El hombre de acero. Cristián Gómez Olivares.  Ediciones Liliputienses.  Precio: 15, 60 €.
El hombre de acero. Cristián Gómez Olivares.
Ediciones Liliputienses. Precio: 15, 60 €.

La poética de Gómez Olivares es rabiosamente posmoderna.

Preservar el misterio; el misterio de todas las cosas, que reside y es patrimonio de la poesía y está en las preguntas de los poetas.

La última entrega poética del chileno, afincado al parecer como profesor en Cleveland, Ohio, Cristián Gómez Olivares, El hombre de acero, viene encabezada, como prueba de su altura de miras, por una cita paradójica del sabio, recientemente fallecido, George Steiner: «En toda gran batalla uno empieza a parecerse a su oponente», luego usada para titular un poema. La suya, fruto del mestizaje cultural y vital, es una de las voces más reconocidas del panorama actual de la lírica hispanoamericana. Aparte de su labor poética, destaca su faceta ensayística, y como antólogo es responsable, junto a Mónica de la Torre de una de las recopilaciones hispanas de referencia, Malditos latinos, malditos sudacas. Poesía hispanoamericana made in USA. Ese mismo empeño difusor y de tender puentes entre latitudes distintas, con el continente hermano, la está llevando a cabo, con una dedicación tan tenaz como altruista, acompañada de mucho acierto, todo lo que se diga es poco, el poeta cacereño José María Cumbreño, entre otras empresas filantrópicas, a través de la editorial Liliputienses.

La poética de Gómez Olivares es rabiosamente posmoderna en el sentido de la integración de las temáticas, nivelándolas, así es capaz de comparar la lista de laterales zurdos de la selección charrúa con los nombres de los muertos que se conservan en el museo romano de Mérida o las peleas ilegales de boxeo amañadas con el destino en la tragedia griega; de acudir a las memorias de Dulce María Loynaz y de seguido a las caderas bailongas de John Travolta o emparejar los amish y las videollamadas. También en cuanto al recurso de la ironía, mordaz, demoledora; ciñéndonos a lo metapoético: «ayudarle a volar a las gaviotas: / endecasílabo y perfecto» por la parte formal, «los ansiolíticos sólo se entregan con receta / detenida: ese verso es una contribución a la poesía social» o «un poema épico necesita de enemigos» por la del contenido, «me voy a poner muy triste cuando se muera Philip Larkin», en cuanto a la figura del poeta o antipoeta en sí.

Estamos pues ante una poesía hija de este tiempo, cosmopolita, viajera, en ocasiones, incluso on the road, no es de extrañar, por eso, que el primer tramo del libro se titule «Sacar pasaje» o que dos de los poemas iniciales se localicen en Berlín y Madrid. Luego, los hay ubicados en Londonderry, Toronto, Buenos Aires, San Petersburgo, Cracovia… El libro responde sin duda al tópico del homo viator, a modo de diario poético y en consonancia con su máxima «sabio es el que se detiene a contemplar el / espectáculo del mundo». Curiosamente, en gran medida las vivencias que se reflejan o se conjeturan transcurren en suelo español, tras el poema madrileño viene el emplazado junto al convento salmantino de San Esteban, el de los Dominicos, en cuyos versos conviven al unísono el derecho pisoteado de los indígenas precolombinos, los recortes de las políticas de austeridad del estado de bienestar y las tertulias en torno a los dimes y diretes de las ferias del libro. Junto a una visión centrifugada de nuestro país, «Retorno de Martha Kuhn-Weber», hay versos escritos en un pueblo de aspecto medieval perdido, en un viaje entre Zaragoza y Cáceres, y varios en Zamora o en las fronterizas Bragança y Miranda do Douro.

La mayoría de los textos, muchos fruto de recuerdos de su niñez y juventud chilenas, con aquel pequeño y fino delantero bigotudo del Colo-Colo Carlos Caszely como mito pelotero, retratan el sueño americano de North East Ohio, South Dakota, Illinois y Iowa, por interminables interestatales del Medio Oeste escoltadas por infinitos maizales, en las que mejor no tener una avería, granjas de cerdos, silos con ojivas nucleares, malls, pistas de hielo, rifles en las guanteras de las picaps, enormes tractores, praderas con caballos, tornados, gansos salvajes emigrantes por el cielo… pese a que «el Greyhound no es un galgo. América tampoco es un país».

Impresiona sobremanera su formación, a partir de los escritores que pueblan los poemas: Vallejo, Walcott, Baquero, Brodsky, Zagajewski, Gramsci, San Agustín, Juan del Encina, Proust o sus compatriotas Lihn, Teillier, Donoso y Gonzalo Millán, entre otros, con Ezra Pound de fondo. Otro libro suyo, Renga, desembocaba en Girri y Kafka. Sin embargo, gracias al primer poema, que funciona al cabo a modo de aviso o prevención, Gómez Olivares nos advierte, mediante una retahíla de preguntas retóricas ensartadas, que, aunque se dispone a nombrar su experiencia de la realidad casi por completo, reconoce y preserva de antemano el misterio, el misterio de todas las cosas, que reside y es patrimonio de la poesía y está en las preguntas asombradas del poeta.

Como decíamos, la poesía abrumadora de Gómez Olivares pretende dar buena y prolija –el volumen está compuesto por casi cuatrocientas páginas muy apretadas– cuenta del mundo que le ha tocado vivir en su totalidad, de todo lo que pasa y le pasa («el poema con el mundo a sus hombros pide a gritos nuestra ayuda»), de un mundo ancho y ajeno que recorre y nos ofrece, combinando la dura constatación realista, casi objetivista, con una imaginación desbordada, las referencias grecolatinas con las expresiones coloquiales de aquí y de allá, siempre muy bien traídas, el castellano con el español, el inglés y el chilensis, «mucho antes que todos los demás». Aunque, tal y como señala en el segundo poema del libro, en el que opera mediante el montaje por atracción de dos recuerdos con su progenitor, una despedida en el aeropuerto y una tarde en un estadio, igual que su padre, el «hombre de acero» del título, al que sintetiza, así como a Chile en un verso: «Mi padre es adiós. La clase turista mi país», sea incapaz de encontrar, «mientras se demoran en abrirse las grandes alamedas» de Allende, «el carril que lo devuelva a Santiago», a su Santiago natal, su Ítaca o tal vez a West Virginia, su otra Ítaca, «el país que no se ve».

 

UN LENGUAJE CLEVELAND

Una cicatriz recuerda la herida.
Las cursivas no le pertenecen a nadie.
Bernardo O´Higgins tenía tanto de irlandés
como mi vecino que reclama sus raíces vascas
debido a que su abuelo se casó con una mujer
que hablaba euskera: pálida por la falta de sol
pero tenaz cada vez que aprieta el invierno.
Siempre está nublado en el norte de España.
Aunque ella no viviera en ese país. Mi vecino
está maravillado porque en casa hablamos español.
You guys have to teach me, nos dijo un día en la vereda.
Nunca nos ha invitado a entrar en su casa.
Ni vamos a pedírselo.

 

TARIFA

El mundo se divide entre conductores y pasajeros.
No tengo nada en contra de unos ni de otros.
Pero yo preferiría ser chófer delante

del volante, dedicado a manejar adonde
alguien quiera dirigirse. Ni pasajero
ni conductor sino empleado.

El que evita las luces rojas más por solidaridad
que oficio y raya los baños públicos
con mensajes destinados

a los antropólogos del futuro.

Cristián Gómez Olivares

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *