Los últimos días de Plinio el Viejo. Ignacio Cartagena.
Editorial Ars Poética. Precio: 12 €

En los mejores poemas de este libro se actualiza la mitología mediante el recurso de hacerle una puesta al día.

La capacidad de Cartagena para poetizar cualquier experiencia sigue latente en Los últimos días de Plinio el Viejo.

Como un poemario encontrado se nos presenta el último libro de Ignacio Cartagena. Por una de esas circunstancias de la vida, el poeta recibe en herencia el manuscrito que durante los últimos años de su existencia fue componiendo su antiguo profesor de lenguas clásicas. Le llega de las manos de su viuda, puesto que ni ella ni sus dos hijos tienen interés en asuntos de letras: mejor estará bajo la salvaguarda de uno de sus alumnos, que recibe permiso para hacer lo que le parezca con él siempre que se respete el anonimato del auténtico autor. Los pocos datos biográficos fiables que se conocen del maestro aparecen recopilados al final del libro, que se titula Los últimos días de Plinio el Viejo, porque ese era el mote con que la muchachada nombraba al profesor de latín y griego.

Antes de este poemario, Ignacio Cartagena (Alicante, 1977), diplomático de carrera, ha publicado seis volúmenes entre Memoria de un desnudo (2002) y El ocio que nos queda (2017). La crítica ha señalado, sobre todo a partir de la aparición en 2004 de Urnas, ánforas, vasijas, subtitulado «Variaciones eróticas de un día en la playa», su erotismo «intenso y culto» —Eduardo Moga—, que la poesía en sus versos «está presente como afirmación y promesa perdurable» —Vicente Valero— o que —ahora es Álvaro Valverde quien habla— sus poemas «destilan sensualidad, elegancia. Son formas del saber vivir. Frutos maduros de una cultura solar que nos alumbra desde hace más de dos mil años».

De su penúltimo título, El ocio que nos queda, uno destacaría sobre todas las cosas la irónica lucidez. Y también una característica que en el prólogo que le antecede ha sabido ver muy bien Joaquín Juan Penalva: «La obra de Ignacio Cartagena puede integrar perfectamente vida y poesía, y cualquier experiencia vivida, por nimia que parezca, es susceptible de ser convertida en poema». No hay más que ver cómo cotidianidad y fino culturalismo se abrazan sin ninguna extrañeza ni rechazo en una composición como ´Fuera de juego´, un poema en donde fútbol y amor conviven en «un tiempo de descuento del tamaño / de una vida», como también ocurre en otros que nos hablan de la cortesía en el amor, la escala de Richter o de los miembros de una pareja que, ante el funesto panorama de un largo fin de semana en un establecimiento naturalista y aburrido, no tendrán más remedio que convertirse el uno para el otro en minibar. Inteligencia y picardía, igual que clasicismo y ciertos rasgos de vanguardia, como el gusto por el juego, conviven en la poética de Ignacio Cartagena.

En Los últimos días de Plinio el Viejo, este presunto poemario-legado, recibido como herencia por el poeta tras el fallecimiento de su profesor, el sujeto poemático se enfrenta a la etapa postrera de su vida: la jubilación que llega tras muchos años consagrados a la enseñanza, la vida reposada ajena a los automatismos laborales, las lecturas, la familia y las rutinas médicas. Cartagena administra esa especie de diario lírico mediante una primera sección de poemas arqueológicos, dedicados a ciudades, a la que sigue «Lluvia tras los cristales», con los textos escritos durante la etapa final de Plinio el Viejo en el instituto; a continuación, «Ensayo de paz perpetua» recoge los poemas de jubilación; «El bárbaro Odoacro» contiene las composiciones de sus últimos meses de vida. Completan el volumen, sueltos, un par de poemas largos que carecían de datación.

Como cabe esperar, en las composiciones de un profesor de lenguas clásicas hay bronces, etruscos, urnas cinerarias, triclinios, venecias, Sócrates y Pitágoras. Pero también ciertos gestos de asas rotas que resultarán inasequibles a los arqueólogos futuros: alumnas a punto de alcanzar «la edad del garum», reinas de la clase de gimnasia, adolescentes viajeras y ajenas a todo lo que no sea la pura vida. Trienios, huelgas, horarios y ojos de muchacha que piden ser leídos, en cuya traducción se afanan el viejo Plinio y el joven Cartagena. Según avanza el libro, en la voz que nos habla percibimos, con Vallejo, que en cada una de sus horas «retoña una distancia»: se rememoran las cosas que cambia el tiempo, aquellas a las que uno nunca se atrevió (hacer puenting o intentar un récord de apnea submarina), también las «usuras del no ver» para las que hay que buscar una cura.

En los mejores poemas de este libro, como Europa recién raptada, se actualiza la mitología mediante el recurso de hacerle una puesta al día. Esa capacidad de Ignacio Cartagena para poetizar cualquier experiencia, que señalaba Penalva, sigue latente en textos que tienen como asunto el test de manchas de tinta de Rorschach o la defensa del poeta que acomete la musa ante el tribunal de la posteridad que ha de juzgarlo, al final del libro, alegando que no se fijen en la supuesta falta de vuelo de sus versos, sino en el dolor del poeta.

EUROPA RECIÉN RAPTADA

Moviendo el agua espesa del otoño,
disuelta, diluviada tantas veces,
filtrada por un muesli diminuto
de conchas, de cangrejos, de alquitrán,
pasea la odalisca
tan fresca, tan recién desayunada,
que a medio metro escaso de mi sombra
diríase pintada por un Rubens.

Su fisio ha dicho que le convenía
marchar junto a la orilla, desplazar
el agua, pelearse con la arena.
«Serán solo unos días, un descanso,
verás tu cuerpo cómo lo agradece». 

Apenas va cubierta con un tanga agridulce,
dos cintas para el pelo (en la muñeca, en el tobillo)
y un triste neceser con margaritas donde guarda
el postre desnatado de su propia
intimidad. 

Se tumba, se embadurna de loción,
se entrega a una novela de aeropuerto.

Y entonces vibra el móvil que dejó bajo el sombrero.
Lo ve y alarga el brazo. Medita
si debe contestar. Dos, tres segundos. Echa un triste,
fugaz vistazo al mar: tal vez espera
aún que un toro blanco
—o simplemente negro—
se la lleve.

No es joven ni mayor. Tiene tres masters:
ya sabe que al final no está la vida.

Ignacio Cartagena

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