Mariluz y el largo etcétera. Alejandro Cuevas.
Editorial Difácil. Precio: 14 €

“Libro de relatos de humor absorbente e intimidador.”

“Todos los personajes sufren a su manera y nosotros nos reímos.”

Un hombre tiene una aventura con la mujer de su mejor amigo. Ella muere. En el entierro, los dos hombres lloran la pérdida, pero el amante con un desconsuelo que no deja de conmover al otro. «Tranquilo, hombre, no llores», le dice el viudo. «A lo mejor vuelvo a casarme». El pasaje se lo contaba Cela a Isabel San Sebastián en la televisión de los noventa. Hay en él traición a la pareja, entre amigos y una muerte, pero eso no impide que lo encontremos gracioso. Si aún hoy sigue funcionando es porque cumple las tres condiciones de todo buen chiste: sentar un precedente y luego contrariar su lógica.

El vallisoletano Alejandro Cuevas ha publicado en Difácil Mariluz y el largo etcétera, un libro de relatos de humor paródico que se lee como si fuera de suspense.

No es uno de esos libros desopilantes para leer en casas vacías, o en casas superpobladas, donde nadie duerme. A éste el humor lo sobrevuela, es casi un aroma, una neblina. Nos ataca por detrás, como un bumerán de cosquillas intelectuales, y eso lo hace muy intimidante. Tanto que uno se vuelve de vez en cuando, con un ademán rígido, por ver si el narrador sigue ahí y nos da permiso para sonreírnos. Cuando lo da, lo agradecemos, pero casi nos alivia más que nos lo niegue.

Hay carcajadas de lector que sólo pueden pagarse dejando en prenda nuestro perfil de Twitter, ese reino de la cólera.

Hay dos tipos de concursos de relatos: los que nunca premiarían a Borges, si él aún pudiera presentarse, y los que nunca lo harían si fuera él quien organizara el premio. El libro de Cuevas incluye siete piezas galardonadas en diferentes certámenes, así como otras que no mordieron lo magro. Muchas de éstas últimas no desmerecen a la mayoría de las primeras. Eso prueba dos cosas: que el comienzo de este párrafo no miente y que la escritura de un libro de cuentos es cosa ardua. Cien páginas de relatos decentes destilan el sudor que no precisan las trescientas de una novela. Lo mismo sucede en la creación reproductiva: siempre será más difícil criar a cuatro niños de cinco años que a uno solo de veinte. Casi veinte son también los relatos de Mariluz. Cualquier tipo de lector encontrará en el volumen varios que lo absorberán.

Los libros tienen una desventaja respecto a, por ejemplo, una ley de educación española: es necesario leerlos para saber si no son buenos. Esto es más cierto, si cabe, para dirimir la afinación de la portada. ¿Qué hace esa pareja semidesnuda y pelona, con mirada de cíborg, bajo el paraguas único? Los protege de una lluvia de corazones. Sólo después de leerlo constatamos que se trata de lluvia ácida y, en consecuencia, que Germán Gómez, su diseñador, sabe muy bien lo que se hace. Con talentos así, a veces no haría falta ni leerse el libro. Pero yo lo he hecho. Empecé a leerlo sin prevenciones, un poco a la manera en que un inconsciente silba por los pasillos que lo conducen a la silla eléctrica. Ése fue mi error. De repente, me encontré ufano, casi niño, riéndome boquiabierto de cosas que no tenían la más mínima gracia. Me sentía como un borracho en la mañana dominical; no sólo no sabía cómo había llegado allí. Veía el libro sudado sobre mi pecho desnudo y contemplaba hasta el peor de los escenarios: ¿acaso no lo había escrito yo?

Mariluz y el largo etcétera mantiene una unidad que sorprende por la procedencia de los relatos que lo componen. Cuevas consigue aquí lo que Archimboldo con sus cuadros de alimentos dispares. Un cómico es un enloquecido que nos saca con su mueca una verdad. La de Cuevas es postular que nada hay en la vida que merezca la pena de veras, con la excepción de intentar demostrarse que tal premisa es falsa. Pese a las adversidades, algunas de ellas, descacharrantes, como en el relato del jubilado que escribe al director de un diario local (no les revelo más), los personajes no pierden la dignidad. Recuerden lo de Cela. Cuevas sabe que no hay nada mejor que reír en un entierro para que el muerto nos perdone la asistencia. En este libro a todo el mundo se le está muriendo algo y a su manera, pero insiste en mantenerlo con vida porque, si no, no vería su propio final como un éxito. A la vuelta de la esquina espera La Señorona, pero para entonces ya están los personajes sancionados, pulcros y expuestos, y cuando queremos suministrarles, como lectores, los santos oleos, descubrimos que el relato ha concluido. Saber dónde y cómo cortar es cualidad de cirujano que en el escritor de cuentos es sustancial. Alejandro Cuevas escribe con bisturí, pero con uno oxidado y romo. No se le vayan a enderezar los personajes.

Mariluz y el largo etcétera es un libro poblado de inquinas domésticas, parejas encalladas en un tedio de la peor estofa -el soportable-, y madres que hacen cola ante su vejez a la puerta de un hijo que se les marcha. Todos los personajes sufren a su manera. Y nosotros nos reímos. Y cuando ellos acrecientan su dolor, en igual medida lo hace nuestro disfrute. En este libro no cabría más desgracia porque no habría carcajada que la contuviera. Y la edad no es una eximente. En el relato Breve historia de lo nuestro, protagonizado por un párvulo, ya se ve el crudo aflorar de un desencanto. Verlo bracear en el remolino de las cuitas de adulto recuerda a la paradoja que experimentamos cuando leemos cuentos de Salinger protagonizados por niños. Como aquél, este Cuevas no respeta nada. Ni a los críticos de cine, con lo fácil que lo tenía. Es implacable. Y muy bien que hace. Y muy bien que lo hace.

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