que ver en muchos casos con los educadores) que, los más avanzados que yo, dirían sistémicas. Elena Martínez, la autora, también pone en solfa estas carencias enquistadas en programas que tienen poco que ver con la intención educativa. Pero también redunda en un aspecto importante del sentido educativo que no debemos abandonar nunca: los llamados alumnos superdotados, con un coeficiente intelectual superior y que necesitan de más alimento para sus necesidades, pero que son chicos como los demás. Al fin, se trata de emociones, que, si no me contradicen, tienen que ver mucho con los sentimientos y con la formación de la identidad; más en los adolescentes, cuya identidad está a prueba de trampas y contradicciones. La novela de Elena Blanco habla también de emociones y de sentimientos y de cambios vitales y de sorpresas, no todas agradables, pero todas con respuestas.

Se necesita la magia o por lo menos la creencia de que algo extraño que nos supera es indispensable −las serendipias, por ejemplo, que no son casualidades, sino aciertos del destino que puedes aprovechar o no, pero que de igual modo cambiarán tu vida− para ajustar la realidad hasta que sus aristas no escuezan cuando la piel de los sentimientos se roza con ellos. Porque la realidad está presente en cada párrafo del libro y porque la magia sin la realidad sería superflua.

Realidad en el territorio donde se desenvuelve la trama de la novela, Tres Cantos, una ciudad moderna y educada, si bien con sus aristas, como la propia realidad que la constituye; realidad en los contextos donde transcurre la acción: un instituto de enseñanza media, el parque central, la biblioteca, la calle y la librería Serendipias, con sus libros y sus talleres alrededor del libro. Realidad son los personajes, adolescentes, que se enfrentan a las injusticias de la sociedad, buscan una identidad perjudicada por los prejuicios −no todo es lo que reluce cuando la igualdad y la diversidad se imponen como impronta de la intimidad de cada uno, esa intimidad que a veces busca imponerse a la de los otros y a veces incrustarse en ella y sumar nuevas intimidades a la misma causa−, realidad es la magia que provoca el hallazgo fortuito, realidad son las emociones que, al margen de atávicas referencia, provocan el esfuerzo por cambiar lo que no conviene a una sociedad diversa que busca un futuro mejor y más igualitario; realidad es la maldad que anida en algunas almas, realidad es la violencia, la muerte y también las alcantarillas de donde surgen los malos hábitos. Pero realidad es también la magia que todo lo puede superar, la empatía, las nuevas oportunidades, el papel de la mujer en un mundo rodeado de fantasmas retrógrados, la convicción de que, más allá del peligro que suponen las falsas apariencias, el mundo cambiará sí o sí. La adolescencia es el territorio apropiado para que esto fructifique; pero no nos engañemos, el cambio no puede quedar ahí y este libro es una llamada de atención que abre caminos.

La literatura no produce monstruos; estos están en nuestra cabeza y, peor aún, en nuestra actitud, y no sólo en la adolescencia, sino después o mucho después. Elena Martínez se adhiere a esa realidad para cobrar impulso a través de los libros que nos hablan de esa realidad para cambiarla. Es una novela que aborda la realidad, porque la realidad es para todos los públicos, como la magia de los encuentros inesperados.

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