Diario en Roomaji. Ishikawa Takuboku.
Editorial Hiperión. Precio: 15 €

Los tankas de Tokuboku supusieron una revolución para el género.

Durante toda su existencia, Ishikawa Tokuboku se vio obligado a luchar contra la pobreza y la tuberculosis.

Ishikawa Takuboku (1886-1912) fue un autor de tankas (un poema de cinco versos derivado del haiku) que muchos japoneses todavía leen en nuestros días. La razón de su vigencia hay que buscarla en que las tankas de Takuboku supusieron una revolución para el género: dejó de cantar los temas tradicionales para centrarse en las inquietudes del hombre moderno, introduciendo los sentimientos de la vida diaria en un lenguaje llano y coloquial. Apenas tuvo tiempo, pues falleció a los 26 años, de dejar dos colecciones: Un puñado de arena y Tristes juguetes, la primera disponible en Hiperión desde 2001 y la segunda, como se anuncia en el prólogo de este singular diario, de próxima aparición en la misma editorial madrileña.

Durante toda su existencia, Ishikawa Takuboku se vio obligado a luchar contra la pobreza y la tuberculosis. Casado y con una hija, teniendo a su madre también a su cargo, tuvo que optar por separarse de su familia para intentar sacarla adelante, yendo a ciudades mayores que la suya a ejercer como corrector de pruebas en varios periódicos. Esa aventura en solitario por la vida duró exactamente setenta y un días, que son de los que se nos da cuenta en este diario. Un documento críptico y con voluntad de secreto, pues el poeta lo escribió en roomaji, el abecedario de letras romanas, ilegible para ojos japoneses, que, además, antes de morir pidió a un amigo y a su esposa que destruyeran mediante el fuego. La crítica de su país ha visto en esa decisión de transcribirlo en alfabeto romano varias razones: «librarse de la represión mental y ética, porque el diario no sería leído por su familia; de la represión de la literatura japonesa tradicional; y de la represión social en general». Todo esto no sólo le permitió redactar audazmente, sino evitar arcaísmos y alcanzar así un lenguaje fresco y popular, próximo a la sensibilidad del hombre común, algo a lo que aspiró siempre en su producción poética.

Desde su inicio, vemos al autor, en un estado de «semi-soltería», preocupado sobre todo por dos cosas: la literatura y el dinero. Llega a Tokio y se emplea como lector de pruebas, vive en modestas pensiones, traduce y escribe y, sobre todo, se siente abrumado por las responsabilidades. Echa mucho de menos su pueblo natal. Escribe: «¡Shibutami! ¡Shibutami, no lo puedo olvidar aun cuando trato de hacerlo! ¡Shibutami que me crio y luego me persiguió! ¿Hay alguien en algún lugar que como yo no haya podido olvidar Shibutami?». En esos primeros días, lo vemos comprando aguja e hilo para remendar un kimono gastado, estableciendo algunas amistades literarias y tratando de escribir relatos, enviando algo de dinero a su familia. Pronto, llega a una conclusión: «Hay dos caminos para conducirse en el mundo, sólo dos. Uno, todo o nada, es luchar contra todo. Este camino significa triunfar o morir. El otro es no luchar contra nada. Ese camino significa no ganar nunca pero tampoco ser derrotado nunca». Acuciado por los males que padece y la soledad, opta por el segundo y se deja arrastrar por la corriente de la existencia.

A partir de este punto, «Diario en Roomaji» narra sus visitas a burdeles, sus relaciones con prostitutas menores de edad que le recuerdan a su hermana, las ocasiones en que se escapaba del trabajo porque la noche anterior se había prolongado en excesos… y la pena que tiene por no poder traer a su mujer e hija con él a causa de lo poco que gana y lo mucho que gasta, teniendo que empeñar incluso objetos que le prestan. Una vivisección en toda regla, sincera y secreta, en la que un joven —conviene no olvidarlo— va adquiriendo conciencia de sí mismo. No, el retrato moral no es bueno, pues nos muestra miserias y arrepentimientos sin decidirse nunca a enmendarse, pero sobre todo ello destaca algo que se percibe constantemente: la fe incondicional de Takuboku en su escritura. En un momento, afirma: «Si lo que ellos llaman literatura fuera lo mismo que yo denomino así, no vacilaría en abandonar mi pluma en el acto».

Este diario íntimo de setenta y un días de 1909 termina cuando su familia acude a recogerle. El poeta vivirá apenas tres años más, engendrando otro hijo con su mujer. En ese tiempo, le dará tiempo a terminar la colección de tankas de título contradictorio Tristes juguetes, donde rompió para siempre los esquemas temáticos y formales de la tanka y en la que quedó reflejada la experiencia de haber estado a solas consigo mismo por primera vez en su vida en las páginas de este diario.

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