Cuando abrió los ojos comprobó que ella soplaba su cara con suavidad.

Le instó a tumbarse a su lado, como si se conocieran de toda la vida, respiraron con tranquilidad mientras se conectaban a Malher.

Cuenta las hojas del árbol que le está dando la sombra, y va sobrado. Calcula que con la séptima parte sería suficiente. Le da pena la inactividad de las seis restantes y busca la manera de involucrarlas, pero no la encuentra, no se le ocurre nada. Le miran con agrado, y con su intenso color destilan dosis de comprensión y cariño. Nunca nadie había pensado en ellas con tanto respeto. Lo normal es que pasen desapercibidas, o que reciban algún manotazo para ver cómo caen al suelo planeando lentamente con sigilo.

No le gustaba airear dónde había quedado con ella (una de sus compañeras de la universidad),  y pensó que vistiéndose de verde pasaría desapercibido, pero cuando se encontraba en el lugar planeado rodeado de vegetación, se dio cuenta de que la tintada era tan diferente que mejor hubiera lucido el azul celeste del dia anterior. Tanta diferencia dañaba la vista. Lo que en principio le pareció una idea genial, pronto pasó a ser un desastre que además no le favorecía. Su color era el rojo y se arrepintió de no mostrarlo en su primera cita. Como hacía siempre que estaba en su mano, se centró en lo positivo disfrutando del maravilloso aroma de la naturaleza. Dada su inmensa timidez, recurrió a varias inspiraciones lentas y profundas esperando que le llenaran de la energía que necesitaba antes del encuentro.

Para no entrar en pánico continuó entretenido con el recuento de las hojas y su posible repartición. Así fue pasando el tiempo; a él le parecía que había llegado muy pronto pero la larga espera le desorientó. Haciéndose eco de su magnífica organización aprovechó su inusual inactividad para repasar mentalmente los contenidos del examen que tendría al día siguiente, y que había abandonado a causa de la cita. Tenía que saber a primera hora de la mañana todos los músculos del cuerpo. El profesor era excelente, pero les había comunicado con una enorme exigencia que solo con un fallo estarían suspensos. Le preocupaba sobremanera la nota, necesitaba que le siguieran concediendo la beca que le permitiría seguir estudiando la carrera de medicina; su vocación desde que con doce años se quedó sin madre a causa de una larga enfermedad rara.

Era capaz de meterse en su nube durante horas, tenía una enorme capacidad de concentración. Su costumbre era cerrar los ojos porque había podido comprobar muchas veces, que de esa manera fijaba mucho más rápidamente la materia que debía memorizar. Frontal, masetero, trapecio, esternocleidomastoideo… y de repente una pequeña brisa le despeinó. Cuando abrió los ojos comprobó que ella soplaba su cara con suavidad.  A punto estuvo de llamarla Deltoides, pero pronto reaccionó, y con una enorme sonrisa le devolvió el soplido que acompañaba a un beso de bienvenida.

Tuvo que ser ella la que solucionara su problema desde que llegó al lugar del encuentro. Con una manta que cubría al fin la sombra de las siete séptimas partes del árbol dando actividad a cada una de las hojas, le instó a tumbarse a su lado, y como si se conocieran de toda la vida respiraron con tranquilidad mientras se conectaban con Malher a través de su quinta sinfonía, y de los auriculares que siempre llevaba. Deseando que el momento nunca llegara a su fin la oyeron una y otra vez. Cuando llegó la noche recogieron con lentitud y se fueron susurrando para no despertar a la calma.

Fue un momento maravilloso para ambos que con la misma ilusión del primer día repiten desde hace casi cincuenta años. Los árboles les siguen sonriendo, y con una enorme lista de espera, sus numerosos pacientes, gracias a aquel día conocen la calma (y la música) para afrontar su situación con una energía que siempre agradecen.

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