Viajar para contarlo. ¿De qué sirve, si no, un viaje?

Un italiano curioso y aventurero, Antonio Pigafetta, redactó la crónica de la primera vuelta al mundo.

Era de Vicenza, de cuna noble y tenía 28 años cuando embarcó en Sevilla con otros 237 hombres hacia las islas de la Especiería navegando rumbo a poniente. Fue uno de los 18 que regresaron tras recorrer 14.460 leguas —80.253 km— y sufrir mil calamidades. Era fuerte, sin duda, y con tan buena salud que “no sufrí ningún mal” durante los tres meses y veinte días de navegación sin bajar a tierra desde el Estrecho antártico hasta la isla de los Ladrones. En ese tiempo murieron diecinueve hombres y el gigante patagón bautizado con el nombre de Pablo; otros veintiuno yacían con dolores terribles sin poder mover brazos ni piernas, y otros muchos tenían las encías sangrantes, y tan hinchadas que los dientes sobresalían de la boca, y no podían comer nada, ni una rata (a medio ducado la pieza) ni el cuero que envolvía los mástiles para que las jarcias no se rompieran con el roce. Hambre, sed, y el mal del escorbuto.

Antonio Pigafetta no era un piernas. Tenía estudios y había leído en los libros las cosas admirables que ven los navegantes y los descubridores de tierras remotas. “Quería comprobar con mis propios ojos si eran ciertas”, así que en Barcelona se embarcó para Málaga, fue a Sevilla y logró que Magallanes lo contratara para escribir el cuaderno de bitácora. “Durante el largo y peligroso viaje dibujé mapas y anoté día por día las maravillas que veía y los infortunios que sufríamos.”

El libro de Pigafetta es, en efecto, más que un cuaderno donde se anotan la derrota y los penosos avatares de un viaje que “no creo que nadie en el futuro se atreva a repetir”. Es el muestrario antropológico de pueblos desconocidos cuyas costumbres sorprenden a los europeos de 1520. El cronista, llevado de la curiosidad del espíritu renacentista, describe paisajes, productos y especias, informa de las casas, vestidos, comidas, gobierno, creencias, lenguaje, bodas, ritos funerarios… de los pueblos y tribus que visita. Un ejemplo:

La mujer principal del difunto se tendió sobre el cadáver de su marido, y se acopló a él de tal manera que colocó su boca sobre la boca del cuerpo muerto, las manos sobre las manos y los pies sobre los pies. Otra mujer con un cuchillo se colocó a la cabecera del ataúd y cortó un mechón de cabellos del difunto. Mientras lo hacía, la mujer principal plañía y las demás concubinas sentadas alrededor asistían con semblante triste y cubiertas con un trapo blanco en señal de luto, cada una con una criada que le daba aire con un abanico de palma. De vez en cuando echaban mirra en unos braseros y se esparcía un olor muy agradable. Cuando la mujer del cuchillo paraba, la mujer principal cantaba una sentida salmodia que parecía alegre y triste. (Versión modernizada)

El libro histórico de Pigafetta tiene el interés del relato fantástico y de las novelas de enredo: odisea oceánica, traiciones, peligros, batallas, muerte del héroe… Y ameniza el relato con leyendas tan maravillosas como la fuente mágica de Tenerife, los enanos orejudos, los “cerdos que tenían el ombligo en la espalda”,  o los pájaros colosales que trasladan elefantes por el aire.

El viajero Pigafetta hereda el espíritu aventurero de Marco Polo o del tangerino Ibn Battuta    —el mayor trotamundos de la Edad Media— con la mirada curiosa y asombrada del renacentista.

 

De cuaderno, a libro

Al regreso del azaroso viaje entregó en Valladolid al emperador Carlos copia del cuaderno, que más tarde convirtió en libro por el deseo de contar el viaje, ser útil, honrar al valeroso capitán Magallanes, entretener a los lectores y que su nombre “no caiga en el olvido, antes bien alcance fama en la posteridad.” El libro no se publicó hasta dos años después de su muerte, en 1536. Se conservan cuatro manuscritos: tres en francés y uno en italiano. Este último se imprimió en 1800 en Milán, algo modernizado, con el título Primo viaggio intorno al Globo Terráqueo. Al año siguiente se publicó la versión francesa, de la que hizo la primera traducción al español el historiador chileno José Toribio en 1888.

Es la que se suele encontrar en las librerías, pero su lectura no es fácil por el lenguaje arcaico, la sintaxis enrevesada, las carencias de contexto, el desuso de términos de objetos y medidas (bombarda, morterete, rodela, legua, arroba, maravedí…), y la nomenclatura geográfica que inventa para los territorios descubiertos. Por ejemplo, llama Islas de los Ladrones a las Marianas, Cipango a Japón, islas de San Lázaro a las Filipinas, la Tropobana a Ceilán, etc[1]. Por cierto, no cita ninguna vez a Elcano, supongo que por inquina, porque el nombrado capitán de la nao Victoria habría participado en la conjura de los capitanes de tres navíos contra el valeroso,  “nuestro guía, nuestra luz… y nuestro salvador”

[1] En 2010 publiqué en la Ed. Juventud una adaptación  con el título de El primer viaje alrededor del Mundo. No hay otra.  Alfar, de Sevilla, prepara una edición revisada, prologada, con glosario y 81 notas.

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