¿Dónde empieza la desigualdad de género?

¿De aquellos barros, estos lodos?

“La importancia de la identidad de género es tal que regula toda la conducta del niño y posteriormente la del adulto (López, 1992b) Así, por ejemplo, las niñas aprenden a manifestar características <<femeninas>> tales como sumisión, delicadeza o docilidad, mientras que los niños desarrollan conductas con ciertos componentes de agresividad, fuerza o valentía. “ (Manual de psicopatología, VV.AA, Editorial Mc Graw Hill, 2008)

El género es un conjunto de diferencias determinadas socioculturalmente, es decir, son aspectos psicológicos y culturales y no biológicos, como el sexo. Es la sociedad la que determina cómo deben ser los hombres y las mujeres. Así, durante mucho tiempo, las mujeres han sido consideradas menos inteligentes, más emocionales o el “sexo débil”. Por otro lado, de los hombres se ha dicho que son más agresivos, más seguros de sí mismos y que no exteriorizan sus emociones. Estos prejuicios afectan a ambos sexos y estigmatizan al individuo que no se comporta según estos criterios preestablecidos y, en el caso de las mujeres, generan desigualdades sociales.

Nacemos con un temperamento determinado, pero nuestro carácter se va conformando a lo largo de nuestra vida. El cerebro de un individuo es moldeable durante su infancia y su carácter adulto será el resultado de lo que ha aprendido durante su desarrollo. Los infantes interiorizan las normas y valores de una sociedad por medio del juego, que se va modificando en función de las capacidades que estos van adquiriendo. Al principio es un juego simple, muy relacionado con las sensaciones que provocan los objetos y con el mundo de los sentidos: tocar y chupar. Más tarde, el juego comenzará a ser más social, la criatura será capaz de interaccionar con los demás y de disfrutar de un juego más cooperativo. El hito principal de este tipo de juego social es el juego simbólico, básico para su aprendizaje posterior. Mediante este tipo de juego, el infante aprenderá las normas y los roles de su comunidad. Recreará todo lo que ve a su alrededor utilizando objetos cotidianos, dándoles otra utilidad, por ejemplo, la escoba puede convertirse en un caballo. Otros ejemplos de juego simbólico es jugar a papás y mamas, a las cocinitas, a los médicos…

Pero la elección del juego de las criaturas no es libre, está influida por los estereotipos de género. Iria Marañón, en su libro Educar en el feminismo, explica que la socióloga Elizabeth Sweet realizó una investigación sobre los juguetes y la desigualdad de género en el siglo XX. Después de analizar el catálogo de Sears (una tienda de los Estados Unidos) sacó la siguiente conclusión: no es hasta el auge del capitalismo, cuando las empresas empiezan a utilizar los colores rosa y azul, para diferenciar los juguetes de niñas y niños. Durante la década de los 1920 hasta los 1960, los juguetes tenían colores neutros, pero eso no significaba que fueran ajenos a las desigualdades de género. Los juguetes de las niñas estaban relacionados con roles exclusivamente domésticos y los de los niños con actividades como la mecánica o la construcción. Hoy en día, no hay más que entrar a una juguetería y observar sus pasillos rosas y azules, para darse cuenta de cómo impera el sesgo de los colores como herramienta de marketing. Además, las marcas de productos infantiles, siguen asumiendo que los gustos de niños y niñas van a depender de su género.

Tanto los “juegos de niñas” como los “juegos de niños” fomentan la adquisición de determinadas habilidades. Jugar al futbol fomenta la coordinación y el trabajo en equipo. Jugar con muñecas, por otro lado, desarrolla las habilidades de cuidado y fomenta la motricidad fina, que es la coordinación de músculos cortos como, por ejemplo, los dedos de las manos.

Afortunadamente, cada vez está más aceptado en nuestra sociedad que las mujeres practiquen deportes tradicionalmente masculinos, de ahí que el futbol femenino haya incrementado su popularidad en los últimos años. Pero no es menos cierto que la necesidad de añadir el adjetivo “femenino” nos está recordando la hegemonía masculina de este deporte. Sin embargo, ver a niños jugando con muñecas o empujando carritos de bebés sigue siendo la excepción. Imperan en el inconsciente colectivo los prejuicios de género que determinan nuestras preferencias. Además, damos un valor diferente a las actividades realizadas por mujeres y hombres. Las tareas típicamente femeninas están en un segundo plano. El cuidado de bebés, de personas dependientes o de ancianos, son labores que no tienen ninguna remuneración económica y, por consiguiente, son causa de desigualdades sociales. Conciliar vida familiar y laboral, es muy complicado. Las mujeres, entrenadas desde pequeñas para ejercer el papel de madres y cuidadoras terminan sacrificando su carrera profesional, dejan sus trabajos o reducen sus jornadas. El patriarcado nos recuerda constantemente qué es lo que tiene valor en la sociedad. El mundo masculino sigue imperando y todo lo demás son “cosas de chicas”.

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