“Erase una vez un príncipe, que, cabalgando su caballo, iba al rescate de la princesa del reino. De cabello dorado, labios rojos como el rubí. Alto y fuerte como el roble. De gran oratoria y sabiduría. Con ropajes de gala y bien apuesto…” 

Así comenzaba el cuento que el papá de Romi se disponía a contar, como cada noche antes de dormir.

La niña escuchaba atenta, acurrucada en su cama, junto a su peluche de unicornio, fantaseando e imaginando cada palabra que salía de la boca de su padre.

Sentía como si el cuento estuviese ocurriendo delante de sus ojos, visualizando cada fotograma.

“… corría el caballero en su busca, surcando grandes bosques. Atravesando montañas inexpugnables. Pues su labor era salvar a la princesa del feo y malvado dragón…”

−Papi, pero la princesa ¿Por qué no podía escapar del castillo? –decía la niña horrorizada.

−Romi, claro que podía escapar, pero el dragón la tenía presa, y a ella le daba miedo escapar. Pero sigamos con el cuento.

−Vale, papi. Te escucho −decía Romi con gran intriga.

 

“… de grandes dimensiones, con una boca humeante, y de ojos redondos y fríos como el hielo. La princesa vivía escondiéndose del dragón por cada habitación, a la espera de ser rescatada por su príncipe azul. Ella podía salir del castillo, pero su miedo la paralizaba cada vez que se disponía a hacerlo. Había vivido en casa de su papá, el rey, con todas las comodidades, y ahora se veía sola, en una gran mansión, regentada por un gran dragón.”

−Papi, pero si estaba con su padre viviendo ¿cómo puede ser que acabase viviendo con el dragón?

−Porque, Romi, en los cuentos de princesas casi siempre la princesa está atrapada en un castillo, y es el príncipe el que la rescata. Pero sigamos…

− Vale, papi. Sigue.

 

… Ya era tarde en el castillo, y la princesa, que había sido retenido por 365 días y 364 noches en el castillo, decidió que esa noche se escaparía. El galán y gentil caballero, encontraba mil obstáculos por el camino, y parecía no llegar nunca. La princesa, un poco cansada y triste, decidió salir de allí cómo fuese. El dragón, dormía frente a la puerta, y protegía la entrada y salida. La princesa debía ser astuta, y salir de allí sin hacer ruido. Así que cogió sus tacones, los dejó en la habitación. Se rajó el vestido, dejándolo cortito para no tropezar con él. Se recogió el pelo con el lazo que ponía en la cintura del vestido para estilizar figura. Y dispuso a trazar su plan “

−¡Wallah , papá!. ¿Esa princesa era una guerrera?

−Jajaja. No, Romi. Seguimos…” −decía el padre guiñándole el ojo con sentimiento de complicidad.

 

“… cuando todo parecía haber acabado, la princesa ya había podido escapar. Junto al castillo se encontraba su príncipe, que acababa de llegar. Parecía exhausto, y contaba todas las hazañas que tuvo que vivir para poder llegar hasta allí. Quiso abrazar a la princesa y cobrarse su hazaña con un gran beso sellando el pacto de matrimonio que el rey había estipulado como recompensa. Pero la princesa lo miró a los ojos y le dijo:

−Oh, apuesto caballero. Habéis recorrido grandes distancias. Surcado por montañas inexpugnables; atravesando ríos, casi muriendo en el intento. ¿Pero sabéis qué? Me quedo con el dragón.

−Princesa, ¿Cómo podéis decir eso? ¿Acaso habéis perdido la cordura?

−No, gentil caballero. Pero en estos 365 días y 364 noches, él sacó de mi algo que no sabía que tenía, VALENTIA. ¿Y sabéis qué? Él no pidió nada a cambio.

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