Unos cuerpos. Ruth Miguel Franco.
Editorial Sloper. Precio 14 euros.

Unos cuerpos, nos presenta a una escritora que escribe. A una intelectual de ideas afiladas.

Se atreve a ensayar poéticamente, acaso porque aspira más a revelar las sombras de la contaminación que a pulir los brillos del conocimiento.

Siete ensayos componen las tripas de Unos cuerpos, de Ruth Miguel Franco. ¿Y quién es esta autora? La información elemental nos dice que nació en 1979 en León y que es profesora en la Universidad de les Illes Balears, que en 2011 fue finalista del premio de poesía Adonáis con La muerte y los hermanos. Que ha traducido a Pascal Quignard, a Louise Glück, a Mario Luzi, que ha hecho ediciones críticas de Braulio de Zaragoza o Lorenzo Valla.

El resumen editorial de la contracubierta nos informa de que sus textos «cuestionan los vínculos causales y la validez de los símbolos. En Unos cuerpos, la historia se estrella contra la carne. La autora acaricia toros y desentierra momias, se encierra en iglesias y aplasta arañas. La anécdota y el dato, destripados y cosidos, toman dimensión de verdad. Los ensayos de este libro combinan temas tan diversos como el mito de Pasífae, las deformaciones craneales, la teoría de los apegos o la iconografía religiosa visigoda. La erudición y sus trampas acotan los espacios en los que algunos cuerpos se hinchan, se desmenuzan y cobran sentido».

Y la propia Ruth Miguel Franco nos indica desde el prefacio: «De un conjunto de cosas verdaderas no surge necesariamente la verdad». Y también: «Os advierto, sobre todo, contra mí».

Ya con toda esta información, nos haremos una idea general sobre lo que nos espera en el interior del libro. Pero esa impresión, probablemente, será equivocada. No son estos sesudos estudios profesorales. Tampoco imprecisas vaguedades liricoides. Tienen su enjundia. Y sus requiebros. Pero, sobre todo, son unos textos que se devoran con placer y divertimento, haciendo que nos preguntemos cómo es posible mezclar en un mismo ensayo a Juliano el Apóstata y El silencio de los corderos, a Artemisa y a la cantante Lole. Una prosa muy ágil y una cultura inquieta sustentan el discurrir de un yo que piensa en libertad, saltando de un tema a otro, pero sin dejar huérfana la tesis que nos presenta. Ofreciendo, siempre, una visión muy personal, que, si a alguien puede parecerle en algún momento excesivamente personal, desviándose hacia la obsesión o chifladura, sólo tiene que continuar leyendo para convencerse de que en todo caso será una divina chifladura: un texto delicioso.

Veamos un ejemplo. Uno de los ensayos versa sobre las momias que —como si la historia nos arrojase un cuerpo a la cara— aparecen en los pantanos de los que se extrae turba, en lugares como Dinamarca, Irlanda, Inglaterra y Escocia; momias como aquella del inolvidable poema «Castigo» de Seamus Heaney. El texto reflexiona sobre el «Overkill»: el matar más de lo necesario, mediante un triple rito que además de quitar la vida tiene como objetivo «representar» la muerte. De pronto, entran en él la ironía y la intimidad, al citar a un profesor de Texas que no distingue entre historia y memoria: «Sorprende, ya que separar ambas parece pertinente en Estados Unidos, algunos de cuyos monumentos más venerables son más nuevos que los cubiertos de alpaca que yo heredé de mi abuela». Después sigue con referencias al camino de Swann proustiano y a Lemmy Kilmister, el malogrado bajista y líder de Mötorhead, para hacer un maravilloso regate poético y afirmar, al subrayar la condición de aquellas víctimas sacrificiales, identificándose con ellas: «Adúlteras y cobardes. Tú y yo podríamos haber pasado la eternidad abrazados bajo la turba, cubiertos de palos y piedras, con los huesos rotos, juntos».

Hay abundantes incursiones en la historia, en la filología, en las obras de los autores admirados, así como en la propia individualidad. Pero todo ello —historia y cuerpos— se trasmuta en literatura. Hasta el punto de hacernos dejar de lado, mientras leemos, incluso las certezas previas que poseemos. El ensayo sobre Santa María de las Viñas, iglesia visigoda de la localidad burgalesa de Quintanilla, donde se lanza la hipótesis de que una comitente habría sembrado de referencias a su identidad todo el templo, en una época donde los artistas no tenían la menor intención de pasar a la posteridad —los canteros marcaban las piedras que labraban con su firma o signo para cobrarlas—, es tan poco consistente desde la perspectiva de la historia del arte como sugestivo literariamente. Una fantasía erudita. Una hipótesis filológica y semiótica, feminista antes del feminismo, un magnífico relato sobre una mujer que «buscaba significar».

Unos cuerpos, nos presenta a una escritora que escribe. A una intelectual de ideas afiladas, asociaciones sorprendentes, erudiciones lejanísimas, cultura pop y etimologías. Que se atreve a ensayar poéticamente, acaso porque aspira más a revelar las sombras de la contaminación que a pulir los brillos del conocimiento.

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