Un lugar al que volver José A. Pérez Ledo.
Editorial Planeta. Precio: 19,50 euros.

Hay un viaje del que se regresa.

Hay un viaje del que nunca se vuelve.

En apariencia es un viaje sencillo. Otro viaje. Quizá con calado emocional, pero no literario. El viaje se acabó con Homero. Le sucedieron las guías. Cosas así. Comentarios socorridos. Para más inri, el autor es producto de esa camada que ha surgido en el territorio de la prensa y la televisión y la radio; sobre todo guionistas. Y, ya se sabe, los guionistas, aunque haya por medio un reto mayor, tienden a hacer guiones para que luego se conviertan en películas o en series. Puede ser. Su formación es audiovisual y llevan la imagen en cada palabra que escriben.

Puede ser. Pero no nos equivoquemos. En primer lugar; programar una novela con un destino prefijado, ni es fácil ni tiene por qué ser malo, si la novela no lo es. Y las novelas son buenas o malas, según el criterio del lector. Ya apenas hay críticos que vayan más allá de una (muchas veces acertada) interpretación de lo leído. Impera el gusto y la urgencia. De ahí que, quizá, sean las series de televisión las que mayor tiempo mantienen el suspense y la atención. Tal vez por eso suelen tener éxito.

No sé si José A. Pérez Ledo pensaba en una serie televisiva cuando escribió la novela y poco me importa, porque la novela, sin injerencias del futuro, siempre improbable, me enganchó desde el principio y eso ya es un punto a su favor, pues ante mis ojos tenía un reto de 445 páginas y detrás de mí silla de trabajo otros libros de la misma enjundia y dimensión, o más.

Digo que es un punto a su favor, porque al autor se le nota el empeño en aportar claridad y sencillez a los asuntos, complejos en muchos casos, espinosos todos, que van surgiendo a medida que avanza la narración. Ésta también es sencilla, clarificadora y relajada; lo que aumenta su interés, pues nos hace creer que la estamos observando desde la distancia, cuando lo que ocurre es que nos está engañando y, no bien nos damos cuenta del peligro, ya no podemos dar marcha atrás. Hasta el punto que, en muchos momentos, nos hacemos cargo de los sentimientos y emociones que en ella se dirimen, como si nos pertenecieran.

El oficio del engaño hace mucho, pero también la observación de lo que nos rodea, ya que todo sucede a nuestro alrededor. Y eso subyuga.

Al principio sólo es un viaje que una mujer en busca de su memoria o, lo que viene a ser lo mismo, sus raíces. La tierra de sus antepasados; un pequeño y pueblo de la geografía española. La mujer busca una señal que la acerque a la peripecia de sus abuelos, emigrantes en Cuba, trasladados posteriormente a Estados Unidos, donde la protagonista  nació y donde tuvo que luchar siempre con los problemas de identidad e integración  que siempre acosan a los cubanos en américa del norte. Allí, los cubanos no eran bien recibidos. Aparece de rondón la guerra civil española y menos de rondón el asunto tan actual de la inmigración. No hay más que levantar la mirada o leer algunos de sus párrafos para contemplar el auténtico problema de la emigración, que nunca cesa y siempre conlleva la misma penuria y dolor.

En un viaje, recordemos si no a Ulises, se hacen muchos compañeros que, a su vez, intentan llevar a cabo su propio viaje, sea de huida o reinvención. Durante el periplo surge lo más profundo de las emociones de los personajes, desde la adolescencia con sus estrías y su tono impreciso, hasta la edad adulta que se encuentra con las mismas contradicciones, compartidas u ocultadas. Todo muy real y muy actual, pero que, sin embargo, llega con frecuencia al límite de lo soportable, quizá porque en cada gesto media el amor en crisis.

Después de muchos contratiempos y tentaciones difíciles de rechazar, Ulises regresó al lugar de Penélope. Hay viajes que no te permiten regresar; en los que te pierdes sin remisión. Los personajes de Un lugar al que volver, regresan, a pesar de las heridas y las tentaciones del viaje; pero ya nunca serán los mismos. Quizá, los lugares a los que vuelven tampoco serán los mismos.

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