“¿Qué pasaba? Carcajadas estruendosas en el pabellón de la afasia, precisamente cuando transmitían el discurso del Presidente. […]

Allí estaba, el viejo Encantado, el Actor con su retórica habitual, el histrionismo, el toque sentimental…y los pacientes riéndose a carcajadas compulsivas. Bueno, todos no: los había que parecían desconcertados, y otros como ofendidos, uno o dos parecían recelosos, pero la mayoría parecían estar divirtiéndose muchísimo. […]

Ésa era, pues, la paradoja del discurso del Presidente. A nosotros, individuos normales…con la ayuda, indudable, de nuestro deseo de que nos engañaran, se nos engañaba  genuina y plenamente. Y el uso engañoso de las palabras se combinaba con el tono engañoso tan taimadamente que sólo los que tenían lesión cerebral permanecían inmunes, desengañados.”

 

Oliver Sacks, El hombre que confundió a su mujer con un sombrero.
Editorial Anagrama

La clase política maneja como nadie el arte de persuadir. Sus discursos buscan convencernos y para ello utilizan diversas estrategias. Una de estas estrategias son los heurísticos, atajos mentales que dan soluciones rápidas a nuestros problemas. Un ejemplo de esto sería sacar conclusiones globales solo teniendo en cuenta nuestra vivencia particular de un evento. Así, después de que un inmigrante me robara  el bolso cuando estaba cruzando la calle, deduje  que todos los inmigrantes son unos ladrones y tomé  la decisión de no fiarme de ninguno. Frente a una situación compleja una respuesta sencilla, de esta forma la toma de decisiones se simplifica. Esta técnica puede resultar útil, ya que los problemas se hacen más manejables, pero existen riesgos. Al simplificar mucho un problema no somos capaces de prever algunas de sus consecuencias ya que, estamos teniendo en cuenta solo un punto de vista.

Otra táctica para persuadir a la ciudadanía es la utilización de palabras virtuosas durante el discurso. Como, por ejemplo, hablar de sinceridad,  paz, democracia, para crear una imagen positiva del orador mientras, al mismo tiempo, creamos una imagen perniciosa del opositor, utilizando palabras negativas como son la mentira, la corrupción o el fascismo. De este modo, queda legitimada mediante el discurso una visión sesgada de la realidad.

Un recurso básico en política es la utilización de la autoridad de la fuente. Suponiendo que los hombres o mujeres sabios no pueden equivocarse. Idealizamos a personajes históricos y convertimos sus palabras en verdades irrefutables.  Asimismo, puede ser condenada una idea solo por venir de una fuente no deseable.

De igual forma, crear falsas analogías o lo que es lo mismo, comparar conceptos que no son iguales, es una herramienta muy potente en el arte de la persuasión, al igual que la utilización de muchas figuras retóricas. Esto convierte a los discursos políticos en relatos incomprensibles. (Quizá esta es la razón por la que algunos de los pacientes de Sacks parecen desconcertados).

Por otro lado, la clase política maneja más información que la mayoría de la ciudadanía. La televisión y los medios de comunicación (sus aliados) se aprovechan de la desinformación de la población y transmiten mensajes manipulados para alterar la opinión pública. Influyen en nuestras emociones, nos animan a la acción al inocularnos miedo. Bajo la influencia de este sentimiento primario, nuestro razonamiento lógico deja de funcionar. Aunque la amenaza no sea real, buscamos la opción que nos genere más seguridad. Asimismo, los símbolos también agitan esa parte irracional que todos poseemos. Activan la necesidad que tenemos todos los humanos de pertenencia a un grupo y los alimenta con sentimientos de unión y alianza.

La forma de comunicación política es la retórica. La comunicación que intenta conmover y persuadir. No son pocos los líderes políticos que, con ideas contrarias a los derechos humanos han convencido a mucha gente a lo largo de la historia. El caso por ejemplo del Partido Nacionalista Obrero Alemán (Partido Nazi) liderado por Hitler que, con ideas antisemitas consiguió el poder y apoyo de muchos ciudadanos y ciudadanas. No deja de ser paradójico también, que esta influencia que ejercen los dirigentes políticos lleve a la ciudadanía a votar contra sí misma; tal sería el caso de mujeres apoyando a partidos misóginos o inmigrantes a partidos xenófobos. No obstante, aunque intenten persuadirnos, podemos protegernos de ellos si conocemos sus armas dialécticas. Así, hoy más que nunca es importante que escuchemos críticamente “el discurso del presidente”.

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