Los bisontes de Altamira. Alberto Vázquez Figueroa.
Editorial Kolima. Precio: 19 €

¿Sabemos quién fue el primer pintor de la Historia?

¿Quién decoró las paredes de las cuevas de Altamira? 

No debía decirlo (no suelo hacerlo, por otra parte), a veces es mejor callarse; pero creo que tanto el autor de un libro como los lectores merecen tal consideración y quizá, de paso, también la editorial saque provecho. Hacía tiempo que no leía un libro con tantas erratas. Es cierto que esta circunstancia tipográfica no dificulta la lectura de la novela de Vázquez Figueroa y que no resta interés a su desarrollo narrativo; pero no lo es menos que ensombrece el producto y que, queramos aceptarlo o no, ya hace tiempo que las novelas (amén de otros géneros librescos) son productos con un valor de mercado. Eso sin hablar del precio, que siempre está en la mente del comprador de libros. Importa que la imagen del producto sea buena, también la presentación y el cuidado; a veces por encima de su contenido, que, a fuer de diferencias puntuales, suele ser muy parecido de un libro a otro.

Quizá me haya excedido en la apreciación; pero creo, firmemente, en que hay que cuidar estos pequeños detalles si se quiere promocionar bien el producto. Porque producto es el libro 99 de Vázquez Figueroa, como se puede observar en el prólogo del Presidente de la Comunidad de Cantabria, Miguel Ángel Revilla, donde aprovecha para hacer un canto a la tierra. No es un demérito; al contrario.

Pues, el contenido que hallamos en sus páginas bien pertrechadas de erratas, nos dice mucho del autor Tinerfeño y de la gran precisión que ha alcanzado su oficio. Un escritor curtido en  la vida, viajado, vivido, documentado de experiencias propias, espectador de conflictos reales y con gran imaginación. Quizá por eso es también inventor de ¿sueños?

Y hablo del oficio, más que del estilo, porque estimo que Alberto Vázquez Figueroa ha llegado a tal punto de depuración que, además de acoplar con facilidad la escritura a la historia que quiere contar, el cómo se cuenta se diluye en la sencillez que representa para quien lo lee. No es raro que tenga tantos lectores.

Los bisontes de Altamira es la crónica de una aventura ocurrida hace 15.000 años en la Península Ibérica por dos adolescentes con sus inquietudes y limitaciones de adolescentes. Es, en cierto modo, una novela de iniciación en una sociedad prehistórica, pero con connotaciones pre-culturales muy apegadas a la tierra y muy representativas de la evolución del homínido en la naturaleza, benefactora y a la vez tenebrosa, donde la esperanza de vida no iba más allá de los cuarenta años.

La aventura, que, como las aventuras que se precian, es improvisada y sorpresiva, está protagonizada por el primer pintor de la humanidad, el que pintó los bisontes de las cuevas de Altamira, y un primo suyo, aficionado a la cocina. El viaje, toda aventura conlleva un viaje, va del mar Cantábrico al mar Mediterráneo, dos mares distintos que refuerzan la plenitud de la experiencia que, sin embargo, dejará marcas indelebles en la carne y en el alma y las creencias de los personajes. De los que caminan sin conocer el horizonte y los que, en el camino, les abren el paso de buena o mala manera.

Es interesante viajar 15.000 años para adentrarse en las costumbres de los moradores de la Península, sus dioses, sus miedos, sus ritos, su lucha por la supervivencia. Un viaje lleno de peligros para los protagonistas; elocuente en lo que respecta a la evolución de la Humanidad.

Un viaje con muchos guiños a asuntos de vital importancia todavía en la actualidad: la diversidad, la igualdad de géneros, la eficacia de la violencia, el arte, etc…

Lo dicho. He aprendido cosas y he pasado un buen rato leyendo Los bisontes de Altamira; a pesar de las erratas. Cuídense de eso, editores de Kolima. Por otra parte, la edición muy presentable. Al fin, Alberto Vázquez Figueroa siempre me deleita. Cuando habla y cuando escribe.

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