En política empieza a importar más el “relato” de los hechos que los propios hechos.

Quien se anticipa con un buen relato gana la batalla.

En política, y la siguiente expresión nace con la oratoria y la vida pública en la antigua Roma, los hechos valen más que mil palabras. Pese a los matices, la máxima tiene toda la razón, porque no es lo mismo anunciar que se va a hacer una carretera que contemplar cómo máquinas y operarios construyen esa vía.

Los hechos en política son la ejemplificación del trabajo de un Gobierno, y por sus hechos los conoceréis –reza otro dicho de origen bíblico.

Pero los hechos en la comunicación política tienen mucho más adorno floral en los últimos tiempos que el propio hecho en sí, y ese exorno paralelo a la acción es concretamente el relato que debe acompañar a esos actos.

El político moderno, el que aparece en medios de comunicación, en debates, en actos públicos, debe construir un relato que empatice con el ciudadano y consiga atraer su atención al tema que ocupa la agenda pública en el juego político. Y quien consiga introducir el relato y su argumentario en la opinión pública es quien se lleva el gato al agua.

Dejan de importar los detalles concretos de la iniciativa política en cuestión en favor de un relato que hay que vender al público, ya sea a favor o en contra de la acción a desarrollar; pero hay que anticiparse al rival y colocar ese relato en la mente del ciudadano.

Esto no es nuevo y está ampliamente desarrollado a través de la psicología cognitiva y la teoría de los ‘marcos’, magistralmente expuesta por George Lakoff en su libro No pienses en un elefante, y ahora díganme en qué están pensando justo en este momento.
James Baldwin, escritor y activista en favor de la igualdad de oportunidades y los derechos humanos, afirmaba: «Escribimos para cambiar el mundo (…). El mundo cambia en función de cómo lo ven las personas y si logramos alterar, aunque sólo sea un milímetro, la manera como miran la realidad, entonces podemos cambiarlo.»

Sí, las palabras son el germen de las transformaciones.

Stanley Greenberg, asesor de comunicación, emplea una recurrente expresión al referirse a la contienda política entre los líderes y los partidos políticos: «El relato, la narración, es la llave de todo». En consecuencia, el partido (y el político) que tiene la mejor historia, gana.
La narración siempre ha sido el vehículo para transmitir experiencias. En la actualidad, con todas las herramientas que nos proporciona Internet se multiplica la capacidad de difusión del relato porque aumenta la capacidad del mensaje político.

Lo interesante de un relato en política, de convertir una historia en algo vivo que evoluciona y cuyo mensaje quede en el cerebro de quien lo escucha, es que se percibe, generando una emoción que es recordada y, por tanto, compartida. Las emociones y las percepciones, como elementos centrales de la comunicación política, se abren paso con fuerza. Es la recuperación de la palabra como carga de profundidad.

Palabras que generan imágenes, consolidan marcos conceptuales previos y son la antesala de las emociones.
Y esta guerra del relato es la que vivimos en estas últimas semanas con la controvertida Ley de Educación, la LOMLOE (o popularmente conocida como Ley Celaá). El relato de los detractores ha sido más incisivo que el de los defensores, pese a que el receptor del mensaje no se haya ni mirado el texto de la ley.

La oposición ha sabido, concienzudamente, incrustar en el receptor los valores, en este caso negativos, de una ley que sale por los pelos en el Congreso de los Diputados y nace con una división ciudadana total alimentada por la comunicación política.

Quien se anticipa con un buen relato gana la batalla.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *