Había copiado de aquí y de allá historias deslumbrantes presentándolas como si fueran de su propia creación. Ahora, agotados todos sus recursos y seco de ideas, ya no tenía la posibilidad de seguir plagiando, y se veía incapaz de continuar editando las maravillosas narraciones que le caracterizaban. Todo lo que encontraba brujuleando mermaba la calidad a la que se había acostumbrado. Llevaba engañando a sus lectores muchos años, y con el miedo metido en el cuerpo ante la inminente paralización, comenzó a releer sus libros a ver si alguno de los episodios le sugerían una ramificación hacia otros lugares.

Pudo comprobar que la energía que desprendían sus falsos relatos era muy diferente dependiendo de la música que seleccionaba para leerlos. También la interpretación de las historias iba encaminada hacia la tristeza o la alegría según su estado de ánimo. Un universo nuevo se acababa de abrir y comenzó a reflexionar de una manera muy diferente. Estas experiencias le habían impactado tanto que se propuso investigar el motivo de tantas variaciones sobre un mismo tema, y por fin se dio cuenta de que tenía que aprender a pensar desde dentro. Dentro de su ser.

Inmerso en un espacio desconocido empezó a volar con la imaginación, asustándose del mundo interior que descubrió. Era un mundo cubierto de capas que había ido tejiendo sin querer, sin pensar, siempre dejándose llevar por una maldita rutina establecida sin sentido. Capas sucias, rugosas y oxidadas que, fruto del olvido, llevaban muchos años agrietadas por falta de hidratación. Hurgó en las superficies resecas, desprendiendo poco a poco la costra acumulada durante años, que ya no reconocía, y fue divisando emocionado los pequeños reflejos pulidos y brillantes que comenzaban a aparecer en el sedimento de sus inicios. Con mucho cuidado de no rayar semejante tesoro, no desistió hasta quedar deslumbrado con la luz que desprendía. Esa luminosidad se impregnó en cada una de sus partículas provocando lágrimas de emoción.

Y, sin esfuerzo, comenzó.

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