Cuando está cerca lo reconozco, aunque carece de forma; es etéreo. Tiene aroma, ocasionalmente canta y me remueve por dentro gracias a su exquisita afinación, pero no lo encuentro, no consigo ubicarlo. Busco incansablemente, y cuando siento su presencia, a la vista no hay nada, solo su olor y pequeños ecos que rebotan en las paredes dibujando gotas de humedad indescifrables. Es una intuición que cambia mi estado y me impregna de su esencia. A veces desaparece nada más llegar y me deja con una incertidumbre difícil de desentrañar. En otras ocasiones viene con tiempo y su gran fortaleza me acompaña hasta que consigue anularme, momento en el que dejo lejos todos mis sentimientos. Cuando se va no deja rastro; solo en mi alma las migajas de preciosas melodías que a veces no reconozco. Agotada continúo la búsqueda y en ese estado de recomposición me siento triste, me acompaña una melancolía en forma de signos que plasmo sin esfuerzo. Considero que las palabras que surgen de estas sensaciones las escribe él, un ente transparente que no ocupa lugar; aunque quizá sea yo, que siempre he sido receptiva a la cercanía de lo desconocido.

Con un papel impoluto y el bolígrafo de las verdades empiezo a describir estas impresiones con un único afán; no olvidar los pequeños progresos logrados desde su última visita. Voy entendiendo poco a poco su recorrido, y espero que a la mínima intuición de su regreso pueda comunicarme en su idioma, lo voy captando a través de la música y gracias a su ajustada entonación. Estoy ideando una estrategia que convierta su transparencia en algo tangible. No quiero que pierda su esencia, y necesito que se siga manifestando, ya que en muchos momentos me ayuda profundamente. Realmente no sé lo que busco; necesitar algo que a veces me daña no parece coherente, pero su empuje en los aspectos creativos que forman parte de mi ser, me hace valorar sus apariciones. A veces pienso que todo es fruto de mi imaginación, que campa a sus anchas como si no fuera mía y no la pudiera controlar. Dualidad que me despista y sin la que no puedo vivir.

Dibujo formas que salen de mi subconsciente para luego analizarlas a la búsqueda de alguna huella; comienzo a descifrarlas con ilusión, pero la vista no es uno de los fuertes de este enigma. También recorro con lentitud la estancia con los ojos cerrados intentando adivinar los relieves de todo lo que toco, pero, para mi decepción, no me sugieren nada fuera de lo común. Después de varios días de investigación sin aciertos, elijo la música como nueva vía para el encuentro. Rebuscando entre todas las opciones aparece la canción de Juan del Encina «Hoy comamos y bebamos» y decido con alegría y emoción que quiero que me acompañe en mi periplo con la mesa llena de las mejores viandas. Estoy atenta, esperando la sensación que reconozco, mi previsión es cantar a todo volumen en el momento de su llegada. Su interés por la entonación acompañado por el aroma de lo que hoy comamos y bebamos le puede llevar a fundirse conmigo, momento en el que quizá al acercarse con intriga, y gracias a la buena afinación de ambos, las ondas se acoplen disfrutando por fin por igual.

Y así fue.

(Aunque a veces aparecen gotas de humedad en las paredes…)

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