Empezar la clase con un rito sirve para separar nuestra clase de la anterior, centrar a los alumnos y limpiarles la mente.

Lo verdaderamente sagrado es nuestra condición de seres humanos; el rito se hace para profundizarla y compartirla.

Al principio de cada clase, observo a mis alumnos y alumnas, de todas las edades, de todos los cursos de Secundaria y Bachillerato. Permanecen en círculo, en silencio, cada cual localizando y manteniendo, con los ojos cerrados, la tensión del grupo muscular en el que está trabajando, cada cual el suyo, que, en ese momento puede ser diferente al que ejercitan los compañeros que lo rodean. Entre todos forman un círculo y desarrollan la versión suelo de los estiramientos. Yo la llamo así. Todos los estiramientos tienen varias versiones, pero les insisto en que hagan la versión suelo porque encuentran más puntos de apoyo, los estiramientos son así más estables y además evitamos los desplazamientos. El círculo y el silencio se prolongan durante cinco minutos.

Más de una vez, en ese lapso, ha tenido que entrar en la sala un cargo directivo, un compañero o un conserje y se ha quedado tan sorprendido con el silencio y la quietud que reinaba, que ha intentado no interrumpirnos, aunque le trajera un asunto más o menos urgente. Ha hecho bien. Porque lo que estamos desarrollando es un rito y no conviene interrumpir bruscamente los ritos porque nos ponen en comunicación con lo sagrado. Este el rito del calentamiento. Para entendernos, es un modo de separar lo que vamos a hacer de lo que los alumnos han estado haciendo en la clase anterior, o separarlos del jolgorio del recreo, de los comentarios triviales, hasta de los pensamientos triviales. 

Parece muy complicado, pero no lo es en absoluto. Hace más de quince años que implanté el sistema en mis clases y prácticamente no he introducido variaciones: en la primera sesión, dirijo una relajación; en la segunda les explico los cuatro pasos que deben seguir en cada estiramiento (1. Colocarse en la postura; 2. Cerrar los ojos para centrarse en sus sensaciones; 3. Buscar la tensión en el músculo con el que trabajan; 4. Mantener la tensión durante treinta o cuarenta segundos); a continuación, cambian la pierna o el brazo con el que estiran y repiten el proceso. En la siguiente sesión dibujo un monigote en la pizarra y, siguiendo un orden de los pies a la cabeza, les muestro un montón de estiramientos que vamos probando, cada uno localizado en un músculo o un grupo muscular. Los alumnos deben elegir los cinco, seis o siete en los que notan más tensión, que son los que inciden en aquellas partes en las que son más rígidos.

Y, sin más, en la sesión que sigue, les hago colocarse en círculo, en riguroso orden de lista, y les pido que ejecuten esos cinco, seis o siete estiramientos, empezando por los que más necesitan y terminando por los que menos, por si no les da tiempo a hacerlos todos. Cuando pasan los cinco minutos, digo con cuidado para no romper bruscamente el trance: «vamos terminando»; así les doy tiempo a compensar centrándose en el brazo o la pierna que les falta, «no vayáis a levantaros asimétricos», comento en broma.

Así cumplimos con la primera parte del rito de calentar: hacer los estiramientos en frío, como recomienda mi maestro Patrick Suchard. Después de tantos años, aún me sorprende a mí mismo observar la facilidad con que lo asimilan y ejecutan los chavales. Es cierto que, a partir de la quinta o sexta clase, después de haber estado corrigiéndoles los detalles, empiezo a evaluarlos. Cada día valoro a tres, y ellos no saben quiénes son esos tres. Me fijo en que compongan bien la postura, que se mantengan concentrados, que realicen al menos un ejercicio de cada parte: piernas, tronco, brazos. Lo interiorizan y ya lo hacen todas las clases del curso, con apenas dos indicaciones: «Círculo», digo, e indico con el dedo la forma que deben adoptar. Sobre todo, a los más pequeños les cuesta un poco más colocarse, llegan a la sala como locos, en absoluto alboroto y juguetón desorden. Entonces el sistema que no falla es contar en voz alta desde diez hasta cero. Son palabras mágicas. Quien no se lo crea es porque no lo ha probado o no lo ha visto. Se paran en seco, miran a su alrededor, y buscan el hueco en el que tienen que colocarse dentro del círculo.

Sin duda hay una magia mayor, algo que los alumnos ya traen consigo y que favorece el rito. El dramaturgo Peter Brook en El espacio vacío, dejó dicho que hemos perdido el sentido del rito y del ceremonial, pero que queda dentro de nosotros una especie de memoria ancestral de los rituales. Y seguro que llevaba razón. Yo tomé la idea de los tiempos de mi infancia, cuando las clases venían precedidas de una serie de costumbres, como formar en el patio y entrar desfilando a las aulas, levantarnos cuando entraba en el aula el profesor o incluso rezar antes de empezar la clase. Esas costumbres tenían un origen militar o religioso, pero no dejaban de ser ceremonias útiles para centrarse.

Sé de compañeros, en este caso de Filosofía, que dirigen una breve meditación. Cualquier sistema es útil. En nuestra sociedad han ido retrocediendo los rituales porque los sentíamos demasiado vinculados a la religión y necesitábamos desmarcarnos de ella. Quizá el único que nos queda, por aséptico, pero sin embargo utilísimo, es el minuto de silencio respetuoso a la puerta de los trabajos o en los estadios. Porque el rito va dirigido a algo más sagrado, profundo y misterioso que la posible divinidad: profundiza nuestra condición de seres humanos. El rito se hace para los demás, aunque no estén los demás. Necesita unas pocas pautas: casi siempre el silencio, una forma armónica que en mi caso representa el círculo, a cuyo centro aportamos cada uno nuestra concentración. Sirve para que nuestro cuerpo, más aún que nuestra mente, tome conciencia, se dé por enterado de que ha cambiado algo: alguien ha nacido o muerto o se ha casado, ha llegado el verano o el crudo invierno, empieza la clase de Educación Física.

Y, claro, por supuesto que además le viene muy bien al profesor para hacer recuento a ver si falta alguien, para reducir la entropía y aumentar la concentración. Nada más acabar el estiramiento, cuando aún están sentados en círculo, durante unos pocos segundos, antes de que se aloquen de nuevo, puedes explicar cuatro cosas sabiendo que las van a captar. Tienes que tener muy claro qué vas a decir y decirlo con pocas palabras y en poco tiempo, pero dispones de esa opción, que, digámoslo con franqueza, pocas veces tiene verdaderamente a su alcance un profesor.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *