El símbolo del huevo aparece en muchas mitologías como principio generador del universo y se entiende así como un nuevo comienzo.

Propongo un ejercicio de autoconocimiento que consiste en coger un huevo de gallina, vaciarlo y decorarlo con los motivos sobre los que queramos reflexionar. Otra opción es pintarlo.

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Somos el resultado de la evolución biológica e histórica de nuestros antepasados. Nuestro coeficiente de encefalización, es decir, el cociente entre el tamaño de nuestro cerebro y el tamaño de nuestro cuerpo es el mayor del reino animal, lo que significa que somos la especie más inteligente conocida. Hace unos siete mil años, tras la última glaciación, la tierra cobraba el aspecto actual y nuestros ancestros tuvieron que adaptarse a las nuevas condiciones del terreno. La reducción de la cantidad de comida disponible obligó a cazadores y recolectores nómadas a cambiar su forma de vida por la agricultura y pastoreo sedentario.

La civilización se ha transformado radicalmente desde esos primeros homínidos que habitaban la tierra. Los seres humanos hemos abandonado los bosques para construir ciudades, reemplazando la naturaleza salvaje por paisajes artificiales. Para el moderno urbanita, es más fácil perderse en el campo, que entre las paredes y el asfalto de las construcciones modernas. Sin embargo, nuestra mente sigue regida por instintos e impulsos primigenios. Esto nos remite al cuento mítico del laberinto de Dédalo. En la mitología griega, Dédalo construye un laberinto para encerrar en él al minotauro, la bestia con cuerpo de hombre y cabeza de toro.  Es decir, hemos evolucionado como especie pero seguimos conservando en nuestro interior aspectos que nos vinculan con esos primeros hombres y mujeres.

Carl. G. Jung, famoso psiquiatra suizo, discípulo de Freud y creador de la psicología analítica, creía que los símbolos eran una de las formas de llegar a la mente inconsciente de los seres humanos. Aseguraba que los símbolos están conectados con ese ser primitivo y con una conciencia ancestral. Los símbolos son representaciones que tienen dos formas de entenderse; una obvia o superficial y otra más profunda.  Por ejemplo, una cruz es una estructura formada por dos tablas superpuestas perpendicularmente, pero también representa la muerte, el sacrificio o el castigo. Además, algunos símbolos están vinculados a determinadas creencias religiosas o movimientos culturales. En el caso de la cruz, su simbología la podemos vincular con la religión cristiana, con la cruz gamada o esvástica o con la cruz vasca o lauburu, entre otras.

Las doctrinas religiosas, por medio de símbolos, nos conectan o ligan (religión procede del verbo latino ligare, que significa ligar) con un conocimiento ancestral. El domingo 5 de abril comienza la Semana Santa. Esta celebración coincide cada año con la primera luna llena después del equinoccio de primavera, es decir, cuando el sol coincide en el ecuador terrestre. Esto supone que el día y la noche tienen la misma duración en todos los lugares de la tierra. En la tradición católica nos encontramos con dos importantes símbolos en estas fechas: la cruz de Cristo y el huevo de Pascua.

El diccionario de símbolos de Jean Chevalier nos cuenta como el historiador de las religiones, Mircea Eliade, interpreta el símbolo del huevo, no como un germen, sino como el nacimiento de un nuevo ser. En este sentido, el huevo representa el re-nacer. La historia mítica de la Biblia nos relata cómo Jesús muere, para luego resucitar al cabo de tres días. Cristo renace, pero lo hace como un nuevo ser, como un Dios. El símbolo del huevo, como representación cosmológica, se reproduce en múltiples religiones y creencias como, por ejemplo, en el mito del huevo cósmico. Aparece en la mitología grecorromana, africana, finlandesa, inca, entre otras, como principio generador del universo  y se entiende así, como un nuevo comienzo.   

La situación actual de emergencia sanitaria nos obliga a quedarnos en casa y este puede ser un buen momento para pensar y pensarnos. Podemos utilizar este tiempo de confinamiento para reflexionar acerca de cómo queremos re-nacer o cómo querríamos ser al volver a la normalidad.

Propongo un ejercicio de autoconocimiento que consiste en coger un huevo de gallina, vaciarlo y decorarlo con los motivos sobre los que queramos reflexionar. Otra opción es dibujar un huevo decorado en un papel. Se trata de que nos conectemos con ese hombre o mujer primitivos que mantenemos latente en nuestro interior. Que escuchemos a nuestro “verdadero yo” más allá de normas y leyes impuestas culturalmente.  Que reconozcamos en nuestro interior al animal humano y busquemos lo que nos conecta con la tierra y con nuestra naturaleza. Más allá de nuestro comportamiento normativizado, en cada uno de nosotros y nosotras existe un ser único que necesita ser escuchado para convertirnos, así, en la persona que somos en realidad. Se trata de volver a retomar los restos olvidados de nuestro inconsciente, reencontrándonos con el “sí mismo”. Esto nos llevaría a sentirnos libres y dueños de nuestras elecciones y, por consiguiente a llevar una vida autónoma y responsable.   

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