El único cartelista que representa a todos los españoles fue Eduardo; en consecuencia, España, nuestro arte, ambos sujetos, quedan huérfanos de nuevo porque uno de sus legítimos padres vivos ya no lo está. Se fue el 15 de octubre.

La referencia superficial de un tiempo y espacio lineal es que tenía ya cumplidos 82 años, pero preferiremos pensar que se nos fue interrumpiendo el desarrollo de su último proyecto, que no tenía esa edad, que era él mismo y no caeremos en ninguna otra tentación de cálculo.

Limpio fue de formas y de fondos, con su pañuelo de seda al cuello.

Espíritu castizo, forjado, en su aprendizaje, a lomos del Ramiro de Maeztu, colegio de Madrid. Allí, acumuló firme y excelente formación, que le facilitó caminar seguro por experimentos de libertad y de respeto.

Su vocación de color y de geometría era uno de los dones que recibió, para que su geometría, especial, fuera vehículo de sus ideas.

Era un caballero de las Artes y las Letras y así fue reconocido por Francia, siendo París una madre adoptiva a quién alegró con su ingenioso espíritu castizo, tradicional y étnico, pero también universal. Con chispa.

Su recto proceder, su limpieza en el trabajo, lo llevaría a pasear sus elegantes maneras por todas las relaciones que entabló con todo aquel que se le acercara. Tenía esa disposición de corazón de los hombres buenos.

Su cálida voz y la forma de entregar su amistad eran siempre cordiales. Digamos que no se lo tenía creído.

Disfrutó del éxito, del alto reconocimiento de la calidad de su obra y, en consecuencia, de la valoración de sus piezas. Nos será fácil ver en una subasta que alguien quiera desprenderse de una pieza suya. Si esta afirmación no se cree, rastreen las subastas madrileñas de los últimos 40 años; sus obras serán atesoradas; esto, en un país como el nuestro, donde llanuras y valles, montañas desérticas sin nutrientes han alejado de sus habitantes el espíritu mundano de contar con el arte como lujo de vida, ya sea uno cultivado o no. Aquí, donde a nadie le interesa la creación, surgió Eduardo Arroyo, entre otros pocos elegidos.

Aquí no, sólo recompensado por una élite cada vez más escuálida a raíz de la incultura y de las sucesivas crisis económicas, siempre perseverantes, siempre seculares, que impiden levantar la cabeza y mirar al Olimpo.

Allí sí, en los campos Elíseos sí, allí sí ha lugar para la curiosidad, Francia se atreve, los franceses aprecian el espíritu del arte y se visten de gala para darle su homenaje.

Allí si, Eduardo tuvo dónde reposar la cabeza y despertar para el mundo el asombro de su sueño español. Y lo vendió. Gracias a él tuvimos nuestro representante de los años 70, figurativo, contracorriente, atrevido, innovador y pop. Quienes lo vimos y estuvimos junto a él, le veíamos muy alto, de calidad muy alta, de valor muy alto. Dignidad muy alta.

En suma, el mejor cartelista español de todos los tiempos y para siempre. Gracias a Eduardo aquel país de tensiones que muchos consideramos el nuestro, volverá a salvarse ¡in extremis! en el examen final.

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