Las rosas del sur. Julio Llamazares
Las rosas del sur. Julio Llamazares.
Ed. Alfaguara. Precio: 24,90 euros

Cuando empecé a deshojar este manojo de rosas que Alfaguara presenta en un conseguido ramo floral y con el aliciente de venir acompañadas de un sobre con una enorme dedicatoria, casi setecientas páginas de prosa clara y poética, del escritor leonés, Julio Llamazares; cuando empecé, digo, y cuando llegué a la Magistral de Alcalá de Henares, dejando atrás la denostada por el autor, la de la Almudena, dos cosas me vinieron a la memoria dos cosas que, de seguro, comparto con el autor de Las rosas del sur.

En primer lugar, que este magno proyecto le debe mucho a la fascinación que sintió siempre Julio Llamazares por la catedral de León. Recuerdo una anécdota de cuando yo era pequeño; supongo que Julio ya se habría ido a estudiar fuera. Un día en clase, quizá la clase de su padre, D. Nemesio, nos propusieron ir de excursión a León, a visitar la catedral por primera vez. A excepción de un niño, el más cuerdo y alejado de la realidad de aquel lugar, el resto protestó por no ir al barrio húmedo. Para los chavales que campábamos alrededor de la mina, procurando no caer ni en trampas ni en tentaciones, el barrio húmedo era un mito y la catedral sólo una iglesia, por mucho monumento que intentasen vendernos, y para iglesia ya teníamos la de Olleros, adonde nos obligaban a ir.

La iglesia de Olleros –y ahí viene mi segundo recuerdo- no era una catedral, pero compartía con la catedral de Alcalá de Henares que había sido quemada durante la guerra civil (pregúntenle a Peridis) y que estaba resguardada por los santos Justo y Pastor, mártires ejecutados en la catedral de Alcalá, donde se conserva la piedra sobre la que fueron degollados.

Sé que a algunos de los niños que habíamos protestado con la timidez y la prudencia impuestas por los castigos celestiales y humanos, nunca se nos olvidó aquella primera visita a la catedral, pero que a ninguno le caló tanto como para decir que sentía admiración por aquel monumento que nos había alejado tanto del objetivo mítico del Húmedo aunque estuviera a pocos pasos. Al niño que luchaba por su derecho a visitar la catedral lo perdí de vista; quizá siguió visitándola y siga haciéndolo, quizá ya se haya cansado.

Yo la he visto muchas veces, antes o después de pasar por el Húmedo; ahora me basta con saber que está en pie y que el Húmedo sigue en plena actividad. No obstante, cada vez que he abierto un libro sobre las rosas, no puedo dejar de pensar en aquel muchacho que se enfrentó a toda una clase para que prevaleciera su deseo, quizá un gesto más revolucionario que nuestra propuesta, me acuerdo de Julio Llamazares y el momento en que decidió emprender un proyecto que le ocuparía casi veinte años y más de 1.200 páginas; no importa si fue en el Húmedo o a los pies de la catedral. Yo no hubiera sido capaz y, como yo, todos los que aquel día nos tragamos el orgullo pueril y entramos en la catedral como corderines, precedidos o seguidos por el cura que oficiaba en la iglesia de Olleros. Del revolucionario lo desconozco todo.

Julio no se cansa de decir que si hubiera sabido lo que se le avecinaba no habría empezado el trabajo. Yo no estoy tan seguro. Dicen que los temas te eligen, no se eligen. Yo más bien creo que se te aparecen y que, sólo si andas vivo, los aprovechas. Creo que, como el incorruptible chaval de mi clase, al que todos odiamos durante algún tiempo, escaso como todos los tiempos de la infancia, Julio se empeñó en su particular acto revolucionario y, después de veinte años, nos seduce (no obliga) con el don de la palabra para que visitemos todas las catedrales de España. Y para ello nos propone un viaje en el tiempo, desde la Iglesia de Olleros, donde los santos Justo y Pastor parecían vivos, hasta La Laguna, en Tenerife.

Al menos, yo lo siento así. Porque, por pocos años no lo empecé con él y porque, en definitiva, todo viaje es interior. Y más tratándose de Julio Llamazares.

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