Una fuerza extraña venía hacia mí sin tropezar con los múltiples objetos que iba encontrando por el camino. A punto de devorarme salté como nunca me hubiera imaginado, y antes de caer sentí que algo irreal me suspendía con suavidad en el espacio. Las agitadas palpitaciones que resonaban en mis tímpanos impidieron oír con nitidez el mensaje que me susurraba. Flotando en el aire sin, aparentemente, nada ni nadie que me sujetara, mi cabeza vagó sin rumbo, como si nunca hubiera existido.

Con las pupilas dilatadas vislumbré entre tinieblas que todo a mi alrededor era diferente. No sabía  si estaba en otro lugar, o si todo lo que me rodeaba se había transformado al instante. Sólo veía otros elementos que desprendían una nueva y extraña visión. Me asusté, la incertidumbre me incomodaba, no encontraba el lenguaje para nada de lo que me rodeaba. Creo que todas las capacidades de mis sentidos estaban intactas, aunque por un momento y a causa del mareo que me provocó la perplejidad, dejé de ver y oír durante unos angustiosos minutos. Mis sentidos se despertaron con el impacto de mi cuerpo contra el suelo. No me atreví a moverme porque tenía  miedo de haberme quedado incapacitada, y así fue, aunque de una manera muy diferente a la que me imaginaba.

El bicho vino y me tapó. Dejé de ver más allá de él,  era tan listo que a partir de ese momento me mantuve a sus órdenes sin darme cuenta de mi falta de libertad. Se metió dentro de mi ser y comenzó a campar a sus anchas como si todo lo que le rodeaba fuera suyo. Dejé de sentir, y aunque no sufría, me fui deteriorando paulatinamente sin que nadie a mi alrededor se diera cuenta. A veces me reía, aunque casi nunca sabía el motivo, no era dueña de mí misma. La inercia, sin querer, me llevaba al máximo disimulo, eran sus exigencias y debía cumplirlas sin saber el porqué. Entre jugos de todo tipo fue devorándome con ansia, y sin dañarme chupó hasta el último atisbo de hidratación. La película que me rodeaba era ahora tan transparente, que de repente me di cuenta de que él no estaba dentro, sino que yo formaba parte de su organismo.  Pequeños roces iban agrietando mi delicada dermis, y por las ranuras comencé a ver por mí misma.

Desde el interior arañé lo que parecía una mancha, descubriendo que en realidad era un pequeño agujero. Con paciencia lo fui agrandando, veía cómo la caverna aumentaba poco a poco, y a pesar de derrochar mi escasa energía con el esfuerzo físico, pude darme cuenta de mi mejoría. Cada poco tenía que parar porque me sentía agotada, y después de breves descansos continuaba como podía, me movía la ilusión del cambio hacia el encuentro de la realidad que siempre había conocido. Necesitaba conseguir el espacio justo para poder escapar para siempre dejando abandonado en el suelo el despojo que sin mi energía esperaba que fuera inerte. Faltaba poco, pero no debía precipitarme, aún me llegaban sus órdenes, aunque muy lejanas e inapreciables.

La masa que me separaba de la realidad era tan fina, que empezaron a llegar del exterior algunos estímulos que creía olvidados. Por el orificio fruto de mi trabajo, entraban acordes consonantes de otros tiempos, música que siempre me había conmocionado. Comencé a disfrutar gradualmente de lo que llegaba del otro lado de la membrana, que a su vez se iba deteriorando y perdiendo fuerza. Ya casi estaba fuera.

Y lo conseguí. Comenzó a sonar la novena sinfonía de Beethoven, que dándome la bienvenida me ayudó a aterrizar en mi vida. Dejé atrás un mundo de sensaciones incomprendidas para la mayoría, que ahora sé que pueden estar acechando en todo momento.

Desde entonces tengo miedo.

Nadie lo sabe.

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