¿Por qué tanta gente catalana no quiere ser española? ¿En qué extraño sueño están atrapados?

La variedad lingüística de un país no es un problema, sino un patrimonio, salvo para cierta ignorancia radical.

Fue el chino Chuang–Tzú, quien fijó el  arquetipo de la “vida como sueño” en aquel relato que, aunque de sobra conocido, me apetece  sintetizar: Soñé que era una mariposa, y al despertar no supe si era un hombre que había soñado ser una mariposa o una mariposa que estaba soñando ser un hombre. Por curiosos caminos culturales, el arquetipo quedó fijado un día en la cultura de este lugar del planeta, y acabó cristalizando en obras inmortales, como La vida es sueño, de Calderón o el mismísimo Quijote

Hablo de ello porque el entusiasmo separatista catalán podría ser un ejemplo.  Como  ya he apuntado en algún artículo anterior. ¿Por qué tanta gente catalana no quiere ser española? ¿En qué extraño sueño están atrapados? ¿Les molesta poder ir al sur de la península, tomarse unos pescaítos fritos y sentirlos como algo de su propiedad? –y ya que estamos en el campo gastronómico, otros viajes que se me ocurren son el de Galicia y su lacón con grelos, el asturiano con la fabada, el leonés con el cocido maragato, el levantino con la paella, el segoviano con el cochinillo, y tantos y tantos otros que incluyen deliciosos jamones, peculiares quesos, guisos o asados de notable personalidad…-

¿Por qué no quieren sentir como propio el albariño, el albarín, los riberas, los  riojas, el prieto picudo, el mencía, el somontano, el jerez…igual que a los demás nos gusta tomarnos  un cava o un priorat?

¿Y qué decir de la gracia geográfica diversa? ¿Por qué renunciar a saberla también suya? ¿Por qué no querer tener en su patrimonio “natural” las rías baixas, los bosques con los hayedos del norte, los olivares jienenses, las huertas murcianas, las dehesas salmantinas y extremeñas, los montes cordobeses, los desiertos y las costas volcánicas almerienses, esos encinares que salpican tantos espacios de nuestro territorio, con las estepas y las sierras y  los valles y las riberas que cruzan la península? ¿Por qué no querer ver como parte de sus monumentos la Alhambra, la Giralda, la torre de Hércules, la catedral de León, la colegiata de Toro o la navarra  iglesia de Santa María de Eunate, por citar seis piezas de nuestro tesoro arquitectónico?

¿Que hay un problema con la lengua? La variedad lingüística de un país no es un problema, sino un patrimonio, salvo para cierta ignorancia radical… Por otra parte,  con todos los respetos para el hermoso idioma catalán –y para las otras lenguas y dialectos que nos enriquecen a todos los españoles – este en el que estoy escribiendo mi artículo lo hablamos casi 600 millones de personas en todo el mundo… y nativos de él somos más de 400 millones –una cifra superior a la de los nativos del inglés-.

¿Por qué no querer hablar español, cuando está en la herencia histórica común? Serán quienes se niegan a hacerlo los únicos perjudicados por la estrafalaria decisión. Hace tiempo que escribí un micro-relato que toca este asunto, y que reproduzco ahora: 

De mis padres heredé una casa.
Tú heredaste una de los tuyos y otra de los míos.
Parece que  ahora quieres destruir la que heredaste de los míos.
Serás tú quien se empobrezca, no yo…           

Se trata de esa “vida como sueño”, que puede dar forma a cualquier pretensión absurda. ¿Cuándo los catalanes fueron subyugados por el resto de los españoles, al margen de tantos problemas que hemos vivido todos a lo largo de la historia? Los descendientes del Reino de León -“cuna del parlamentarismo” desde 1188- estamos incluidos en una comunidad autónoma que se dirige desde un férreo dominio que desconoce nuestra historia ¿Debe eso hacernos renunciar a nuestra condición española? ¿Y cuál es la demoledora dominación que ignora a Cataluña, haciéndola sufrir?

Aunque parezca una contradicción, en ese rechazo de  muchos catalanes a aceptar pertenecer a España, yo veo dos cosas: por un lado, el taifismo, también muy ibérico, que lleva consigo a mirar al vecino con una mezcla de envidia y aborrecimiento. Cuando yo era niño, oí una coplilla popular que nunca he olvidado, y que  marca muy bien esa forma de enfrentarnos los españoles  a las comunidades cercanas.  En este caso, la coplilla se refiere a dos parroquias vecinas:

Los de san Pedro tienen un  huerto,
los de san Martín se cagan dentro…

Pero por otro lado, y como razón medular, veo “la vida como sueño”, tan incrustada en lo español. En el caso catalán, en ese intento de regresar a un indescifrable útero materno, se manifiesta un misterioso sueño de estirpe exclusiva, ¿mas qué fue sino ese sueño siniestro, criminal, descomunalmente alucinado,  lo que hizo que ETA asesinase a 854 personas a lo largo de 34 años de democracia?  

La vida como sueño. Aunque en el caso del separatismo catalán, a mi juicio, el soñador quimérico no es quijotesco, sino sanchopancesco…

 

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