Lucía era una niña muy pizpireta y confiada. Siempre iba con una gran sonrisa en su boca, y un chicle a medio mascar con el que hacía pompas a todo rato.

Le gustaba romperlas con sus labios, pues decía que sonaban como las botellas de champán al abrirse.

Un día, Lucia, iba paseando junto a su perro “Croquetita” por un camino no muy lejano a su casa, cuando divisó un viejo pozo escondido entre las malezas. No era muy profundo, pero sí bastante ancho en su base y, aunque no cubría de agua demasiado, tenía el fondo lleno de algas y peces de colores intensos. Se acercó para verlo mejor y se detuvo a observar con deleite el color dorado del agua que, al reflejarse el sol, se volvía aún más hermosa.

Caminando iba también un amigo suyo llamado Raúl, de grandes orejas y nariz sonrosada. Bien abrigado por el frio y con unas manoplas tan grandes que parecían ser de su papá. Raúl tenía una sonrisa pícara, algo más despierta que la de Lucía. Se acercó a ella, se saludaron y se dispuso a contarle a Lucía la historia del pozo.

−Dicen que en este pozo hay un pez mágico de color arcoíris y que, si consigues atraparlo, todos los deseos que tengas se harán realidad. Yo conozco a un hombre, que me contó que conocía a otro hombre, al que, a su vez, le había contado un tercero, que una vez hubo una mujer que pudo “sólo rozarlo” y que ahora tiene la casa más grande del pueblo. A su hijo le tocó la lotería en ese mismo año.

−Pues yo siempre he querido tener un castillo de muñecas tan grande como el cielo. ¿Podría pedir yo entonces mi castillo al pozo de los deseos? -preguntó Lucía con los ojos abiertos de la emoción.

−Pues, creo que sí. ¡Sí! Intentémoslo…

Lucía, sorprendida y un tanto ingenua, miró de nuevo al pozo y, ojeando a Raúl antes de saltar, se arremangó el pantalón, le dio la correa de su perro para que la sujetase y se dispuso a entrar al pozo.

En su inicio, parecía menos profundo, pero al entrar sintió cómo todo el fango cubría sus piernas. Aun así, siguió buscando al pez que le haría conseguir su deseo más preciado.

Pasaron varios minutos y al ver que era imposible encontrarlo, desistió de su persecución.

Raúlcomprendió que Lucía había dejado de perseguir peces porque ninguno era de color arcoíris, y le preguntó:

−Lucía, ¿por qué dejas de perseguir peces? Si no insistes, no podrás alcanzarlo, y así no podrás pedirle tu castillo de muñecas. ¿Es que ya no lo quieres?

−Raúl, claro que quiero mi castillo. Además, llevo años esperando para que mis padres me lo trajesen” -decía Lucía un tanto apenada−. Pero me he dado cuento de que la prueba que me pones es muy difícil. ¿Por qué debería seguir intentándolo? Hace frío, y pronto se pondrá el sol. Quiero salir ya del pozo”

−Lucía, ¿buscaste por todos los rincones? He visto que había muchos peces, pero ninguno color arcoíris. Puede que esté escondido en el fango. Busca bien en la profundidad. Mete las manos hasta el fondo.

−No lo encuentro –decía la niña, gimoteando.

− ¡Lucía, para!  Ponte de pie y no te muevas. Ahora, mira todos los peces como se van calmando al parar tú de perseguirlos. ¿Lo ves ahora? Yo ya lo vi hace rato.

Lucía se paró, tal y como Raúl le indicó. Y mirando sobre el agua a todos los peces y observar cómo se iban calmando, pudo otear a un pez tan brillante que parecía ser de color arcoíris.

Lucía estaba tan ilusionada, que su primer impulso fue abalanzarse sobre él. El pez se escondió entre las piedras y no pudo ni tan siquiera rozarlo. Se arañó la mano por el impulso del agarre y comenzó a llorar desconsolada.

 Finalmente, Raúl ayudó a Lucía a salir del pozo y, quitándole el barro de los pies y de las piernas, la miró a los ojos, sonriéndole, y le dijo:

−Ves, Lucía, como el pez del que te hablé existía.

−Sí, pero ¿de qué me valía si no pude atraparlo y conseguir mi castillo de muñecas?

−Yo nunca te dije que pudieses conseguirlo, sólo te impulsé a que lo intentases. Además, ¿qué amigo sería yo si no te animase a intentarlo al menos?

−Pues hubiese preferido no hacerlo. Pasé frío, me duele la mano por el golpe, y encima mi mamá me regañará al ver que he manchado la ropa.

Lucía, has conseguido algo más grande que el castillo de muñecas. Creer que podrías conseguirlo. Y quizás hoy no pudiste atrapar al pez, pero seguro que volverás a intentarlo. Lo sé. Y yo estaré ahí para ayudarte.

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