Fábrica de prodigios. Pablo Andrés Escapa.
Páginas de Espuma. Precio: 18 €.

En estos tiempos en los que por desgracia impera la pobreza expresiva, cada vez mayor en todos los órdenes, siempre resulta reconfortante abrir un libro del narrador leonés Pablo Andrés Escapa y encontrarse con una brillantez estilística que bien pudiera tildarse, en justa correspondencia con el título del libro que nos ocupa, como prodigiosa. Su prosa nos reconcilia, ya desde su opera prima Las elipsis del cronista, con el placer vehemente de la palabra y con la precisión sintáctica que fija una andadura enunciativa compacta y al tiempo fluida, aderezada con algún símil deslumbrante, para llevarnos hasta el milagro de la fábula, como si de lo cotidiano emanase continuamente lo inaudito.

En esta ocasión, a diferencia de su anterior entrega de relatos breves, la tercera, y tras su incursión en la novela, nos ofrece, como señala el colofón, «tres historias peregrinas», tres narraciones largas, en particular la que abre y la que cierra el volumen, a modo de nouvelles, una extensión arriesgada, donde verdaderamente hay que demostrar la conjunción de la levedad y del músculo narrativos, una distancia que vendría a ser como los mil quinientos, mezcla de resistencia y explosividad en sus justos términos, en el atletismo de medio fondo. Y sale airoso, tras haberse formado en la brevedad súbita incluso con tintes poéticos y haber probado el argumento cundido, como no podía ser de otra manera, ya que la finura expresiva garantiza su versatilidad, su eficacia en cualquier terreno.

De su último libro antes mentado, al cabo de casi un lustro, aún mantengo vivas en mi memoria las imágenes de un circo en la playa con el levantador de pianos y la mujer jilguero, del barón fabricante de autómatas, de una manada de caballos salvajes en medio de la estepa tártara, del faro en el trigal, entre otras quimeras distraídas de su ingenioso caletre, y hacia su desenlace la aparición anunciada de un náufrago coronado de algas que le hacía reflexionar al narrador, que guardaba como guarda aquí, porque el autor lo va desgranando en el hilván de su verbo, el asombro de cuando era chico, cifrado en la contemplación absorta y sostenida a través del ventanal de la escuela empañado por el frío, hasta que puede vislumbrar la nieve fundiéndose en las olas: «Así había sentido yo la vida en los mejores libros, como una afirmación de la fábula que alcanza a la propia realidad».

Y en verdad así se siente en los libros de Escapa la vida, en esta nueva fábrica de prodigios a través de voces y personajes no menos inolvidables: un viajante del ramo de la cosmética que se obsesiona con un barbero huraño e impertérrito apodado «el Mudo» y su pájaro exótico e inmóvil, casi hermético, de tal manera que pasa de la sobriedad a la misantropía y acaba en extremos resolutivos un tanto kafkianos; un cantinero, por el contrario, lenguaraz y novelero, aunque sin las ínfulas líricas de otro camarero; un pintoresco e irredento poeta provinciano que a fin de componer y declamar un verso aliterativo se encaramó a la muralla de su ciudad descalzo y medio desnudo, con un queso a modo de sombrero, mientras helaba a canto seco, lo que le sirve al narrador para investigar sobre una especie de transmigración o proyección lírica encarnada en cuerpos sucesivos, con título de irónicas reminiscencias cortazarianas; un jubilado, en fin, que vive presa de extravíos, en la anomalía, «distinto entre la multitud» y se desdobla en tercera persona con el fin de «escribir las palabras para que duren», hasta convertirse en cronista de sí mismo y de la extrañeza del mundo en tanto intenta en vano, como el agrimensor K. en El castillo o algunos personajes de Arreola, llegar a la oficina de correos, todo ello a partir de un perro que pasea en la nevada como espíritu diabólico.

De su mano asistimos al portento de la literatura de Escapa, heredera directa de la de Álvaro Cunqueiro o Antonio Pereira, de los que bien puede considerarse discípulo dilecto: «dejar memoria de lo más desapercibido de la realidad, o de lo menos ordinario». En este caso más cervantino que nunca, sobre todo en la última historia, que transcurre por derroteros de encantamiento y desatinos cercanos al entuerto y nos ofrece ecos de los ladridos que oyera el ingenioso hidalgo una noche, entrando por el pueblo de su Dulcinea, o del equívoco fulgor del baciyelmo. Pero sobre todo el libro, en virtud de la cita inicial, gravitan las maneras del autor del Quijote, la retranca compasiva y esa melancolía tan suyas, siempre al servicio de la revelación de una realidad paralela, la que tiene la verdad, la literaria, que «no es más que una cuestión de coincidencias. Lo difícil es justificarlas». Y Escapa lo ha vuelto a conseguir, aplicando a su admirable inventiva la gracia y el rigor de costumbre.

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