En ocasiones, la muerte es una salvación.

La muerte nos hace pensar, nos hace plantearnos quiénes somos y qué hacemos en este mundo.

Los seres humanos somos seres mortales. El resto de los animales no saben que van a morir, pero nosotros, a partir de los 5 años, comenzamos a tener conocimiento de ello.

La nueva religión del siglo XXI, la ciencia, nos da esperanzas ante el miedo más transcendental del ser humano. Mientras que hay personas que mueren de hambre o ahogados en el mar al intentar huir de la pobreza, los más poderosos invierten sumas astronómicas de dinero para que sus vidas puedan extenderse eternamente.

La última gran conquista de los seres humanos es ganar el pulso a la muerte. Las máquinas de criogenización conservan los cuerpos de millonarios que esperan un futuro en el que exista una cura para su enfermedad. Aunque por ahora, ricos y pobres, irrevocablemente, sufrimos el mismo trágico final.

En ocasiones, la muerte es una salvación. La eutanasia, que acelera la muerte a los pacientes terminales, les libra de una vida a la que solo le queda sufrimiento. En otros casos, el suicidio es la opción escogida por algunas personas que no quieren seguir viviendo. Se calcula que cada 40 segundos una persona se suicida en el mundo y, según la OMS, el suicidio es la segunda causa principal de defunción de los jóvenes de 15 a 29 años. Este es un tema tabú y muy complejo de abordar en una sociedad que parece no querer ver la realidad que la rodea. No existe una única causa que lo provoque, pero lo que sí parecen demostrar los datos, es que la pobreza no es una de ellas, ya que los países más ricos son los que tienen un mayor porcentaje de suicidios.

<< ¿Por qué no se suicida usted?>>, solía preguntar el doctor Viktor E. Frankl a sus pacientes. Este psicoterapeuta judío estuvo internado en varios campos de concentración y durante el tiempo que estuvo allí perfeccionó su forma particular de hacer terapia: la logoterapia. Heredera de alguna forma del psicoanálisis, esta nueva teoría pretendía ayudar a las personas por medio de un análisis del sentido o significado (que en griego se traduce como logos) que estos dan a su existencia. La idea principal sobre la que Frankl conforma toda la intervención es la comprensión de este sentido vital, que significa el compromiso que tiene la persona con su vida, su razón para vivir. A veces, esta razón no está clara y puede dar lugar a una frustración existencial.

Para Freud el sufrimiento residía en los conflictos inconscientes. Frankl propone que es la neurosis noógena (noos: mente) la culpable del malestar, es decir, la disparidad entre las normas morales unida a la dificultad de no saber cómo comportase en la sociedad, es la que nos provoca esta angustia. El vacío existencial es una realidad cada vez más extendida.  Desde que los seres humanos dejamos de estar anclados a instintos básicos de supervivencia, perdimos un camino claro que nos indicaba cómo debemos actuar. Sin embargo, esta angustia existencial no es en sí misma una enfermedad. A veces, esta crisis puede conducir al crecimiento y desarrollo de la persona. Pero esta autorrealización no puede alcanzarse si no es como el efecto secundario de descubrir nuestro sentido íntimo.

La experiencia vital que tuvo Viktor E. Frankl afectó a su visión de la vida, incluso de la muerte. Los horrores que tuvo que presenciar durante su internamiento en el campo de concentración hacían insignificante la peor de las pesadillas, pero mediante la intensificación de su vida interior consiguió sobrevivir a la desolación. La voluntad de querer ver más allá del horror, aferrándose a la imagen de su esposa, o a la ilusión de reescribir el manuscrito que le habían confiscado los nazis a su ingreso en Auschwitz, le animó a seguir viviendo. Parafraseando a Nietzshe, Frankl proponía :<< Quien tiene un porqué para vivir puede soportar casi cualquier cómo>>.

La muerte nos hace pensar, nos hace plantearnos quienes somos y qué hacemos en este mundo. ¿Qué sentido tiene que vivamos si más tarde tendremos que morir?  Las religiones pretenden dar una respuesta a todas estas preguntas sobre la muerte. No tenemos respuestas a estas preguntas mientras sigamos vivos, pero si nos podemos preguntar: ¿Cuál es el sentido de nuestra vida?

Quiero escarbar la tierra con los dientes, 
quiero apartar la tierra parte a parte
 a dentelladas secas y calientes.

Quiero minar la tierra hasta encontrarte
y besarte la noble calavera
y desamordazarte y regresarte.

ELEGIA A RAMÓN SIJÉ
(Miguel Hernández)

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *