Al doctor Mou le horrorizaba pensar que estaba entrando en una etapa demasiado hipocondríaca y oscura de su vida.

Acaso fruto de los años, que ya eran muchos, o de que su larga vida había estado marcada por la soledad: la muerte ya lejana de su esposa, que no le había dejado hijos, y a lo largo del tiempo, la pérdida de sus familiares más cercanos y queridos, de sus amigos…

Estaba solo, y lo sentía más claro cada día que iba pasando, y esa soledad había propiciado en él un análisis muy negativo de la realidad.  

Desde muy joven había creído que la ciencia era el motor profundo y verdadero de transformación de la especie humana, para su mejora y la del planeta en el que se había desarrollado. Sin embargo, el paso del tiempo lo había hecho ir matizando la  firmeza de esa fe, hasta comenzar a pensar que desde la ciencia se barruntan extraordinarias perspectivas que pueden ayudar al cambio y al perfeccionamiento del mundo, pero que las aplicaciones concretas de los descubrimientos científicos acaban siendo contraproducentes en casi todos los casos.

Por ejemplo, el desarrollo de la energía atómica sirvió sobre todo para ayudar a la agresividad bélica, y siendo una de las potencias energéticas más eficaces y limpias, no se ha conseguido garantizar su normalidad inofensiva… Y con todo lo que supusieron  los resultados de otras investigaciones –el motor de explosión, el eléctrico, las mejoras en los conocimientos biológicos aplicados a la agricultura, por ejemplo- a la larga se ha logrado mayor contaminación y desaparición de numerosas especies animales… y un deterioro climático cada vez más evidente.

El doctor Mou había trabajado como virólogo en un importante laboratorio estatal y comenzó a pensar en la posibilidad de encontrar algo que sacudiese el mundo, que lo hiciese reflexionar y acaso replantear su camino hacia una muy posible destrucción. En aquel laboratorio en el que había trabajado, y con el que seguía colaborando después de jubilado, acababan de tener noticias del virus de Wuhan antes de que comenzase a extenderse la enfermedad.

Un virus peculiar, que enseguida localizaron en el laboratorio y que podía ser peligrosísimo, y el doctor Mou comenzó a reflexionar sobre los efectos que una pandemia originada por ese virus podría ocasionar en el mundo.

La humanidad, desde sus orígenes como especie, había sufrido terribles epidemias… Las epidemias eran devastadoras, colectivamente muy dolorosas, pero siempre llevaban consigo buenos resultados sociales. Por ejemplo, el famoso Renacimiento, que tanta importancia tuvo para Europa y cuyos resultados acabaron afectando en cierto modo a toda la humanidad, tiene como lejanos antecedentes la peste negra del siglo XIV, tan asoladora, que supuso transformaciones en materia de población y profundas modificaciones en las estructuras sociales…

Si una pandemia pudo ser a la larga positiva para la especie humana, a pesar de la horrenda mortandad que provocó ¿por qué en el momento que vivíamos no podía traer también posteriores mejoras una terrible pandemia?

Estuvo dándole vueltas al asunto, y al final decidió que tenía que haber una pandemia universal de gran calibre, y que     ese virus de Wuham podía ser ideal para provocarla, y que, como consecuencia del desastre, el mundo se salvase.

¿Y quién podía ser el salvador, se preguntaba?

Y decidió que lo sería él mismo. Ya había vivido muchos años, empezaba a ver las cosas de una forma cada vez más clara, y no podía tener mejor muerte que provocando una catástrofe colectiva que antecediese a un nuevo Renacimiento, esta vez universal.

Decidió pues que se infectaría con el virus, tras sacar diversos billetes de avión para trasladarse a Europa y a Norteamérica: Milán, Madrid, Paris, Londres, Nueva York, serían los sucesivos destinos a contaminar, aunque no sabía cuánto tiempo lo permitiría vivir la infección.

El plan estaba claro: pocas jornadas en cada lugar, pero procurando estar en sitios y actos donde la gente se aglomerase, ya fuesen museos, manifestaciones o espacios de diversión…Y mientras estaba arreglando ciertos requisitos del viaje, supo de muy buena fuente que en Wuhan se estaba produciendo un notable contagio colectivo producido por el dichoso virus, lo que lo alegró mucho.

Al llegar a Milán se encontraba muy acatarrado –una tos seca- y con fiebre, y comenzó a llevar a cabo esa inmersión en las muchedumbres que se había propuesto. La fiebre le aumentó, hasta el punto de pensar que su viaje se iba a frustrar porque no podría seguir en pie, pero en poco tiempo los síntomas fueron remitiendo… 

Así, consiguió llegar a Madrid, Paris y Londres, y visitar los lugares más bulliciosos, sorprendido de que la enfermedad no continuase ahondando en él. Ya en Milán las noticias de la       terrible pandemia China eran bien conocidas, y cuando llegó a    Madrid los feroces efectos de la enfermedad en Italia eran ominosa noticia. Tras sus baños de muchedumbres en Paris y Londres, cuando alcanzó Nueva York, ya Europa empezaba a manifestar los mortales efectos de la pandemia. Y en Nueva York procuró llevar el contagio a todos los espacios de muchedumbres que le fue posible…

El doctor Mou regresó a su país natal cuando empezaba a haber problemas con los transportes, por los confinamientos que se estaban imponiendo en todo el mundo para evitar la difusión de la feroz pandemia.

Y en la soledad de su casa, fue siguiendo unas noticias que cada vez lo sorprendían y deprimían más: los acuciantes problemas sanitarios, el creciente número de fallecimientos, la situación insostenible de multitudes desamparadas en todo el mundo.

Pero ¿qué he hecho?, se preguntaba.

¿Cómo era posible que no hubiese previsto que la eficacia destructiva de la pandemia estaría tan cargada de sangre y de dolor, de tanta y tan profunda desdicha?

Sin duda los años lo habían hecho perder el sentido común que había sido uno los valores seguros de su vida… Además, él se había librado por esa inesperada inmunidad que le había permitido continuar su proyecto, porque la inmunidad no supone la imposibilidad de contagiar…

Intentaba serenarse, y al fin lo consiguió.

Ya que el virus no lo había liquidado, solo le quedaba una salida. En una de las paredes de su escritorio había colgada una panoplia con diferentes tipos de sables y bajo ellos una daga que era la que debería utilizar.

Recordaba ahora todos los pasos de la ceremonia: vestirse con un kimono blanco, arrodillarse de modo que el cuerpo cayese hacia delante, y acuchillarse el vientre de izquierda a derecha con la daga, tras beber un poco de sake.

Como estaba solo, sin ayudante que lo decapitase tras su acuchillamiento, su muerte sería lenta y dolorosa

Pero sin duda lo merecía, pensó, antes de empezar a desgarrarse el vientre con la daga.

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