La noche se apoderó de mí y deseé que se congelase el tiempo para siempre.

Cuando sopló las velas pidiendo un deseo, me guiñó un ojo sabiendo el enorme regalo que me había hecho.

Hablaban todos a la vez. No entendía nada. Aunque éramos pocos, el tumulto que salía del pequeño recinto retumbaba de tal manera, que yo  solo veía bocas moviendo los labios. No sabía si tenía que corresponder a las miradas sonriendo o no, y me dejaba llevar imitando los gestos de todos con miedo a equivocarme. Supongo que nadie se enteró de la intranquilidad que intenté disimular con todas mis fuerzas. No participaba en las conversaciones porque no sabía por cual decidirme. Todos querían agradar y los gestos eran complacientes y cariñosos.

Cuando sopló las velas, las palabras se transformaron en dinamita; todo se iluminó y se resquebrajó. Pequeños ecos adheridos a las paredes resonaban ahora con una tenue intensidad. Los restos  inmóviles e  irreconocibles desprendían una rabia contenida difícil de imitar. La sorpresa que tenían preparada se les había ido de las manos, y quizá por la costumbre de enredar las palabras en diversas conversaciones solapadas, no se entendieron. También puede ser que el homenajeado pidiera semejante deseo, pero este extremo lo descarto porque a lo largo de su vida siempre había demostrado su coherencia a pesar de ser tan callado, siniestro, pensativo, especial y diferente.

La intuición que me acompaña desde siempre, hizo que me alejara en el momento oportuno, liberándome de tanta mezcolanza sin sentido. Sin que nadie se diera cuenta bloqueé mis oídos abriendo la boca al límite del dolor, y comencé a volar. Salí por la ventana y con el placer del ansiado silencio, me alejé planeando muy despacio para que no me aturdiera ni siquiera la brisa del aleteo. Hacía frío, nunca lo agradecí tanto. Sentí cómo mi cabeza se ventilaba limpiando y despejando el entumecimiento con verdadero placer. La noche se apoderó de mí y deseé que se congelara el tiempo para siempre.

A lo lejos un relámpago (sin trueno) me preocupó. Algo extraño sucedía. Las luces de la ciudad empezaron a encenderse poco a poco y de una en una. Por toda la ciudad comenzó a sonar la maravillosa Sinfonía del Nuevo Mundo de Dvorak. Cientos de músicos iban apareciendo con sus instrumentos por todos los rincones, y con los ojos cerrados se balanceaban al ritmo de la música, sin más pretensiones que el disfrute colectivo. Desde arriba con mis enormes alas sentía el placer de dirigir, mientras mis oídos, ahora desentumecidos, practicaban la realidad para la que fueron ideados. El descubrimiento de un mundo nuevo me embriagó.

Tanto me relajé, que cerré los ojos al ritmo que la música marcaba, y en la cadencia final del Largo, antes del Scherzo, respiré despacio, se destensaron  mis alas, y descendí con una lentitud casi ingrávida. No recuerdo cuando me incorporé de nuevo a la tertulia, pero pude vislumbrar los cambios evidentes. La calma y el sosiego en la conversación, ahora invadían el pequeño recinto.

Cuando sopló las velas pidiendo un deseo, me guiñó un ojo sabiendo el enorme regalo que me había hecho, aunque yo siempre había mantenido en secreto la coincidencia de nuestra  fecha de nacimiento.

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