Aún con la taza de café en la mano, Rogelio Estés, decidió que ya era hora de salir de casa. No era urgente; la oficina no se movería de su sitio y el trabajo le esperaría. Tampoco era imprescindible en la empresa. Pero su decisión era firme, como todas las que tomaba. Rogelio Estés era un hombre ordenado y recto, no sólo en su vida cotidiana, sino también en su cerebro y en asuntos de mayor enjundia. Para no aburrir con ejemplos indemostrables, referiré sólo una anécdota. En este mismo momento, pero hace cinco meses, el recto Rogelio dejó a su pareja de siempre. No supo por qué lo hizo e intentó no ser hiriente; pero tomó la decisión y, por mucho que ella le preguntó y le suplicó, casi arrastrándose, él se mantuvo firme, hasta el punto de que ni siquiera pensó en las consecuencias para su propia persona, ni, por supuesto, para la otra, que no cejaba en su empeño de que Rogelio recobrase la cordura.

Tampoco hizo caso de las señales de alarma que iluminaban su conciencia: ya no era un chaval, Lourdes lo conocía bien y lo cuidaba, aunque no vivieran juntos (otra decisión de él, que tuvo que tragarse ella), y, para colmo, era guapa e inteligente. Pero había tomado una decisión y las decisiones son irrevocables. Me consta que en el lenguaje coloquial y mundano esta idiosincrasia se merecería un término menos eufemístico que “anécdota”.

 Nadie sabe lo que piensa Rogelio al respecto. Ni siquiera yo, que presumo de conocerlo bien y, menos que nadie, la propia Lourdes, a la que sigo viendo y, ni por asomo, se me ocurriría tomar una decisión tan tajante como la de su anterior amante.

Volvamos, sin embargo, al momento en que mi examigo Rogelio toma la decisión de ir a trabajar. Así pues, recogió la taza y la colocó muy cerca del fregadero (el orden estipulado por él mismo no implicaba que tuviera que limpiarla en ese momento, allí no molestaba y su cabeza ya estaba en otro sitio), se asomó a la ventana y comprobó que jarreaba agua como si fuera una reminiscencia del diluvio. No le extrañó: en abril aguas mil, se dijo, bueno para los pantanos y la contaminación.

Decidió vestirse con un impermeable encima del traje impoluto, perfecto en la caída, y ayudarse de un paraguas. Quizá fuera ésta la decisión más difícil, incluso más que la de perder a su pareja de siempre, que ya para entonces lo había olvidado; ya que, a pesar del orden y la rectitud implícito e implícita en sus costumbres, a veces se despistaba y, sobre todo si escampaba, temía perder el paraguas en cualquier sitio. Fue sólo un instante de duda, que se decantó por llevarlo. En ese momento sonó su móvil. Lo pulsó malhumorado. Era un contratiempo que no esperaba. Después de tomar la decisión de partir para el trabajo, ya sólo pensaba en que si le seguían molestando llegaría tarde y su rectitud no se lo perdonaría.

La voz que se presentaba al otro lado de aquel pequeño aparato de pantalla plana y tres cámaras fotográficas no podía adivinar el estado de ánimo de un Rogelio angustiado por el tiempo, el de la calle y el de su vicisitud; de modo que, sin más, le espetó una oferta de telefonía que su interlocutor silencioso no podría rechazar. Tuvo intención Rogelio de responder como se merecía aquella intrusión en su espacio privado; pero, al cabo, se impuso la cortesía y colgó sin despedirse.

Con talante huraño, se precipitó hacia la puerta, que cerró con estruendo, sin caer en la cuenta de que olvidaba el paraguas. No se encontró con nadie, ni en el rellano del ático, ni en el ascensor. Su única compañía era la voz inoportuna de la operaria de telefonía que le ofrecía la  oferta de su vida. Pensó que tal vez había sido demasiado brusco; pero estaba harto de ofertas que llegan a horas intempestivas, durante la siesta y cuando tienes que hacer algo de manera perentoria.

Al llegar al zaguán y contemplar el aguacero fue a echar mano del paraguas. Error inaceptable: lo había dejado en el paragüero. No tenía más remedio que volver; lo que suponía un gran quebranto para su ánimo, ya de por sí maltrecho. Pero jarreaba y no podía arriesgarse a llegar empapado a la oficina, situada a escasos doscientos metros de su casa; los suficientes para que la lluvia le calase hasta los huesos y le provocase una gripe o algo peor. Por otra parte, tampoco contemplaba la posibilidad de resguardarse en el zaguán o en algún bar cercano, había uno dos números más abajo en su misma calle que frecuentaba, hasta que las nubes, pletóricas, le concedieran una tregua. Y si no escampaba, qué haría, cómo lo explicaría, qué excusa se pondría ante sí mismo. Peor que llegar tarde era, sin duda, no ir a trabajar después de haber tomado la decisión de acudir.

Sólo después de muchas disquisiciones internas, determinó que lo único viable en tales circunstancias era regresar a su apartamento y proveerse del paraguas, aunque eso supusiera un retraso considerable y, aunque no fuera concluyente, la tentación de hacer pellas y volverse a la cama para resguardarse de un posible resfriado.

No quiso darle más vueltas, correría el riesgo. Pidió el ascensor que alguien, quizá por jugar o contravenir las normas de uso, había pedido desde alguno de los pisos; allí ni había entrado ni salido nadie.

Cuando llegó al ático, su voluntad era el rostro amoratado de un boxeador noqueado. Aun así, mientras movía la llave en la cerradura, presentimientos aparte, aunque su capacidad de decidir también había sido vapuleada, lo hizo y con contundencia, decidió que recuperaría el paraguas y que saldría pitando. Ya encontraría una coartada.

Lo que vio detrás de la puerta de su ático, en propiedad y pagadas todas las cuotas de la hipoteca con el esfuerzo que deriva de una decisión fundamental para un futuro sosegado, supongo (y sólo es una suposición de un amigo que lo fue mientras pudo) que, cuanto menos, le haría recapacitar. El aguacero de la calle había entrado en su apartamento como si no hubiera tejado y la inundación de agua, que no parecía encontrar resquicios por donde salir y aliviar la sensación de desahucio que empezaba a embargarle, formaba una balsa que hacía bailar los muebles y amenazaba con llenar el recinto. Imposible encontrar el paraguas en semejante desastre y esa era la única decisión de la que podía echar mano en un momento.

Por primera vez en su vida, el recto Rogelio se enfrentaba al desorden y no disponía de una decisión trascendental a la que acudir. Caminó como pudo, mojándose los pies, arriesgándose a pillar una neumonía o algo peor, se acercó a la ventana, el agua le llegaba a las rodillas, se asomó y comprobó que el sol reluciente iluminaba la calle. En el ático llovía cada vez más. Pensó en Noé y tomó su última decisión, la última que alcanzó a proferir, no había marcha atrás, denunciaría a la compañía de telefonía. El único problema era que, con la urgencia de salir para el trabajo, con su enfado, no había escuchado de qué compañía se trataba y había muchas machacando el sueño velado de la siesta.

Ni qué decir tiene que no volví a ver a Rogelio Estés. No recuerdo quién me contó la historia de la inundación, sin mencionar, quizá porque tampoco lo conociera, el destino de mi antiguo amigo.

Sí recuerdo que, cuando se lo conté a Lourdes, lo único que me dijo es que Rogelio nunca había tenido paraguas. Luego se limpió con un clínex y desapareció en el baño. Creo que fue a darse una ducha.

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