La nave roja Trinidad Gan Fundación Huerta de San Antonio. Precio: 10 €.
La nave roja. Trinidad Gan
Fundación Huerta de San Antonio. Precio: 10 €.

El poema canta no solo el estremecimiento del goce amoroso, sino también la sacudida de la soledad.

La nave roja es un libro donde no naufraga el lector, sino que se reconcilia con el amor, con el mar, desde el anhelo a su herida.

«Todo en ti fue naufragio» corresponde al segundo hemistiquio reiterado de «La canción desesperada». Con el poder de esta imagen de Neruda que podría atravesar La nave roja, publicada por la Fundación Huerta de San Antonio, en la colección Juancaballos, magníficamente reproducida.

Trinidad Gan cuenta con varios galardones relevantes en la poesía española. Su anterior publicación, El tiempo es un león de montaña, obtuvo el XX Premio de Poesía Generación del 27 (Visor, 2018). Su voz es tan personal como respetada por la crítica, respaldada, también, por un gran número de lectores.

La nave roja cierra la trilogía que la poeta comenzara junto con Fin de fuga (Visor, 2008) y Caja de fotos (Renacimiento, 2009), y que ya anunciara en los versos finales de la plaquette Las señas del pirata, donde se habla de una figura femenina que recuerda «sus sueños de ahogada». Lo que supone una revisión sobre la cuestión íntima del amor a lo largo de dos décadas. Tal vez, con el camino recorrido encontremos a Trinidad Gan más libre de expresar la sensualidad femenina en este conjunto de poemas que hace veinte años, como si la autora granadina necesitase revisitar el concepto amoroso en nuestros tiempos.

El libro está constituido por un poema inicial que sirve de pórtico, «Fragmento de naufragio», dos partes centrales equilibradas de poemas sin titular, «Del amor, del deseo (mosaico)» y «Los sueños de la ahogada» y un poema extenso, como conclusión, «Relojes rotos». El planteamiento estructural obedece a una coherencia que expone la cartografía del amor: desde la corporeidad del amor hasta su ausencia. El fluir temporal incendia la nave y, posteriormente, la convierte en ceniza. Quienes gusten de los poemas barrocos, podrán reconocer en La nave roja afinidades entre una primera parte lopesca y una segunda quevedesca.

El título se nos aparece en estos versos: «Ya este amor nuestro es una nave roja, / lejana, a la deriva». Se entiende, así que, este libro responde a las reflexiones generadas por los recuerdos vividos del amor. La imagen nos deja un símbolo, «la nave roja» que se corresponde con lo ardido. Lo que ardió fue el amor, con lo que la poeta canta a la ausencia amorosa. Existe una gran semejanza entre el final de un proceso amoroso y el diario de a bordo de un naufragio.

La elección del repertorio paratextual en La nave roja complementa perfectamente todo el ideario. Comenzando por la cita inicial de Emily Dickinson y de un modo muy especial, la última, de uno de los poetas de cabecera de Gan, Javier Egea, estandarte de la poesía de la otra sentimentalidad.

Del poema-pórtico destacan los versos iniciales donde sobrevuela la poética del fracaso: «Es hora de partir / y llevas esta herida de equipaje». Más adelante, la partida se contempla desde la orilla: «Nunca querrás que el mar termine / su empeño de vida y de derrotas». Y, al final, al sujeto se le amontona lo vivido, con esa pesadumbre que deja la ausencia, la soledad del otro: «Se agolpan contra el muro los recuerdos / como si fueran cajas de mudanza».

La primera parte recoge los poemas más sensuales y sensitivos. El empleo del léxico corporal así lo manifiesta: manos, caricias, dedos, boca, ojos, espalda… Lo real y lo imaginario; lo que sucede a uno y lo que aporta la experiencia de los demás. El sujeto y los otros. La experiencia íntima que elevan a un grado universal, porque el temblor primero, el goce corporal y la chispa del deseo contribuyen en estos poemas como lo hacen el cuidado en la musicalidad de los versos o las sensuales imágenes («la osadía / de unos ojos y el roce de unas manos / varadas en mi espalda») que incitan a que los lectores nos veamos reflejados de una u otra manera con el sujeto poético. Como aquella imagen de los cuerpos de dos náufragos que nos alumbran otros versos cernudianos. Sin embargo, el fracaso sobrevuela las antítesis luz-oscuridad que consuman varias composiciones, la anunciada fragilidad, como puede verse: «Esta tarde volverme un mar oscuro / sostenida en el fuego de su cuerpo».

La segunda nos acerca a las claves de la ausencia amorosa y, por consiguiente, el pasado refleja imágenes marítimas salvajes. En las composiciones de este ensimismamiento conflictivo se muestra un mar peligroso. Las dos caras del amor son reflejadas en el mar. Así, puede leerse: «Se sigue oyendo el mar en esta copa, / la justa tempestad que le cuadra a mi herida, / pero no hay barcos que lo surquen». Asimismo, el léxico corpóreo, que no desaparece, incluso el pronunciar el nombre amado, funciona como mecanismo sangrador porque su invisibilidad deviene en sentimiento de soledad. El poema que comienza a lo Biedma, «Sabías que la vida era juego», podría entenderse como punto y final a la ceguera vivida. Tras la ausencia, la perspectiva de las cosas no tienen la mirilla enrojecida del amor, sino la de la fría aceptación: «eternamente el uno tras el otro, / pasándonos el agua al desbordarnos». De la confidencia amorosa a la total desconfianza con la que cierra uno de los poemas: «¿A estas alturas de tristeza, / quién vuelve y cae en el amor?».

La reflexión de la palabra poética, del hecho metapoético, tiene su correspondencia entre la primera y la segunda parte, incluso de las respuestas por las que el poema canta no solo el estremecimiento del goce amoroso sino también la sacudida de la soledad. La palabra y la música acompañan a los amantes en ambas partes, sin embargo, en la primera la palabra se muestra inalcanzable, y en la segunda, sometida. En todo caso, como se lee en una estrofa concluyente: «Celebrar este mundo y sus heridas. / No queda más destino».  

El epílogo es el poema extenso «Relojes rotos», homenaje a los libros leídos de Egea por Trinidad Gan. El mar es visto como el amor desde la lejanía. Es el fluir temporal el causante de tanta desazón. El sujeto ha dejado atrás la huella del mar y camina con la urgencia de la rutina del día a día en la ciudad: «Camina tan deprisa… / Parece que los días pasados la persiguen, / que nota a sus espaldas cómo se desmorona / el oscuro mecano que levantó su vida». El mecanismo de la memoria entrecorta hábilmente el ritmo de los versos que se estiran y se cortan, como cuando algo nos parece tan cercano y, de repente, nos despierta del sueño.

La nave roja es un libro donde no naufraga el lector, sino que se reconcilia con el amor, como con el mar, desde el anhelo a su herida.

 

Es hora de partir
y llevas esta herida de equipaje.

Mira la larga orilla.
Escucha de nuevo el escándalo
de los pájaros en el alba,
los pasos con que se persiguen
los días del futuro
—más cerca cada vez—
en el corredor de los años,
los tambores de la ciudad
sobre la piel de aquellas noches.

Deja ahora que las últimas notas
hagan girar el cuarto en su oleaje
y que sigan aún vibrando,
en el cristal vacío de tu copa,
todos los ostinatos marcados por sus dedos,
los luminosos trazos de su asombro
al descubrir su primer mar de niño. 

                        [Fragmento]

En la playa se tienden, al ocaso, dos náufragos.
El perfil de su abrazo se deshace en la arena
y algas innumerables enredan sus latidos
hasta tocar las húmedas entrañas.
La llamada del mar. Su voz
precisa dentro, golpeando dentro
donde a un roce responde
unánime la piel, tan cálida.
El oleaje se desata, desborda su temblor,
la súbita marea rompe
en los cuerpos desnudos
y una peque muerte
me inunda en su crecida.
Ser de nuevo mar:
tan iguales y eternamente otros.
De nuevo ser noche-océano,
barca-viento en que suenan
los pulsos de este mundo,
corazón-caracola que no tiene ya límites.
Esta tarde volverme un mar oscuro
sostenida en el fuego de su cuerpo.

Trinidad Gan

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