La teoría del “dilema del prisionero” explica el comportamiento de los individuos bajo la perspectiva de la selección natural.

La naturaleza no siempre da la mejor solución a los problemas.

Al fondo de la comisaría, donde no llega ningún ruido del exterior, está localizada  la sala de interrogatorios. Es una habitación de color blanco brillante, sin ventanas, pero bien iluminada con luces de led que están integradas en el techo. El típico espejo de una sola cara que aparece en las películas policiacas ha sido sustituido por un cuadro de una imagen marina, en la que se esconde una cámara de grabación. En el interior de la estancia hay  dos sillas, una con el respaldo recto y duro, sin reposa-brazos, que está anclada con tornillos al suelo. Así,  los prisioneros no podrán cambiar de posición y se encontrarán tan incómodos  que sentirán la compulsión de decir la verdad para poder salir cuanto antes. En frente, otra silla ligeramente más cómoda y con ruedas móviles en las patas, la ocupará el interrogador, que tendrá la opción de modificar a su antojo la distancia y con ella la presión que ejerce sobre el prisionero. La mesa ha desaparecido para poder utilizar más libremente la proximidad física como forma de manipulación. Al prescindir de ella, los micrófonos para la grabación del interrogatorio se encuentran  debajo de ambas sillas. Sin apenas mobiliario, ni ruidos, la sensación de soledad se apodera de los que entran en este lugar

Se abre la puerta de la estancia y aparece un chico de no más de 20 años, acompañado de la policía que va a interrogarle. El preso está serio, indiferente a lo que lo que pasa a su alrededor, con la tranquilidad propia del optimismo juvenil que le hace confiar en que saldrá airoso de la situación. La inspectora lo sitúa firmemente en la incómoda silla que está en medio de la sala, mientras ella pasa a ocupar la que está enfrente. Se va acercando lentamente el joven. La proximidad física ayuda a ejercer mayor presión psicológica sobre los individuos. Bajo la aparente calma del joven la policía reconoce a  un chico que está sufriendo una crisis emocional en su interior que debe aprovechar para hacerle confesar.  Freud decía “el hombre no puede guardar un secreto”, y eso es cierto en la mayoría de los casos. De los delincuentes habituales, entrenados en la tensión de este tipo de situaciones, es casi imposible obtener unas palabras. Pero a este chico es la primera vez que le han detenido, por lo que la agente podrá desplegar con él todas sus armas de sugestión,  con esperanzas de obtener rápidamente una confesión.   

– Te propongo un trato-le dice mirándole a los ojos. El joven le rehúye la mirada. Ella entonces separa un poco la silla para darle un respiro y le explica lo que se conoce como dilema del prisionero.

– Tu compañero y tú os habéis metido en un buen lío… Aunque no tenemos pruebas suficientes para imputaros por el robo del banco, vamos a seguir investigando el caso. Te propongo un trato para terminar con esto cuanto antes. Si confiesas el delito y tu compañero también lo hace, ambos tendréis una pena de 5 años. Si por el contrario no confiesas y tu compañero si lo hace, él saldrá libre y tú pasarás 20 años en la cárcel; lo mismo te pasará a ti en el caso contrario, si tú confiesas y tu compañero no lo hace, saldrás libre y él estará 20 años encerrado; si  ninguno confiesa, la pena será la mínima por falta de evidencias: un año. Tú eliges.

Lo mejor para los dos prisioneros sería no confesar, sin embargo, tras un razonamiento egoísta y racional nuestro reo argumentará que lo mejor será confesar, ya que tanto si el compañero confiesa, como si no lo hace, el castigo para él será menor.

<< Si confieso y mi compañero también lo hace me expongo a 5 años de cárcel. Si confieso y mi compañero no lo hace saldré en libertad. Si no confieso y mi compañero tampoco pasaremos un año en la cárcel. Pero si no confieso y él sí lo hace pasaré veinte años en la cárcel y mi compañero saldrá en libertad. Por lo tanto, lo mejor para mi será confesar>>.

Esta teoría del <<dilema del prisionero>> explica el comportamiento de los individuos bajo la perspectiva de la selección natural. Las estrategias conductuales, al igual que las características genéticas que son más favorables en un medio ambiente determinado, serán más proclives a ser reproducidas. En nuestro ejemplo del prisionero el beneficio mayor lo obtendría si ambos presos cooperasen, que en este caso sería no confesar y perder únicamente un año de libertad. Pero esta estrategia no es estable evolutivamente, es decir, puede ser desbancada por otra, ya que si uno de los dos prisioneros hace lo contrario y confiesa, saldría beneficiado respecto a su compañero. Así es que la naturaleza no siempre da la mejor solución a los problemas y el egoísmo es una conducta que no puede desaparecer.

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