Esta mañana me encontré con un compañero y me dijo que tenía la posibilidad de comprarle el piano de cola a mi maestro Abilio, él ya no lo necesita. Desde que se le paralizaron los dedos su única afición es vivir de los recuerdos. No me lo ha ofrecido a mí porque sabe que con el dinero del concurso me acabo de comprar uno mucho mejor, de no ser así estoy convencido de que me hubiera elegido. Le gusta mi descontrol y siempre dijo que era el mejor, pero yo preferí no creérmelo.

Desde que gané ese prestigioso certamen, los comentarios despectivos hacia mi persona se van sucediendo a través de un boca a boca que nunca pensé que pudiera existir. Historias inventadas que llegan a mí sin más, como sin querer. Si pudiera renunciaría a él, pero no debo obviar todo el esfuerzo del recorrido. El tiempo que estuve en el centro de salud mental me ayudó a fortalecer mi personalidad. Ya no me afecta tanta mentira, y ahora estoy seguro de lo que poseo al margen de lo material. No recuerdo haber salido, pero creo que ya estoy fuera, aunque no viniera nadie a buscarme.

A veces tropiezo con mis pensamientos sin saber de quién son, no me identifico. Aconsejo a desconocidos que creo que conozco, aunque nunca me agradecen el detalle. Encuentro rápidamente soluciones, pero no quieren visitarme, prefieren permanecer agazapadas mientras dura la intriga. Finjo continuamente, creo que me gusta decir lo contrario de lo que pienso, pero de este extremo no estoy totalmente seguro. Funciona todo mucho mejor así.

Calculo las veces que me siento y me levanto del piano cada día. Necesito saber la cantidad al final de la jornada, porque para que todo vaya bien, el número debe ser par, como casi todo. Los impares me trastornan, si tengo que hacer el recuento de mucha cantidad de algo (lo que sea), prefiero evitarlo e imaginarme que todo va bien. No quiero quedarme con la sensación de haber hecho un mal cómputo, y vivir volviendo a empezar una y otra vez.

Solo me gustan los compases binarios y cuaternarios. El tempo di vals y sus pulsos continuos me ponen muy nervioso, acentuar cada tres es terrible para mí. No sé cómo semejante ritmo se puede bailar. El único que me seduce es el de Sibelius, y creo que es por su nombre, vals triste, aunque pensándolo bien hay otros con el mismo adjetivo que no soporto. Quizá me agrade por la relación que Sibelius tenía con el silencio, como yo. Su clausura de treinta años resignado a la propia melancolía me hace acercarme a él. Quizá yo lleve el mismo camino.

Tuve muchos problemas cuando comencé en el mundo de la composición. Tresillos, cinquillos, blancas con puntillos, y en general todo lo que no se puede dividir entre dos, me desestabiliza profundamente. Estudiaba la teoría, lo entendía todo, pero en cuanto llegaba la práctica era incapaz de desarrollar la mayoría de las estructuras. Salí del paso de los exámenes como pude, gracias a mucha teoría y poca práctica conseguí aprobar. Ahora que ya soy libre escribo como quiero, y me gusta, aunque me tachen de loco. Algo he oído sobre esto, pero creo que me he curado, me lo dijo mi maestro, el que se le paralizaron los dedos. A veces pasea conmigo por el patio y me sigue dando consejos. La media hora de libertad que nos dejan la aprovechamos para dejar volar nuestra imaginación.

Pronto nos llevan a nuestro diminuto recinto, y después de tomar la medicación, cuento las veces que me siento y me levanto,  aquí sin piano finjo que el teclado es la mesa. No me gusta pasar de veinte veces, llegar a treinta, aunque sea par, me empieza a incomodar. Y me duermo de repente, de manera artificial porque siento como se paraliza mi cuerpo antes de cerrar los ojos.

Me ha encantado hoy ser músico. Para mañana tengo previsto convertirme en actor de doblaje. A ver si Abilio también me sigue el juego y pasamos otro día más sin crisis.

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