Hace ya muchísimos años, el verano posterior al fin del bachillerato, mis padres, por recomendación del colegio donde había estudiado, me enviaron al sur de Francia    –Pau, en el antiguo Bearn- para que hiciese un curso de lengua francesa. Como íbamos juntos varios amigos, el curso no me resultó demasiado provechoso desde el punto de vista del aprendizaje de la lengua –no dejábamos de hablar en español-, pero tuve otras experiencias interesantes, como el conocimiento de aquella hermosa comarca, flanqueada por los Pirineos. También entre tales experiencias estuvo la de establecer cierta relación amistosa con una muchacha noruega, que al parecer sentía una misteriosa atracción por los españoles, y con un chico irlandés, con el que chapurreaba en mi desastroso francés, que un día me dijo: vous appartenez au petit continent ! suscitando en mí una indefinible perplejidad. ¡El irlandés decía que yo pertenecía al “pequeño continente”!

Supe enseguida que, al parecer, en su bachillerato calificaban de tal modo a la Península Ibérica…y poco a poco fui descubriendo la razón: separada del resto de Europa por una considerable cordillera, y de África por el mar, flanqueada por el Mediterráneo en el oriente y en el sur,  y por el Atlántico en el norte, en el occidente y también en el sur,  con una costa recortada en la que se ofrecen las más variadas muestras de playas, acantilados y estuarios, en tal península se localiza mi país, que es  el más montañoso de Europa -hay quien dice “después de Suiza”, pero Suiza tiene una superficie que apenas supera el 8 por ciento de la española, más o menos la mitad de Castilla-La Mancha…-. Esa condición telúrica le da a la superficie de este territorio una multiplicidad notable de espacios diferentes: valles, mesetas, vegas, marismas, bosques, montes, dehesas, desiertos…-escribo esto desde un prodigioso, movido, interminable y frondoso encinar, en Los Pedroches, Córdoba, contemplando las sucesivas lomas donde a lo lejos se trazan algunos olivares, antes del horizonte  rematado con las estribaciones  de la  Sierra Morena-, sin hablar de la variedad de otras perspectivas que ha ido depositando sobre la península la sucesión de culturas que la han ido habitando. Un pequeño continente, en efecto… No creo que haya en el planeta  muchos espacios tan peculiares en cuanto a su conformación, formal y cultural, y además su situación le regala un clima también variado y grato,  soleado y bastante apacible… Luego están otras diversidades: la lingüística –dentro de la que se encuentra este idioma en el  que escribo, el español, que hablamos ya cerca de seiscientos millones de seres humanos en el mundo- la folklórica, la gastronómica…

Yo creo que pertenecer a este pequeño continente es un regalo del destino. Por eso no puedo comprender los nacionalismos separatistas, como el vasco o el catalán, sino como muestras especialmente necias de ignorancia, insensibilidad, engreimiento y fanatismo. ¿Por qué razón relacionada con la lógica formal, un vasco o un catalán –e incluso algún gallego- rechazan que le pertenezcan también la catedral de León, la fabada asturiana, la paella, el rioja, el somontano, el salmorejo, El Escorial, el albariño, el ribera, el cariñena, la mezquita de Córdoba, las Baleares y las Canarias, el queso manchego, el jamón de esta preciosa comarca en la que me encuentro, o  las hermosas ciudades, villas y aldeas que salpican toda España…?

Es más, creo que es un error también incomprensible que españoles y portugueses no hayamos establecido hasta la fecha una relación especial dentro de Europa. La nación hermana que es Portugal completa la riqueza material y cultural del “pequeño continente”. Mas uno de los problemas que tenemos sin duda tanto los españoles como los portugueses es que no somos conscientes ni de nuestra condición, ni de nuestra situación, ni de nuestra historia… No sabemos que la variedad y riqueza de matices, sabiamente interrelacionada, generosamente unificada, es un patrimonio insustituible para cualquier colectivo humano del mundo…

El caso es que, desde que aquel joven irlandés me hizo descubrirlo, comprendí que mi condición de español está enriquecida por todas esas facetas: poder disfrutar de una personalidad variopinta, que incluye en mi  patrimonio material y sentimental desde los hayedos del norte a las colinas volcánicas de Almería, pasando por los olivares de Jaén,  los viñedos de La Mancha,  las dehesas extremeñas o el parque de Doñana…

Y brindo con una copa de manzanilla por mi pequeño continente, mientras el atardecer azulea la Sierra Morena. Salud, salut, osasun, saúde…

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