“Ante mi primer ordenador, para hacer mi primera cuenta de correo electrónico, ni lo dudé: dylanismo@. La última de las vanguardias, el último ismo, la última isla, mi isla.”

“El príncipe huraño. El antihéroe. El rebelde. La conciencia y la luz. El ídolo de los caminos.”

Como todos por entonces, había conocido a Bob Dylan casi en la infancia, en canciones que unas muchachas tocaban con un deje parroquial o en el latido y las ondas de aquellos viejos radiocasetes de pueblo de principios de los 80. Uno de mis primos mayores tenía cintas de Elvis, de Billie Holiday y de Dylan. Slow train coming. No sé exactamente qué me atrajo primero: nadie hablaba inglés, no hubo ninguna imagen hasta mucho más tarde. En la carátula de aquella grabación pirata solo se veía un tren en negro y naranja. Hoy, avasallados por la cultura de la imagen, esto parece increíble.

Lejanamente, mientras la juventud entraba en ebullición, empezó a forjarse en mi cabeza cierta imagen: americano, con el pelo largo y rizado, hijo de los caminos, con una guitarra acústica que sonaba bastante desgarrada y simple y directa, con unas gafas de sol chulísimas. Luego algunas cintas en las gasolineras, alguna canción en la disco de fin de semana, algo más en la radio. Había una melodía, un rumor que parecía estar ahí latiendo, escondido, agazapado en la conciencia. La gente a la que le gustaba era la gente más cool del pueblo. Entonces todo adquirió un tono más underground, más hippie, más contracultural. Desperté de la inocencia. Los cabellos largos, ciertas ropas, la marihuana, la protesta, el sueño de la revolución. Cualquier cosa que te permitiera escapar. Como el niño ingenuo que fui, todo aquello se me ofrecía entre el miedo y el entusiasmo. Creo haber tocado Death of Emmett Till, cuando tenía unos 15 años: “Twas down in Mississippi, not so long ago, when a young boy from Chicago town stepped through a Southern door…” Cómo sería mi inglés por entonces. Debo decir que la mía fue la última generación de francés del pueblo y que solo aprendí inglés después, eso sí, por una sola razón: saber qué decía aquel hombre. Luego, Knocking on heaven`s doors, fácil de tocar, con una letra corta, con un estribillo que se entendía y muy humana y muy celestial. Otra cosa.

Aquella voz de entonces era una voz arrastrada, dejada ir a su pulso, e iba diciendo en un idioma desconocido cosas que retumbaban en mí y en alguno de mis amigos. Esas canciones sonaban a desierto y a película del oeste, sonaban a manifestaciones hippies en San Francisco y tenían un trocito del corazón de Greenwhich Village. Cuando las vi en la biografía de Luis Martín para Cátedra RockPop (1991), me entusiasmaron -aún me ocurre- las imágenes de Dylan paseando por las calles de Nueva York con Sure Rotolo. 1963. Un adolescente también en las imágenes. Había nacido en Dulutz, en 1941. Tenía, por tanto, casi la misma edad de mi padre. La leyenda se engrandeció inmediatamente con sus repetidas escapadas de casa, con su condición de judío, con Woodie Guthrie, con las fotos junto a Alain Ginsberg o Bruce Sprinsgteeen. En algunas cosas recordaba a Arthur Rimbaud. Mucho después supe que había llamado Rimbaud a su Stratocaster. Y me parecía mágico que tuviera que ver algo con Dylan Thomas, otro mito. Por lo demás, ese continuo estar on the road, lo emparentaba a Kerouac y los beats. La utopía y el Blowin’ in the Wind, con el mayo del 68. Todo un mundo de esplendor, libertad, noche, carretera, se abría ante mis ojos. Multitudes, inspiración, máquina de escribir, armónica, escenarios en blanco y negro de un concierto en Londres. Lo vi en la película de Sam Peckinpah, Pat Garrett y Billy the Kid. Recordé a Sam Shepard y sus Crónicas de motel. Easy Rider y la ruta 66. Los poemas de Tarántula de 1971. Crónicas I. Un Lucky Luke que no mataba a los indios, sino que los defendía

El mundo social, visionario, contracultural, underground, folk, country, libertario, salvaje, íntimo de Dylan se apoderó de nosotros. En aquel lugar remoto, donde la meseta perdía su nombre y se deshacía en montañas o valles o desierto, la lección de Dylan fue la invitación última a la libertad, a la vida de otra manera, a la música, a los sueños. Sólo me pasó algo parecido, por razones algo distintas y años después, con Nietzsche o con Jean-Michel Basquiat. Algo compartían, sin embargo: una misma lucidez y una misma elocuencia a la hora de vivir y de decir.

Han pasado algunos años. He visto en concierto a Dylan cuando el Never Ending Tour ha pasado por España: Cartagena, Cuenca, Madrid, Murcia. Sin duda, la vez que más lo disfruté fue la última, en la Plaza de Toros de Murcia, con un sonido buenísimo y con un gran Dylan reconciliado con sus canciones. Nos dirigió algunas palabras. El viejo cowboy cabalgó de nuevo en nuestra sangre. Ya por entonces Dylan era Premio Nobel de Literatura. Sin duda, la mejor de las noticias. Una ventana abierta al océano, algo de verdad para el arte, la muerte de los géneros y las casillas estancas. Las ampollas de conservadores, burgueses y académicos no hicieron más que confirmar el acierto. Ver a Patti Smith emocionadísima en Suecia, cantando A hard rain`s a gonna fall, aún me pone los pelos de punta. Se me saltan las lágrimas.

Encontré, en una vieja edición de Blas de Otero, Poesía con nombres, un poema dedicado a Dylan, «Tiempo», escrito a principios de los 70. «Hoy es domingo y por eso / decía César Vallejo por eso / escucho a Bob Dylan me hundo en el fondo del subconsciente buceo / a ojos cerrados y todo aparece diáfano como la armónica de Bob tantos años abatidos / furia del ángel fieramente humano contra las alas rotas». El poeta bilbaíno reconoció en el juglar de Minnesota a una alma gemela en su pelea «contra las alas rotas». Libertad formal, libertad expresiva, mirada alrededor, a los hombres, al hombre. No es circunstancial, de ninguna manera, que este poema aparezca en la poesía de Blas de Otero, ni tampoco que lo haga en los años 70. Ya durante la década anterior, se apreciaba la apertura de nuestra literatura hacia las otras voces del mundo. De repente, se levanta la mirada del terrón seco que es España y se comienza un diálogo febril con Ezra Pound o Kavafis o los dadaístas o los prerrafaelitas ingleses o la contracultura americana. Esta huella es manifiesta en poetas como Antonio Martínez Sarrión, Ángel González o Blanca Andreu, Manuel Vilas o Tote King y, en general, en los poetas de la «conciencia crítica». Entre el compromiso y la imagen visionaria, entre la devoción por la tierra y el vuelo de los sueños, la poesía de Dylan se cuela en los intersticios de la literatura de los últimos 50 años. Su voz es la decantación de la voz de las montañas: libertad, injusticia, surrealismo, religión, hambre, futuro, tiempo están en él y desde él son más. Mucho más.

En cuanto a su forma de escribir, Dylan representa la canción, la palabra cantada. Es Orfeo de nuevo: en el lugar de la lira de Apolo, una guitarra eléctrica. En su fraseo están los rapsodas griegos, el ritmo hipnótico de los poemas de Homero, el chirrido del cálamo sobre los papiros, el vagar histórico e imaginario de juglares y goliardos medievales o la canción de los trovadores enamorados del amor. En su relato de la vida están la plenitud dramática de Shakespeare, la incisión naturalista, la visión de lo desconocido de simbolistas y malditos, la ruptura y la negación de la lógica de las primeras y las segundas vanguardias, el desarraigo de Dámaso Alonso. El suyo es un cancionero para la «inmensa mayoría» y un reencuentro fulgurante con las poéticas sociales y existenciales de la posguerra mundial, el ácido criticismo de Noam Chomsky, la biblioteca infinita de Umberto Eco, la sed de Hispanoamérica, la inconsciencia y la subconsciencia de Lacan, Foucault, Derrida y los posmodernos, el surfeo sobre la modernidad líquida de Zygmunt Bauman o la respiración y el sampler imparables del rap. Una voz poliédrica, caleidoscópica que se filtra en todo y que incendia todo. Los suyos son los grandes enigmas de los profetas bíblicos y las grandes nostalgias románticas y los grandes cuestionamientos sociales del siglo. La sombra del ciprés es muy alargada esta vez.

El príncipe huraño. El antihéroe, el rebelde, la conciencia y la luz. El ídolo de los caminos. Como Robert Johnson. La granja de Maggy no está en venta. Sigue habiendo mañanas de domingo en que me pongo a Dylan a todo volumen. Changing of the Guards. Like a Rolling Stone. Hurricane. Forever Young. Los surcos del vinilo siguen trazando la inmensa huella dactilar del hombre de nuestro tiempo.

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