Aflicción y equilibrio.	 Carlos Alcorta. Calambur. Precio: 14 €.
Aflicción y equilibrio. Carlos Alcorta.
Calambur. Precio: 14 €.

El amor, la paternidad y la muerte marcan cualquier existencia sensible.

Hay unas cuantas experiencias —el amor, la paternidad, la muerte— que marcan cualquier existencia sensible. El paso por el mundo de una persona consciente, tarde o temprano, se ve inmerso en algunas de ellas y son acontecimientos axiales, que atraviesan de arriba abajo el ser pasado y el futuro, convirtiéndose en acontecimientos capitales en una biografía.

Son, por lo tanto, digámoslo así, materia prepoética, que emociona por sí misma, razón de ser muchas veces para malos poemas que confunden la intensidad de la realidad con su expresión a través de la palabra. Que la muerte nos rodea y es el acontecimiento —junto a la vida— más común en la naturaleza ha dado pie a todo un montón de literatura que, empleando el aparataje formal y retórico del dolor y la pérdida, el quejido y el rasgarse de las vestiduras propios del duelo, no levantan el vuelo más allá del planto fúnebre.

Aflicción y equilibrio, que llega tras un libro de arte menor dedicado al haiku y otras formas breves, plantea un diálogo con la vida a partir del fallecimiento del padre. Convocados por la muerte, comparecen en estos versos últimos días, noches en vela, recuerdos compartidos y familiares, incursiones metapoéticas, exámenes de conciencia, pedazos de historia de España y meditaciones filosóficas. Consciente el autor de que la muerte, como sostuvo Sharon Olds, «queda fuera del mundo moral», no hay lugar aquí para la dicotomía entre maldad y bondad: simplemente, se nos dice, «toda muerte es terrible y arbitraria y crea un vacío». A rellenar ese vacío, a modo de catarsis, se dedican estos poemas que reflejan el tránsito entre el dolor e indefensión iniciales y la serenidad final, conquistada página a página, sin buscar en ningún momento refugio en las trampas de la elegía, pues el planteamiento de partida es este: «quiero hablar claro, sin las tretas de la literatura».

Incluso cuando aparecen anécdotas personales, Carlos Alcorta logra el tránsito de lo particular a lo universal, se las arregla para desindividualizarlas y lograr que se convierta en compartible este canto general. Dentro de la variedad temática de estas composiciones, como subtemas, hay espacio incluso para la voz cívica que se ocupa del sufrimiento y los males del mundo, recordando Yemen, Sudán o Siria o cuestionándose un «sistema sanitario público en manos de capitalistas». Es, pienso, más que una búsqueda de contraste, cuestión de ser fiel a sí mismo: la coherencia de quien ha perdido ya demasiadas cosas, pero que de ninguna manera «puede renunciar a lo que ha sido».

Largas composiciones de versos libres son la mayoría de los veintiún poemas que componen este libro escrito para mitigar «el frío de vivir». Un fraseo de largo aliento, libre y sincero, en que el poeta no busca el redondeo de sus versos —algunas cacofonías indeseadas parecen demostrarlo—, ni el adorno innecesario, sino la expresividad esencial y franca. Alcorta aquí, por decirlo con expresión de Cesare Pavese, se convierte en «creador de situaciones estilísticas», que en gran medida evita la frase bella porque la pone al servicio del conjunto mayor que es el poema. Introspección y reflexión matizan lo emotivo en unos poemas en ocasiones muy parecidos a la prosa, sin dejarse vencer hacia el prosaísmo. El ejemplo de «Cadáver» puede ilustrarlo: tras una primera estrofa que arranca de forma confesional, en la segunda aparece una anáfora como aviso de que estamos ante un tono que se eleva: una palabra con olor, pálidas porcelanas y una tilde goteante, para regresar a continuación al tono narrativo y, sobre todo, reflexivo que atraviesa el poemario.

Por encima de todas las cosas, intensidad. Intensidad que pone en resonancia el mundo interior y el exterior, el de los sentimientos con la historia y cuanto sucede en los alrededores del sujeto poético, sin enrocarse en sí mismo pese a estar viviendo una experiencia vital punzante y vaciadora. En Aflicción y equilibrio, Carlos Alcorta ha logrado trascender el dolor personal para compartirlo y hacer que nos enriquezca a sus lectores, pues nos ayuda a conocernos. Catarsis y consolación, réquiem y memento, duelo y reconciliación, pero también enseñanza, porque en la lidia entre razón y corazón, pensamiento y duda, a la que asistimos, recibimos una lección de vida. La intención —nos dice en el último poema— era esa: «hacer de las lágrimas del duelo / semillas que fecunden el futuro / porque, con el dolor como aliado, / la alegría florece con más fuerza».

Cadáver

No me gusta la palabra cadáver.
Suena hueca y aunque aluda a un cuerpo
cuyo rostro está moldeado
con una mueca eterna y cuyos ojos
inquisitivos bajo los párpados
cerrados ya no te observen,
me trasmite una sensación
de irreversibilidad desconcertante,
quizá asumible cuando es un muerto distante,
pero no cuando se trata de un familiar directo
o de un ser querido.

No me gusta la palabra cadáver.
Huele a leche agria, tiene un brillo pálido
como el de las imágenes que portan
los costaleros en las procesiones
o la que vulgarizan los rostros virginales
en una tienda de muñecas
de porcelana.

No me gusta la palabra cadáver.
Su tilde goteante entumece los labios,
no como la palabra amor,
que se hace agua en la boca al pronunciarla.

Antes, para mí, los muertos carecían
de solidez, no eran discernibles
como lo son las montañas o los árboles,
eran tal vez la mezcla de alguien que vivió
en nuestro propio vecindario
con algún héroe mitificado
en un lejano pasaje de la historia.

Pero el hombre que está ahí, sentado
en el sillón de siempre, con la manta
escocesa cubriéndole hasta los hombros
es mi padre y sigue siendo un hombre,
aunque lo que constituyó su esencia
se halla diluido en el desierto
de la noche y su mente esté desfigurada
por la certeza de la muerte;
aunque esté sordo y parezca satisfecho
y sus miembros se encuentren ya rígidos del todo
o no vuelva hacia mí su rostro
como hacía al oírme abrir la puerta,
cuando me acerco.
Dice un sabio chino
que solo un corazón viajero
es capaz de sentir dolor,
sin embargo yo, un terco sedentario
que con su marcha pierde las raíces
como un árbol injertado, me siento inconsolable,
un exiliado sin cuna ni patria,
mientras en el cuarto se desplaza la luz,
solo atenta a su propio horario, a sus razones.

No padecen los sentimientos
rigor mortis, son hojas de papel convertidas
en ceniza que se precipitan
al frío suelo de la habitación
y se adhieren igual que el musgo o las telarañas
a mi piel, a mi alma, y mantienen vivo
el recuerdo. Así ocurrirá cada
vez que traspase el umbral
en el futuro, como hoy, uno de mayo,
día en el que hubiera cumplido ochenta y cuatro.

Uno se decanta por no hacerse
muchas preguntas para preservar
su salud mental o por egoísmo.

Más que condolencias, o que ensalcen
entre salmos y oraciones sin alma
la gran persona que era, necesito
aceptar la realidad, vivirla
sabiendo que no volveré a verle.
En el espacio que antes ocupaba
reina ahora el vacío, pero solo de forma
física, porque él está presente en todos
mis actos, mientras cumplo con mis obligaciones
como un autómata o cuando imagino
que hay otra vida más allá de la muerte.
Ahora su poder incluso es más grande
que antes. Puede lograr que giren las agujas
del reloj en sentido contrario, que mejoren
las relaciones familiares, que echemos tierra
sobre aquellos recuerdos que nos culpabilizan
o, desde donde quiera que esté, dar
muestras de que sigue velando nuestros
sueños. Sí, es difícil de explicar,
pero la mente consciente jamás
podrá entender—pese al conocimiento
que ofrece la experiencia—
cuán obsesiva y tenaz es la fuerza
de la sangre si nace del insomnio.

Carlos Alcorta

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